El silencio que quedó tras el choque de miradas fue incómodo.
No incómodo de vacío, sino de esos silencios que pesan, que arrastran preguntas y curiosidad mal disimulada. Mason fue el primero en romperlo, aclarando la garganta mientras desviaba la vista hacia las colmenas, como si necesitara algo sólido a lo que aferrarse.
—Así que… —dijo, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo— ¿a qué se dedica exactamente, Brenda Fraser?
Ella arqueó una ceja, desconfiada.
—Trabajo —respondió con sequedad—. No creo que eso le incumba.
Mason sonrió apenas, ladeando la cabeza.
—Vive en un castillo que acabo de comprar, habla como si dirigiera un pequeño ejército de insectos y parece conocer este lugar mejor que nadie. Digamos que la curiosidad es comprensible.
Brenda dudó un segundo. No sabía por qué le importaba lo que ese hombre pensara… y eso la irritó todavía más.
—Soy investigadora —dijo finalmente—. Especializada en apicultura y comportamiento de polinizadores.
Mason parpadeó.
Una décima de segundo.
Y luego soltó una risa suave. No cruel. Peor.
Incrédula.
—¿Investigadora? —repitió, mirándola de arriba abajo—. ¿Usted?
Brenda sintió el golpe como si le hubieran tirado agua fría.
—¿Perdón?
—No me malinterprete —añadió él, aún con esa sonrisa peligrosa—. Solo que… no tiene pinta de científica.
Ahí fue.
El punto exacto donde algo se rompió.
—¿Y qué pinta se supone que tiene una científica? —preguntó ella, con voz peligrosamente calmada.
Mason encogió los hombros.
—No sé… bata blanca, laboratorio, gafas gruesas. Fórmulas. No alguien discutiendo con abejas en un jardín frente al mar.
Brenda lo miró como si acabara de convertirse en el hombre más arrogante del planeta.
—Vaya —dijo despacio—. Fascinante análisis. ¿También cree que la inteligencia depende del vestuario o solo lo aplica conmigo?
—No era un ataque —intentó suavizar él—. Solo me sorprendió.
—Pues felicidades —replicó ella—. Ya ha conseguido ofenderme.
Brenda se quitó los guantes de nuevo, esta vez con rabia, y los dejó sobre una piedra.
—Para su información, señor Miller —continuó—, trabajo con el laboratorio Hikari Kenshū Kagaku Lab, en Japón. Publico artículos, dirijo proyectos y hablo tres idiomas con fluidez. Pero claro, no llevo bata blanca mientras cuido a mis abejas, así que debo de ser una impostora.
Mason abrió la boca para decir algo.
No llegó a tiempo.
—Ahórrese el comentario —lo cortó ella—. Ya he tenido suficiente condescendencia por hoy.
Se dio media vuelta con pasos firmes, cruzando el jardín sin mirar atrás. El viento agitó su cabello castaño como si compartiera su furia. Mason la siguió con la mirada mientras ella empujaba la puerta trasera del castillo y desaparecía en su interior de un portazo seco.
Silencio otra vez.
Las abejas siguieron zumbando, indiferentes al desastre humano.
Mason exhaló despacio.
—Bravo, Miller —murmuró para sí—. Primer día y ya has logrado enfadar a la mujer más interesante del lugar.
Se pasó una mano por el pecho, notando ese latido insistente que no era dolor… pero sí advertencia.
No la había creído.
Y eso, por alguna razón, le pesaba más de lo esperado.
Dentro del castillo, Brenda avanzó por el pasillo con el corazón acelerado y las mejillas ardiendo.
Idiota.
Arrogante.
Peligroso.
Y lo peor de todo:
todavía absurdamente atractivo.
—No me importa —se dijo en voz baja, apoyándose un segundo contra la pared—. No me importa en absoluto.
Pero su pulso la traicionó.
Y el castillo, como si lo supiera, crujió suavemente a su alrededor.