Mason Miller había imaginado muchas cosas al comprar un castillo.
Polvo.
Ecos.
Soledad elegante.
Lo que no había imaginado era el olor a café recién hecho.
Se detuvo en seco apenas cruzó el umbral principal, con una mano aún apoyada en la puerta de roble macizo y el corazón dándole un aviso incómodo, como si quisiera recordarle que seguía siendo frágil… y que las sorpresas no estaban recomendadas por ningún cardiólogo sensato.
—¿Hola? —dijo, con la voz grave resonando en el vestíbulo.
Silencio.
Avanzó un par de pasos más. Sus zapatos caros sonaron fuera de lugar sobre el suelo de piedra, y entonces lo vio: un jarrón con flores frescas sobre una mesa antigua. No flores secas. No decoración olvidada.
Frescas.
—D’accord… —murmuró en francés, frotándose la nuca—. O estoy alucinando o alguien no recibió el memo de que esto ya es mío.
Desde el fondo del castillo llegó un ruido metálico. Luego pasos. Firmes. Tranquilos.
Mason tensó los hombros justo cuando una mujer de unos cincuenta y tantos años apareció por el arco que daba al salón. Llevaba un delantal impecable, el cabello recogido y una expresión que mezclaba educación y una firmeza inquebrantable.
—Buenos días, señor —dijo ella, con voz clara—. Debe de ser usted el nuevo propietario.
Mason parpadeó.
—Eh… sí. Mason Miller.
La mujer asintió, como si ya lo supiera.
—Loren. Dama de llaves.
¿Dama de llaves?
Mason miró a su alrededor otra vez. El castillo no estaba vacío. Estaba… vivo.
—Creí que la propiedad estaba desocupada —dijo, eligiendo cuidadosamente un tono diplomático. Demasiados años en salas de juntas no se borraban tan fácil.
Loren esbozó una sonrisa mínima.
—Eso depende de lo que uno entienda por “desocupada”.
Antes de que Mason pudiera responder, una risa infantil cruzó el aire como una campanilla. Desde una puerta lateral salió disparada una niña pequeña, con rizos rebeldes y un vestido que parecía haber sobrevivido a una guerra con el barro.
—¡Loren! ¡Mira lo que encontré! —gritó, levantando una piedra brillante.
La niña se detuvo al ver a Mason. Lo observó con curiosidad descarada, ladeando la cabeza.
—¿Tú quién eres?
Mason se quedó en blanco durante medio segundo.
—Yo… —se aclaró la garganta— soy… el dueño del castillo.
La niña lo miró de arriba abajo con seriedad absoluta.
—Ah —dijo—. ¿Y te vas a quedar?
La pregunta le cayó directo al pecho.
Antes de que pudiera responder, un hombre apareció tras ella. Alto, de hombros fuertes, con barba de varios días y una expresión protectora que se activó en cuanto vio a Mason.
—Stefi —dijo con suavidad—. Ven aquí.
La niña obedeció a medias, escondiéndose detrás de su pierna pero sin dejar de mirar al extraño.
—Mark —se presentó él, extendiendo la mano—. Soy el capataz.
Mason estrechó su mano. Era un apretón firme, honesto.
—Mason. Encantado.
Mentira. No estaba encantado. Estaba desconcertado.
—No sabía que vivía gente aquí —admitió finalmente.
Mark intercambió una mirada rápida con Loren.
—Vivimos —corrigió—. Desde hace años.
Algo en la forma en que lo dijo —sin desafío, pero con una dignidad tranquila— hizo que Mason sintiera una punzada incómoda. No eran okupas. No parecían improvisados.
Parecían hogar.
—El castillo pertenecía a la familia Mackenzie —intervino Loren—. Nosotros nos quedamos tras su fallecimiento… a la espera de instrucciones.
A la espera.
Mason tragó saliva.
—Entiendo —dijo, aunque en realidad no entendía nada—. Yo… necesitaba un lugar tranquilo para recuperarme.
—Aquí hay silencio —respondió Loren—. Pero no está vacío.
Como si el castillo quisiera respaldar sus palabras, una corriente de aire movió las cortinas, trayendo consigo el aroma del mar… y algo más.
Miel.
Mason frunció el ceño.
—¿Qué es ese olor?
Antes de que nadie contestara, una voz femenina resonó desde el jardín trasero.
—¡No, no, no! ¡Eso no se hace así!
El acento era suave, pero decidido. Cada palabra parecía llevar intención.
Mark sonrió apenas.
—Debe de ser Brenda.
El nombre quedó suspendido en el aire.
Mason giró hacia las puertas que daban al exterior, sin saber por qué su pulso se aceleraba de nuevo… ni por qué tuvo la absurda sensación de que estaba a punto de cruzar algo más que un umbral.
El castillo no estaba vacío.
Y su vida, claramente, tampoco iba a volver a serlo.