El castillo no solo guardaba recuerdos.
Guardaba personas.
Loren llevaba más de treinta años caminando esos pasillos. Sabía exactamente qué escalón crujía antes de la biblioteca, en qué ventana se colaba el viento salado al amanecer y cómo hacer que una casa demasiado grande no se sintiera vacía… aunque lo estuviera.
Tenía cincuenta y cinco años, el cabello recogido siempre con una elegancia discreta y una mirada que había visto demasiadas despedidas como para sorprenderse por otra más. Había sido la dama de llaves de los Mackenzie, pero en realidad había sido mucho más: confidente, guardiana, y el pegamento silencioso que mantenía unido al castillo.
Cuando la familia murió, Loren no se fue.
—Mientras quede alguien que necesite este lugar —había dicho con voz firme—, yo me quedo.
Y ese “alguien” tenía cuatro años, rizos rebeldes y una risa capaz de atravesar el duelo como un rayo de sol.
Stefi.
La hija de Mark.
Mark había llegado al castillo como capataz hacía siete años, con las manos curtidas, una sonrisa cansada y una esposa que adoraba los jardines. La vida parecía sencilla entonces. Trabajar la tierra, cuidar los muros antiguos, volver a casa con olor a sal y a hierba.
Hasta que ella enfermó.
Hasta que la perdió.
A los treinta y cinco años, Mark era viudo, padre y un hombre que aprendió a seguir respirando solo porque su hija lo necesitaba. Stefi dormía en una habitación pequeña del ala este, con dibujos pegados en las paredes y una ventana desde la que podía ver el mar.
—Papá, el mar habla —decía a veces antes de dormir.
Mark no sabía qué contestar. Así que asentía y la abrazaba más fuerte.
Tras la muerte de los Mackenzie, la incertidumbre se instaló como una sombra persistente. Nadie sabía qué pasaría con el castillo. Ni con ellos.
—¿Y si nos tenemos que ir? —preguntó Mark una noche, en voz baja, mientras Loren cerraba las cortinas del salón principal.
Loren no respondió enseguida. Miró el fuego de la chimenea, como si allí estuviera escrita la respuesta.
—Entonces nos iremos —dijo al fin—. Pero hasta que eso ocurra, este sigue siendo nuestro hogar.
Brenda los veía como su familia.
Loren era el ancla que la había mantenido a flote tras la tragedia. Mark, el silencio cómodo que no exigía palabras. Stefi… Stefi era la razón por la que sonreía incluso cuando sentía que el mundo se le caía encima.
Por eso, cuando supo que el castillo tenía nuevo dueño, el miedo le apretó el pecho.
No era solo ella la que podía perderlo todo.
Eran todos.
—Vendrá pronto —anunció Loren una mañana, dejando una carta sobre la mesa de la cocina—. El nuevo propietario.
Brenda cerró los ojos un instante.
Japón la esperaba. Un laboratorio brillante. Un futuro seguro.
Pero su corazón seguía allí, entre esas paredes.
El coche de Mason apareció por el camino de grava mientras Stefi corría detrás de una mariposa imaginaria y Mark levantaba la vista, frunciendo el ceño.
—Ya está —murmuró.
Loren se alisó el delantal. Brenda sintió cómo algo se tensaba dentro de ella.
Nadie sabía quién era ese hombre.
Nadie sabía si venía a derribar el castillo, a convertirlo en un hotel, o a borrar todo rastro de las vidas que aún lo habitaban.
Mason Miller cruzó el umbral sin saber que, además de un castillo, acababa de heredar un puñado de almas suspendidas en el aire… esperando.
Esperando una decisión.
Esperando compasión.
Esperando que el nuevo dueño no solo escuchara las paredes,
sino los corazones que todavía latían entre ellas.