La gran fiesta
John
La habitación estaba en silencio, pero mi cabeza no.
Abrí el armario por tercera vez en menos de cinco minutos, mirando la misma ropa como si de repente fuera a aparecer algo nuevo.
Era solo una fiesta. Nada más. Música, amigos, risas.
—Hermano… llevas como diez minutos mirando esa camiseta —dijo Mark desde mi cama, tirado como si fuera suya—. ¿Piensas declararte o solo ir a una fiesta?
Le lancé una mirada fulminante mientras volvía a abrir el armario.
—Cállate. Solo estoy eligiendo algo normal.
—Claro, normal —repitió él con una sonrisa sospechosa—. Por eso te has probado tres camisas y te has mirado al espejo muchas veces que hasta he perdido la cuenta.
—No es por eso —respondí rápido, demasiado rápido.
Mark soltó una risa baja.
—Ajá. Entonces no tiene nada que ver con que Sarah vaya a estar allí, ¿verdad?
Me quedé en silencio un segundo más de lo que debía. Error.
—No empieces —murmuré.
—Oh, voy a empezar —dijo incorporándose—. Porque desde lo de la lluvia estás raro. Más callado. Más pensativo. Más… distraído que antes.
Rodé los ojos, aunque sabía que no estaba del todo equivocado.
—Solo la llevé a casa. Estaba lloviendo. Fin de la historia.
—Claro, solo la llevaste a casa , ¿no?—respondió él, levantándose de la cama y acercándose— Algo ha pasado , si no no estarias asi de tonto.
Nada pasó.
Y ese era el problema.
Me pasé la mano por el pelo, frustrado.
—No fue nada raro. Solo… no quiero que piense que actué extraño.
Mark se quedó mirándome unos segundos, esta vez sin burlarse.
—¿Te importa lo que piense?
Demasiado.
—Es mi amiga —respondí.
Mark sonrió de lado.
—Claro. Amiga.
Le lancé una camiseta a la cara.
—Eres el peor.
—Y tú estás nervioso —dijo riéndose mientras esquivaba otra prenda—. Tranquilo, Romeo. Solo es una fiesta.
Suspiré.
Me miré una última vez en el espejo. La camiseta sencilla, el pelo medio arreglado, expresión aparentemente tranquila.
Pero por dentro no estaba tranquilo.
Porque sabía que cuando la viera… todo ese discurso de “solo amigos” iba a tambalearse otra vez.
Y Mark, por desgracia, iba a notar cada segundo.
El coche se detuvo frente a la casa donde se celebraba la fiesta, y desde afuera ya se escuchaban risas, música y el golpe rítmico de los altavoces. El aire estaba lleno de olor a pizza, refrescos y la mezcla de perfumes de toda la gente del insti. Luces de colores iluminaban el jardín, parpadeando al ritmo de la música mientras algunos bailaban y otros se reían alrededor de las mesas improvisadas.
Mark salió del coche primero.
Caminamos hacia la entrada, esquivando a un par de grupos que charlaban, y pude ver que el jardín estaba decorado con luces colgantes y guirnaldas. Había una zona con música fuerte, otras con mesas llenas de comida y bebidas. La fiesta tenía esa mezcla perfecta entre desorden y diversión controlada
Y allí estaba ella.
Sarah. De pie cerca de la mesa de bebidas, riéndose con Susan y algunas amigas
La vi de pie junto a la mesa de bebidas, su cabello seco y perfectamente acomodado, cayendo naturalmente sobre sus hombros como siempre lo llevaba.
Llevaba falda corta de mezclilla y una blusa ligera de color pastel que combinaba perfectamente con ella.
Sarah parecía completamente natural, y sin embargo, era imposible apartar los ojos de ella. Cada movimiento suyo me recordaba por qué aquel trayecto bajo la lluvia y la canción compartida había dejado una huella que todavía no podía ignorar.
Mark y yo empezamos a acercarnos donde estan Sarah y Susan.
Cada paso que daba la acercaba un poco más, y mi corazón comenzaba a latir más rápido. No podía apartarle los ojos.
—Hey… —intenté decir algo casual, pero mi voz sonó más temblorosa de lo que quería—. ¿Qué tal la fiesta hasta ahora?
—Bien… —dijo ella, inclinándose un poco hacia mí mientras me sonreía—. Bastante animada.
—¡Por fin! —dijo Susan levantando los brazos—. Pensé que se habían perdido por el camino.
—Casi —respondió Mark—. Este estuvo media hora eligiendo camiseta.
Cállate —murmuré, empujándolo ligeramente.
Sarah soltó una risa suave, y juro que esa risa me dejó completamente fuera de juego.
—¿En serio? —preguntó ella, cruzándose de brazos con una sonrisa divertida—. No sabía que la ocasión lo merecía tanto.
—No lo merecía —respondí rápido—. Solo… quería algo cómodo.
—Claro, cómodo —repitió Mark con tono sospechoso.
—Oigan —dijo Susan tomando un vaso—. Tenemos que ir todos juntos a la pista después. Nada de quedarse mirando desde lejos.
—Yo no miro desde lejos —protesté.
Sarah me miró de reojo.
—¿Ah, no?
Sentí el calor subir por mi cuello.
—Quiero decir… depende.
Mark soltó una carcajada.
—Depende de quién esté bailando, ¿no?
—Eres insoportable —le dije.
Demasiadas miradas. Demasiadas sonrisas sospechosas. Demasiada tensión flotando en el aire.
—Voy a por algo de beber —dije, intentando que sonara casual.
—Claro, huye —murmuró Mark con una sonrisa que ignoré completamente.
Caminé hacia la mesa de bebidas intentando parecer tranquilo, pero en realidad lo que necesitaba era aire. Algo que me ayudara a dejar de pensar en la forma en que Sarah me había mirado hacía apenas unos segundos.
Tomé un vaso y me serví algo frío, más para tener algo en las manos que por sed. También agarré una porción de pizza que ni siquiera sabía si quería.
Desde hacía semanas había empezado a sentir algo extraño por ella. Algo que no era solo amistad. Algo que no sabía cómo enfrentar.
Me quedé un momento inmóvil, dudando. ¿Debería decirle a Susan lo que siento? ¿O sería demasiado pronto? ¿O peor… arruinaría nuestra amistad?
Cada vez que pensaba en decírselo, mi garganta se cerraba un poco. Había miedo. Miedo a perder lo que ya teníamos. Miedo a que cambiara todo y que nuestra amistad no fuera la misma.
Pero también había una parte de mí que quería ser honesto. Que quería dejar de esconder lo que sentía.
—Maldita sea —susurré mientras le daba un trago a la bebida—. No puedo seguir así.
Dejé la mesa de comida y bebida a un lado, intentando distraerme un poco. Necesitaba hablar con Sarah, aunque no sabía exactamente qué decir.
Me abrí paso entre la multitud, esquivando grupos que bailaban, risas que resonaban y luces que parpadeaban sobre las cabezas. Cada paso me acercaba a donde creía que ella podría estar.
Y entonces la vi.
Estaba cerca de la zona de baile, hablando con un chico nuevo que no había visto antes. Se reían juntos, y Sarah… Sarah estaba completamente feliz. La sonrisa en su rostro iluminaba todo alrededor, y la manera en que él le tomaba la mano mientras le decía algo la hacía brillar.
Mi corazón se encogió de golpe. Esa chispa de felicidad que irradiaba hacia otro… me dolió más de lo que esperaba. Sentí un vacío extraño en el pecho y, de repente, todas las ganas de acercarme desaparecieron.
—No… no puedo —me susurré a mí mismo—. No ahora.