“latidos tras la tormenta”: Los Hermanos Miller #2

Prologo: Entre ruinas, mareas y latidos

El corazón de Mason Miller había decidido traicionarlo en el peor momento posible.

No fue un infarto completo —eso le repitieron en el Mount Sinai Hospital con una sonrisa tranquilizadora y demasiados folletos sobre “cambios de estilo de vida” que le había dado Amanda Jones, cardióloga y actual novia de su hermano Lucas Miller—, pero el susto fue suficiente para romper la ilusión de invencibilidad que había construido a base de trajes caros, juntas interminables y cafés tomados de pie frente a pantallas que nunca dormían.

Treinta y dos años. Director financiero de MillerTech. Éxito rotundo. Agenda llena. Vida vacía.

La noche del amago de infarto, mientras yacía en una cama de hospital con cables pegados al pecho, Mason entendió algo incómodo: había aprendido a escuchar cifras, pero no su propio pulso.

Y su pulso estaba cansado.

Así que, en un arranque que sus socios llamaron “crisis existencial millonaria” y su madre llamó “por fin una decisión con sentido”, Mason compró un castillo.

Sí. Un castillo.

En Asbury Park.

Frente al mar.

Con torres antiguas, ventanas altas como catedrales y más historia que sentido práctico. Lo vio en una subasta privada mientras aún estaba de baja médica. Las fotos mostraban piedra gris, jardines salvajes y un aire melancólico que le golpeó el pecho más fuerte que cualquier electrocardiograma.

—C’est ridicule… —murmuró en francés al hacer la oferta.

Pero igual firmó.

Quizá porque, por primera vez en años, estaba tomando una decisión que no cabía en una hoja de cálculo.

No sabía que aquel lugar ya tenía un corazón latiendo dentro.

Brenda Fraser siempre había entendido el lenguaje de las abejas mejor que el de las personas.

Las abejas eran claras: trabajaban juntas, protegían su hogar, sabían exactamente cuál era su función. No mentían. No abandonaban. No prometían amor eterno para desaparecer a la mañana siguiente.

Los humanos… bueno.

Brenda aprendió muy pronto que la vida humana podía romperse sin previo aviso.

Huérfana antes de saber pronunciar la palabra, encontró refugio en la familia Mackenzie, quienes la acogieron en aquel castillo enorme junto al mar como si hubiera sido suya desde siempre. Con ellos aprendió a reír en una mesa larga, a correr por pasillos que crujían de noche, a mirar tormentas desde la torre más alta con una manta sobre los hombros.

Con ellos aprendió lo que era pertenecer.

Y luego, en un giro cruel que aún le costaba procesar, los perdió a todos en un accidente absurdo, repentino, imposible de asimilar.

El silencio que quedó en el castillo fue peor que cualquier soledad que hubiera conocido de niña.

Durante semanas, Brenda caminó por las habitaciones como un fantasma con llaves en la mano, esperando escuchar la voz de la señora Mackenzie llamándola para cenar o el silbido desafinado del señor Mackenzie en el jardín.

Pero solo respondía el eco.

El testamento llegó como un golpe final: el castillo debía venderse. No había herencia para ella. Solo una carta breve agradeciéndole “por ser luz en nuestros últimos años”.

Luz.

Qué palabra tan cruel cuando todo se sentía oscuro.

Brenda tenía veintisiete años, tres idiomas fluidos, un doctorado brillante en investigación apícola y un contrato con el prestigioso laboratorio japonés Hikari Kenshū Kagaku Lab esperándola al otro lado del mundo.

Y aun así, no sabía dónde poner los pies.

Las colmenas del jardín trasero eran lo único que seguía vivo bajo su cuidado. Allí, entre zumbidos suaves y olor a miel, encontraba una paz que no hallaba dentro del castillo.

—Daijōbu… —susurraba a las abejas a veces—. Todo va a estar bien.

Aunque no sabía si se lo decía a ellas o a sí misma.

El día que Mason Miller condujo por primera vez hacia el castillo, el cielo de Asbury Park estaba cubierto de nubes bajas y el océano parecía una sábana de acero arrugado.

Perfecto, pensó. Dramático. Casi cinematográfico.

Se bajó del coche con un abrigo demasiado elegante para el barro del camino y miró la silueta de piedra elevándose frente a él. Sintió algo extraño, una mezcla de vértigo y calma.

Como si el lugar respirara.

Como si lo estuviera esperando.

No sabía que, en la parte trasera de la propiedad, una mujer de ojos color miel discutía con una abeja obstinada que se negaba a salir de su cabello.

No sabía que esa mujer hablaba japonés con la misma naturalidad con la que él cambiaba al francés cuando quería pensar con claridad.

No sabía que ella estaba a punto de perder ese lugar, y que él lo había comprado intentando salvar su propia vida.

Dos corazones cansados.

Dos personas que habían sobrevivido a pérdidas distintas.

Un castillo lleno de ecos, memorias… y espacio suficiente para que algo nuevo empezara a latir.

El mar rugió contra las rocas como si anunciara el comienzo de una historia que ninguno de los dos había planeado.

Pero el destino, caprichoso y persistente, ya había movido la primera pieza.




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