Dia de playa
Sarah
Estaba frente al espejo de mi habitación, con un montón de bikinis y bañadores esparcidos por la cama, mientras Susan se sentaba sobre ellos con una sonrisa traviesa.
—Hora de decidir cuál te queda mejor —dijo.
Primero probé un bikini rojo brillante.
—Mmm… —dijo Susan, examinándome de arriba abajo—. Está bien, pero no resalta tus ojos como debería.
—¿Mis ojos? —pregunté divertida—. Creo que la gente vendrá por el color del bikini, no por mis ojos.
—Sí, pero los detalles importan —replicó Susan, riendo—. Ahora prueba el azul. Ese sí que te va a matar.
Me puse el azul y me miré en el espejo.
—Vaya… este sí que me gusta. Más “yo”, ¿sabes?
Susan asintió con aprobación.
—Azul Sarah, perfecto.
—Vale, lo tengo decidido —dije, señalando el azul—. Este será mi arma secreta para la playa.
—Perfecto —dijo Susan—. Yo me pongo este rosa chillón que parezco Barbie en persona. Nos vamos a ver increíbles.Pero te apuesto a que los chicos no van a
dejar de mirarnos cuando lleguemos a la playa.
Uf… —murmuré, entre divertida y nerviosa—. Seguro que no.
Susan se rió
—Bueno, está todo listo —dije finalmente, tomando mi bolso—. Hora de salir y averiguar si Susan tenía razón con lo de los chicos.
—Claro que si —rió Susan—. Van a estar mirándonos todo el camino hasta la playa.
Salimos de la casa con nuestras bolsas llenas de toallas, protector solar y algo de picar. El sol brillaba y la brisa cálida ya nos llenaba de energía. Abajo, justo frente a la entrada, estaba el coche de Mark.
John estaba al volante, con esa sonrisa que era imposible de ignorar, mientras Mark recostado en el asiento del copiloto lanzaba una mirada traviesa,sobre todo a Susa.
Entramos al coche riendo, acomodando las bolsas y tratando de no pisarnos los pies entre risas.
—Vaya, vaya… —dijo John, mirandome de reojo mientras arrancaba el coche—. Parece que alguien está demasiado preocupada por su bikini azul.
Susan se rio, lo miró fijamente y le dijo con tono divertido:
—Oye, John… ¿por qué no dejas de mirar tanto a Sarah?—bromea.
John se sobresaltó un poco, intentando disimular, y soltó una risa nerviosa.
Mark soltó una carcajada y Susan me da un codazo mientras dice:
—Lo ves, no soy la única que lo nota.
Mientras avanzábamos Susan y Mark no dejaban de pelearse por tonterías, como siempre lo hacian todos los días cuando nos juntabamos.
En cambio John estaba un poco más callado de lo normal. No decía tantas bromas ni hacía comentarios sarcásticos como siempre.
De vez en cuando me lanzaba miradas rápidas.
Era extraño verlo así, y, aunque no quería admitirlo, eso me hizo sentir un pequeño cosquilleo en el estómago.
Finalmente, después de las bromas, peleas y silencios incómodos llegamos a la playa. El sol brillaba alto, la arena estaba cálida bajo los pies.
—¡Vamos! —gritó Susan de repente, lanzándose sobre la arena y arrastrando a Mark con ella hacia el mar—. ¡Eres un lentorro!
Me quedé parada un segundo, observándolos correr y reír mientras desaparecían entre las olas. Noté que John estaba a mi lado.
—¿Qué pasa? —preguntó, divertido—. ¿No vas a seguirlos?
—Eh… creo que hoy me toca quedarme un poco atrás —dije, con una sonrisa nerviosa—. Alguien tiene que vigilar la toalla, ¿no?
John rió suavemente.
—Está bien —dijo—. Así tenemos un momento tranquilo… solo tú y yo, sin esos dos tontos.
Sentí un pequeño cosquilleo en el estómago. Era raro, agradable… y un poco emocionante.
Nos dirigimos a una toalla que habíamos dejado cerca de la orilla y nos sentamos lado a lado. La arena aún estaba tibia bajo nuestros pies mientras miramos el atardecer.
—Qué tranquilo se siente aquí —dije.
John asintió, sin decir mucho, pero con una sonrisa suave en el rostro. Era extraño verlo tan callado, tan diferente de su habitual energía, y eso me hizo prestar más atención a cada gesto suyo.
Nos quedamos en silencio por un momento, simplemente mirando el cielo.
—Qué bonito… —murmuró John
—No estás mirando el cielo, ¿verdad? Me estás mirando a mí.
John se quedó un segundo en silencio, como si me hubiera pillado, y luego soltó una risa baja, nerviosa pero divertida.
—Bueno… tal vez un poquito —admitió, con la mirada fija en mis ojos.
Al decirlo, sentí cómo un calor subía a mis mejillas, normalmente no me pasan eso con el y eso me puso nerviosa.
John se dio cuenta al instante y bajó la mirada unos segundos, rascándose la nuca, antes de hablar con un hilo de risa nerviosa:
—Oh… lo siento, no quería que fuera incómodo. De verdad.
—No… no es incómodo —respondí rápidamente, tratando de calmar los nervios—. Solo… bueno, me sorprendió un poco.
Nos acomodamos en la toalla, hombros casi rozándonos, mientras el silencio entre nosotros se sentía cómodo y extraño a la vez.
John
La veía sentada en la toalla, con la brisa moviéndole el cabello y el sol iluminando su piel. Cada pequeño gesto suyo me llamaba la atención: la forma en que sonreía, cómo se acomodaba la mochila, cómo sus ojos brillaban incluso con la luz del sol. Se veía increíble.
Intenté mirar el mar, escuchar las olas, incluso fijarme en Mark y Susan, pero no funcionaba. Todo mi pensamiento volvía a ella, y eso me incomodaba.
Era muy extraño, Sarah solamente era mi mejor amiga.
No podría pasar nada más, ¿no?
—John… —escuché su voz suave a mi lado, y de repente sentí un toque en mi hombro—. ¿Estás bien o te estás imaginando historias raras otra vez?
Me sobresalté. Por un segundo, sentí que me habían arrancado de mis propios pensamientos.
—Eh… sí, sí, estoy bien —respondí rápido, intentando sonar normal—. Solo estaba pensando en… en nada importante.
Ella soltó una risa
Sarah se acomodó en la toalla y, sin pensarlo demasiado, se tumbó boca arriba, dejando que el sol calentara su piel y que la brisa moviera su cabello.