Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 60 DONDE TODO COMENZÓ

La iglesia estaba vacía cuando llegamos.

Era temprano.

Demasiado temprano para que hubiera visitantes, demasiado tarde para seguir creyendo que todavía podíamos escapar de la verdad.

Tomás caminaba a mi lado.

Mi padre iba detrás.

Gabriel permanecía unos pasos más atrás, en silencio.

Elena había decidido acompañarnos.

Nadie quería que yo estuviera sola.

No esta vez.

Frente a nosotros se levantaba el pequeño altar donde, según Valeria, había comenzado todo.

La iglesia parecía exactamente igual a como la recordaba en las pocas fotografías que mi madre había conservado.

Las mismas columnas.

Los mismos vitrales.

El mismo silencio.

Y, sin embargo, aquella mañana todo parecía diferente.

Porque yo ya no era la niña que había entrado allí de la mano de una mujer que creía ser mi madre.

Era una mujer que había descubierto que su historia había sido escrita por demasiadas manos.

Y estaba allí para recuperar el derecho de escribir las últimas páginas por sí misma.

Tomás se detuvo.

—¿Estás segura?

Miré hacia el altar.

—No.

—Yo tampoco.

—Entonces estamos en el lugar correcto.

Sonrió.

—¿Por qué?

—Porque durante toda nuestra vida los adultos estuvieron seguros de saber qué era lo mejor para nosotros.

Miré la iglesia.

—Quizá ahora nos toca equivocarnos a nosotros.

Nos acercamos al altar.

Mi padre observó alrededor.

—¿Valeria dijo exactamente dónde?

—No.

—¿Entonces?

Recordé sus últimas palabras.

«La iglesia donde bautizaron a Clara.»

Nada más.

Tomás miró las paredes.

—¿Qué buscamos?

—No lo sé.

Gabriel se acercó.

—Quizá una placa.

—¿De qué?

—No lo sé.

Elena señaló una pequeña puerta lateral.

—¿Y si es ahí?

Entramos.

Había una habitación estrecha.

Una vieja sacristía.

Armarios.

Libros.

Cajas.

Documentos.

Fotografías.

Tomás comenzó a revisar los cajones.

Yo me quedé quieta.

Algo me resultaba familiar.

No sabía qué.

Caminé hacia una pequeña estantería.

Había un libro enorme.

Lo toqué.

Sentí un escalofrío.

—Este.

Mi padre se acercó.

—¿Qué pasa?

—No sé.

Abrí el libro.

Era un registro de bautismos.

Pasé páginas.

Nombres.

Fechas.

Firmas.

Hasta encontrar la fecha.

La fecha de mi bautismo.

Mis manos comenzaron a temblar.

—Aquí.

Tomás se acercó.

Leímos juntos.

Mi nombre.

La fecha.

El nombre de mi madre.

Pero había algo extraño.

Una línea había sido tachada.

—¿Qué dice? —preguntó Elena.

Acerqué el libro a la luz.

Debajo de la tinta aparecía otra inscripción.

Mi nombre.

Y junto a él:

«Hija de Valeria Ferrer y Gabriel Ferrer.»

Tomás cerró los ojos.

—Entonces era verdad.

—Sí.

Mi padre permaneció en silencio.

No parecía sorprendido.

Parecía triste.

—¿Lo sabías?

Me miró.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde el principio.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque prometí protegerte.

—Ya no necesito que me protejas.

—Lo sé.

—Necesito que confíes en mí.

Mi padre asintió.

—Ahora sí.

Debajo del registro había un pequeño sobre.

Mi nombre estaba escrito a mano.

Reconocí inmediatamente la letra.

Valeria.

Lo abrí.

Había una carta.

La primera línea me hizo llorar.

«Mi querida Clara: si estás leyendo esto, significa que finalmente encontraste a tu hermano.»

Tomás se acercó.

—¿Dice mi nombre?

Asentí.

—Sí.

Continué leyendo.

«Durante muchos años pensé que protegerlos significaba mantenerlos separados. Después comprendí que proteger a alguien también puede significar darle la oportunidad de encontrar su propia verdad.»

Respiré profundamente.

La carta continuaba:

«Nunca quise que Clara creciera creyendo que no tenía una familia. Quise que creciera creyendo que podía elegirla.»

Mi madre.

Mi padre.

Valeria.

Gabriel.

Todos habían cometido errores.

Pero todos habían amado.

Y quizá esa era la parte más difícil de aceptar.

Seguí leyendo.

«Hay una verdad que nunca pude contarles porque, si lo hacía, podía ponerlos en peligro. La cuenta que crearon a nombre de Clara no contiene solamente dinero.»

Miré a Tomás.

—¿Qué significa?

Continué.

«Contiene la prueba de todo.»

Mi padre se acercó.

—¿Qué prueba?

La carta respondió.

«Los nombres. Las transferencias. Las propiedades. Las firmas. Las personas que participaron. Todo quedó registrado.»

Gabriel respiró profundamente.

—Por eso nos perseguían.

—Sí.

Seguí leyendo.

«Pero el dinero nunca fue el verdadero objetivo.»

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

«El verdadero objetivo era proteger a quienes habían sido perjudicados.»

Tomás tomó mi mano.

La apreté.

Entonces escuchamos un ruido.

Un golpe.

Todos nos quedamos inmóviles.

Elena cerró la puerta.

—¿Qué fue eso?

Mi padre miró hacia el pasillo.

—No lo sé.

Otro ruido.

Esta vez más fuerte.

Gabriel se acercó a la puerta.

—Hay alguien.

Tomás se puso delante de mí.

—No.

—Tomás.

—Esta vez yo te protejo.

Sonreí.

—No necesito que lo hagas.

—Lo sé.

—Entonces hazlo porque quieres.

Él sonrió.

—Eso sí.

La puerta se abrió.

El sacerdote apareció.

Era un hombre mayor.




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