Mendoza los recibió con un silencio sereno, casi como si la cordillera contuviera el mundo en un suspiro profundo. El aire, más limpio y fresco, parecía acariciar cada poro, despejando la mente y calmando el alma. Las calles, más anchas, se desplegaban con colores más suaves, como si el tiempo en ese lugar hubiera decidido correr a otro ritmo, más lento, más amable.
Sofía habitaba ese lugar con un dolor que se veía en cada gesto, en cada mirada perdida hacia la ventana, como si tratara de aferrarse a un horizonte que ya no existía. Su marido, con los ojos llenos de tristeza y las palabras medidas, intentaba sostenerla en esa vibración diaria de seguir adelante, a pesar de que la ausencia de lo que habían perdido se sentía en cada rincón.
Manuela y Miguel llegaron a ese paisaje distinto con la incertidumbre de no saber muy bien cómo encajar. Pero estaban ahí, juntos, cada uno con una herida que solo había sido cosida a medias, cada uno con sombras persistentes que se colaban en el día a día. No hacía falta decir mucho: el amor que sentían por Sofía los unía con una fuerza silenciosa, casi sagrada. Era como un viejo pacto que volvía a latir en medio del duelo, recordándoles que habían sido tres inseparables, y que ese lazo, aunque magullado, seguía intacto.
Los primeros días fueron un vaivén de cuidados y silencios compartidos. Se turnaban para cocinar, para limpiar la casa, para estar a su lado en las noches más largas, cuando el llanto silencioso era la única compañía. Sofía, a veces, lloraba sin consuelo, otras se enojaba con un mundo que parecía no tener justicia. En ocasiones, simplemente se acurrucaba entre Manuela y Miguel, como si en ese calor compartido encontrara un refugio que la mantuviera en pie, un respiro para no quebrarse del todo.
El dolor, claro, era un huésped constante, pero también lo era la ternura que les permitía seguir, la que se tejía en esos gestos mínimos que valían más que mil palabras.
Miguel se mostraba diferente. Más sereno. Más presente. Manuela lo notaba en cada detalle: en la manera en que le servía el té a Sofía sin que ella siquiera pidiera, en cómo le alcanzaba una manta si se quedaba dormida en el sillón, en sus paseos solitarios por la tarde, cuando volvía con los ojos húmedos pero sin apuro, como si el dolor se hubiera hecho más profundo, pero menos desesperado.
Una tarde, mientras Sofía dormía la siesta, Manuela lo esperó en la puerta de la casa, justo cuando él volvía del paseo.
—¿Estás bien? —le preguntó con suavidad, notando el frío del atardecer en sus mejillas.
Miguel soltó un suspiro hondo, y su respuesta fue honesta.
—No, no estoy bien. Pero estoy mejor que ayer. Caminar me ordena un poco... aunque me duele.
Manuela asintió, mientras sostenía con firmeza la taza de té que recién había servido.
—Te entiendo más de lo que pensás. A veces, el dolor es la única forma que tenemos para encontrarnos con la verdad.
Él sonrió, leve y triste.
—Sí... y también es un recuerdo constante. Pero creo que eso, por más duro que sea, también es parte de sanar.
Manuela sintió que en esas palabras había un puente, una invitación tácita a compartir lo que aún dolía, pero también a sostenerse mutuamente.
Ella misma había cambiado en estos meses. Su viaje la había vaciado de miedos y la había llenado de nuevos sueños. Ya no buscaba respuestas en el pasado, sino que estaba ahí, en Mendoza, por Sofía, pero también por ella misma. Por esa versión renovada que había nacido entre trenes, idiomas que no dominaba, y paisajes infinitos. Aunque Madrid, claro, seguía siendo una espina difícil de tocar.
Las horas se iban entre mates compartidos, charlas breves y silencios largos, y caminatas lentas por la plaza central. Los cuatro —incluido el marido de Sofía— formaban un equipo improvisado, una familia ensamblada en torno al duelo y la reconstrucción.
Miguel y Manuela, sin decirlo, comenzaban a reencontrarse desde lo más simple. Iban juntos a la verdulería, recordaban anécdotas divertidas con Sofía en la cocina, se tapaban sin darse cuenta con la misma manta frente a la tele. Esas pequeñas cosas, sin prisas ni promesas, iban hilvanando algo nuevo, frágil pero real.
Una tarde, cuando el sol empezaba a caer perezoso sobre la galería, Manuela salió con un libro bajo el brazo y encontró a Miguel escribiendo en una libreta. Lo sorprendió, y él guardó la hoja rápido, con una sonrisa incómoda.
—¿Escribís ahora? —le preguntó ella, sentándose a su lado.
—A veces. Me ayuda a poner en orden un poco... —respondió, mirando el horizonte teñido de naranja.
—¿Sobre vos? ¿Sobre Bautista?
Miguel asintió, tragándose una emoción que parecía contenerse con dificultad.
—Sobre todo eso. Sobre lo que fue, lo que ya no va a ser, y lo que quiero que Bautista sepa de mí cuando crezca.
Manuela suspiró.
—Debe ser hermoso que te lea un día, aunque no sea fácil para vos ahora.
—No sé si hermoso... —dijo él con una sonrisa triste—. Pero real. Eso creo que basta.
Se hizo un silencio cálido. Manuela miró su mano, casi con ganas de tocar la suya, de hacer un puente entre los silencios.
—No pensé que íbamos a estar así, juntos otra vez, aunque sea de esta manera —murmuró, casi con timidez.
—Yo tampoco —admitió Miguel—. Pero necesitábamos esto. Por Sofía, por nosotros, aunque sea un paso pequeño.
—¿Creés que Sofía lo nota? —preguntó Manuela, bajando la voz como si temiera romper la magia del momento.
—Sí, creo que sí. Y creo que le da algo parecido a la paz. A un poco de alivio.
Aquella noche, cenaron todos juntos en la galería. El vino mendocino ayudó a desatar los nudos en las gargantas y hasta Sofía soltó una carcajada al recordar un episodio ridículo del colegio. Miguel la miraba con una mezcla de admiración y tristeza. Manuela le tomó la mano por debajo de la mesa, y él la apretó con suavidad, como diciendo “gracias” sin palabras.