Latidos Ocultos

Cap 6

Sentimiento extraño

Sarah

Cerré la puerta de casa detrás de mí y apoyé la espalda unos segundos contra ella. El sonido de la lluvia seguía golpeando el techo, más lejano ahora, pero todavía constante.

Solté la mochila en el suelo y caminé lentamente hasta mi habitación, intentando convencerme de que solo había sido un simple trayecto en coche. Nada más. Solo lluvia, música y unos minutos compartidos.

Pero no había sido solo eso.

—¡Sarah! —gritó mi madre desde la cocina—. ¡Llegaste empapada! ¿Quieres que te traiga una toalla y algo caliente para beber?

—Sí, gracias, mamá —respondí, sonriendo mientras me quitaba la chaqueta y la dejaba sobre la silla cerca de la puerta.

Me dejé caer sobre la cama mirando al techo. La imagen del coche, la canción sonando y la forma en la que John había sonreído al final no dejaban de repetirse en mi cabeza.

—¿Todavía estás empapada? —preguntó mi madre, entrando con una toalla y un vaso de chocolate caliente—. Te ves cansada.

—No… estoy bien —dije, tomando la toalla y secándome el cabello—. Solo un poco de frío por la lluvia.

Me tumbé otra vez en la cama, dejando que el aroma del chocolate caliente llenara la habitación.

“Imposible”, me dije a mí misma mientras me dejaba caer sobre la cama. “No puede gustarme. Solo somos amigos. Siempre lo hemos sido, y nada ha cambiado”.

Me giré hacia la ventana, viendo cómo la lluvia seguía cayendo afuera. Intenté concentrarme en otra cosa, en el chocolate caliente que me había traído mi madre, en la ropa que tenía que ordenar… cualquier cosa que me hiciera olvidar ese sentimiento.

Pero era inútil. Aun sabiendo que era extraño y que no podía ser, no podía negar que la sensación seguía ahí, persistente, como un eco del viaje en coche. Solo amigos… eso debía repetirme una y otra vez.

John

El coche avanzaba por las calles mojadas, y la lluvia golpeaba el parabrisas con un ritmo constante. El motor era lo único que rompía el silencio de aquel pequeño viaje en solitario hacia mi casa.

Todavía podía sentir la cercanía de Sarah, aunque ya no estuviera a mi lado. La manera en que se había acomodado en el asiento, su risa contenida cuando puse la canción… todo eso seguía dándome vueltas en la cabeza.

—¿Habrá pensado que fue incómodo? —me pregunté mientras miraba el reflejo de la calle en el retrovisor—. ¿Habré actuado raro?

Mi corazón latía un poco más rápido de lo normal. No era solo que el viaje hubiera sido especial; era que me había dado cuenta de que cada pequeña interacción con ella me afectaba más de lo que esperaba. Y no podía admitirlo del todo, ni siquiera a mí mismo.

Trataba de analizar mis movimientos, cada palabra, cada gesto: si sonreí demasiado, si la miré mucho tiempo, si estaba nervioso… todo me parecía un riesgo de que ella pensara que había sido raro o incómodo.

Pero no podía negar que había disfrutado cada segundo. Desde la forma en que aceptó la canción hasta el silencio cómodo que compartimos mientras escuchábamos la lluvia. Todo eso se sentía extraño… y bueno, de una manera que no podía explicar completamente.

Una parte de mi tenía miedo de que la culpa de esos sentimientos arruinara nuestra amistad.

—Solo amigos —me repetí para calmarme—. Nada de raro. Solo un viaje corto. Pero, maldita sea, eso no hace que no haya sido… perfecto.

Suspiré, girando una curva más, y por un instante cerré los ojos unos segundos, intentando ordenar mis pensamientos. Era imposible decir que no me había gustado… pero tampoco podía admitirlo. No todavía.

La lluvia seguía golpeando el parabrisas mientras avanzaba hacia casa, y yo no podía evitar sentir que, aunque solo fueran minutos, algo dentro de mí había cambiado aquel día.




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