Un momento especial
Sarah
Entré al aula todavía medio dormida, intentando colocar mi mochila sin que nadie me viera tropezar con la silla.
El profesor ya había empezado a escribir en la pizarra, así que me senté en mi sitio habitual.
John ya estaba allí, revisando sus apuntes como siempre lo hacia.
—Hola —dije, acomodándome mientras dejaba la mochila en el suelo.
—Hola —respondió él, sonriendo ligeramente—. Llegaste justo a tiempo
Al fondo del aula, Susan y Mark ya estaban sentados juntos, como siempre, susurrando y lanzándose miradas cómplices. Cada tanto, Mark hacía gestos exagerados hacia nosotros, tratando de molestarnos sin que el profesor se diera cuenta.
—Ahí van otra vez —susurré a John, sonriendo—. Nunca cambian.
—No —dijo él, bajando la voz—. Pero me gusta tenerlos lejos… al menos así puedo concentrarme… más o menos.
Mark inclinó la cabeza hacia nosotros, sonriendo de forma traviesa y murmurando algo que Susan solo parecía entender. Ambos rieron, y John me lanzó una mirada de “lo ves, esto nunca cambia”.
Mientras el profesor hablaba, yo me acomodé en mi asiento, disfrutando de la sensación de estar al lado de John, con Susan y Mark al fondo peleándose como siempre
—Oigan —susurré, bajando la voz—. ¿Creen que alguna vez se cansarán de molestar?
—Nunca —dijo John, soltando una risa suave—. Son inagotables.
Y mientras nos sentábamos allí, juntos al frente, no pude evitar pensar que aunque la clase fuera larga y aburrida, tener a John a mi lado y ver a Mark y Susan haciendo sus bromas hacía que todo fuera mucho más divertido.
Justo cuando el profesor empezaba a explicar algo complicado de matemáticas, sonó la campana del recreo.
Un suspiro colectivo recorrió el aula.
—¡Por fin! —dije, estirándome un poco en mi asiento.
—Oye —dijo—. ¿Has oído hablar de la fiesta del viernes?
—Sí —respondí, entusiasmada—. Susan me contó que habrá música, juegos y, según parece, un montón de gente del insti.
—Perfecto —dijo él, sonriendo de lado—. ¿Van a ir Mark y Susan?
—Ellos nunca se perderán una fiesta.
—Eso es cierto —dijo John
Justo cuando estábamos guardando las cosas del recreo, sonó el timbre que anunciaba el fin de las clases.
—Eh… ¿está lloviendo? —pregunté, mientras las primeras gotas empezaban a caer.
—Sí… y parece que va a ponerse peor —dijo John, frunciendo un poco el ceño al mirar hacia fuera—. Oye, Sarah… si quieres, puedo llevarte en mi coche. Así no te mojas.
—¿De verdad? —pregunté, sorprendida y sonriendo—. Sería genial.
—Claro —dijo él, con esa sonrisa tranquila que siempre me hacía sentirme un poco nerviosa—. Además, vivimos bastante cerca, así que no será un viaje largo.
Caminamos rápido hacia el coche, esquivando charcos mientras las gotas caían cada vez más fuertes. Él abrió la puerta para mí y me ayudó a entrar, y de repente me sentí muy consciente de lo cerca que estábamos.
El coche avanzaba lentamente por las calles mojadas, y la lluvia golpeaba el parabrisas con fuerza, haciendo que todo lo demás desapareciera.
Justo entonces, él presionó un botón en la radio y la melodía que ambos conocíamos empezó a sonar “Pretty boy” de The Neighborhood. Era nuestra canción favorita.
—¿Pusiste nuestra canción? —pregunté, sorprendida y divertida—.
—Sí —dijo John, sonriendo de lado—. Pensé que haría el viaje más… especial.
La música llenó el coche mientras la lluvia golpeaba el techo y los cristales. Por un momento, no hubo palabras, solo esa sensación extraña y agradable de estar cerca, de compartir algo que parecía solo nuestro.
—Esto… esto está bien —dije finalmente, bajando un poco la mirada pero sonriendo—. Me gusta.
—A mí también —dijo él, y aunque no lo dijo con palabras exageradas, pude notar que estaba disfrutando tanto como yo de ese pequeño instante—. Muy… nuestro.
El coche se convirtió en un pequeño refugio frente a la lluvia, y ese instante, aunque breve, se sentía perfecto: la lluvia afuera, nuestra canción de fondo, y la sensación de cercanía que no necesitaba palabras para ser comprendida.
En pocos minutos, el coche de John llegó a la puerta de mi casa.
—Aquí estamos —dijo John, aparcando con cuidado y apagando el motor.
Abrí la puerta y me giré para mirarlo un segundo. Había algo en su sonrisa que me hacía sentir nerviosa y a la vez segura.
—Gracias por llevarme —dije finalmente, con una sonrisa tímida—. La lluvia… y todo esto fue… agradable.
—Me alegra que lo pienses así —respondió John, inclinándose un poco hacia mí antes de que bajara—. No quería que te mojases, y… bueno, fue divertido para mí también.
Me bajé del coche y cerré la puerta con cuidado. Él me dio una última sonrisa antes de arrancar, y mientras lo veía alejarse, no pude evitar sonreír.
La lluvia seguía cayendo, pero ya no importaba; el momento con John quedaría grabado en mi memoria.