Latidos En CÓdigo Morse

EPÍLOGO DONDE EL CORAZÓN APRENDE A QUEDARSE

Habían pasado cinco años desde aquella tarde en la iglesia.

Cinco años desde que descubrí que mi historia había sido construida sobre secretos.

Cinco años desde que comprendí que una familia podía romperse y, aun así, encontrar la manera de volver a reunirse.

Cinco años desde que aprendí que la sangre podía explicar de dónde veníamos, pero nunca podía decidir quiénes éramos.

Y cinco años desde que conocí a Mateo.

Aquella tarde seguía lloviendo.

Parecía que la vida tenía una extraña manera de devolverme al mismo escenario cada vez que algo importante estaba a punto de comenzar.

Estaba sentada junto a la ventana de aquel pequeño café donde nos habíamos conocido.

Frente a mí había dos tazas.

Una estaba casi vacía.

La otra permanecía intacta.

Miré el reloj.

—Llegas tarde.

Mateo apareció detrás de mí.

—Tres minutos.

—Cuatro.

—¿Los contaste?

—Todos.

Se inclinó y besó mi frente.

—Entonces tendré que compensarte.

Sonreí.

—¿Cómo?

Se sentó frente a mí.

—Con una noticia.

—Eso suena peligroso.

—Depende.

—¿De qué?

Sacó una pequeña caja del bolsillo.

Mi corazón se aceleró.

—Mateo…

—Espera.

Abrió la caja.

Dentro había una llave.

La miré.

—¿Qué es?

—Una casa.

—¿Qué?

—Compré una casa.

Lo miré incrédula.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque llevo cinco años intentando encontrar el lugar donde quiero quedarme.

Me quedé en silencio.

—¿Y lo encontraste?

Mateo sonrió.

—Sí.

Sacó otra cosa de su bolsillo.

Una fotografía.

La colocó sobre la mesa.

Era la casa.

Pequeña.

Luminosa.

Con un jardín.

Y una ventana enorme.

—Es hermosa.

—Quiero que la veas.

—¿Para qué?

—Para que decidas.

—¿Qué tengo que decidir?

Mateo tomó mi mano.

—Si quieres construirla conmigo.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—¿La casa?

—La vida.

No respondí inmediatamente.

Miré nuestras manos.

Después la fotografía.

Y pensé en todas las veces que había tenido miedo de elegir.

Había pasado gran parte de mi vida creyendo que elegir significaba arriesgarme a perder.

Hasta que comprendí que también podía significar ganar.

Ganar una oportunidad.

Un comienzo.

Una persona.

Una familia.

Una vida.

—Sí.

Mateo sonrió.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Estás segura?

Lo miré.

—Por primera vez en mi vida, sí.

Meses después, nos mudamos.

La casa tenía paredes claras, un jardín pequeño y una biblioteca que ocupaba casi toda una habitación.

Mi lugar favorito.

Mateo decía que era porque allí podía esconderme entre libros.

Yo le respondía que él se había casado con una mujer que necesitaba estanterías antes que muebles.

Todavía no estábamos casados.

Pero cada vez que él decía «cuando nos casemos», yo sonreía.

No porque tuviera miedo.

Sino porque, por primera vez, el futuro no parecía una amenaza.

Parecía una invitación.

Mi familia venía los domingos.

Mi padre siempre llegaba antes que todos.

Mi madre llevaba comida de más.

Gabriel aparecía con alguna historia absurda de su juventud.

Tomás llegaba tarde.

Siempre.

Y Elena protestaba porque decía que nadie respetaba los horarios.

La casa se llenaba de voces.

De risas.

De platos.

De conversaciones.

De pequeñas discusiones.

De vida.

Una tarde, mientras todos hablaban alrededor de la mesa, me quedé observándolos.

Mi padre discutía con Gabriel sobre fútbol.

Mi madre intentaba que Tomás comiera.

Elena se reía.

Mateo me miraba desde el otro extremo de la mesa.

Y pensé en aquella niña que alguna vez había creído que estaba sola.

Quise decirle algo.

Quise volver atrás.

Sentarme junto a ella.

Tomarla de la mano.

Decirle:

«No tengas miedo. Un día vas a estar rodeada de personas que te van a amar.»

Pero no podía regresar.

Y quizá no necesitaba hacerlo.

Porque aquella niña había sobrevivido.

Y gracias a ella, yo estaba allí.

Una noche, después de que todos se fueron, Mateo y yo permanecimos en el jardín.

El cielo estaba despejado.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—En mi madre.

—¿Valeria?

—En las dos.

Mateo me tomó la mano.

—¿La extrañas?

—Todos los días.

—¿Duele?

—Sí.

—¿Mucho?

—A veces.

—¿Y qué haces?

Miré las estrellas.

—Le hablo.

—¿Qué le dices?

Sonreí.

—Que estoy bien.

—¿Y qué crees que te respondería?

Pensé unos segundos.

—Que ya era hora.

Mateo se rio.

—Probablemente.

Apoyé la cabeza sobre su hombro.

—¿Sabes qué me enseñó?

—¿Qué?

—Que el amor no termina cuando alguien se va.

—¿Entonces?

—Cambia de lugar.

Mateo besó mi cabello.

—¿Y dónde está ahora?

Lo miré.

—En todas partes.

Al día siguiente fui a la iglesia.

La misma.

La que había guardado nuestros secretos.

La que había protegido nuestra historia.

La que había visto nacer a dos niños que algún día tendrían que encontrarse.

Llevaba una pequeña caja.

Dentro estaba la última carta de Valeria.

La coloqué junto a una fotografía.

No quería esconderla.

Tampoco quería olvidarla.

Quería que permaneciera allí como una parte de nuestra historia.

Antes de irme, me quedé unos minutos frente al altar.

—Mamá.

El silencio respondió.

—Lo hice.

Sonreí.

—Encontré mi vida.

Respiré profundamente.

—Y no tuve miedo.

Una ráfaga de viento entró por una ventana.

Cerré los ojos.




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