Mason no era un hombre que pidiera disculpas con facilidad.
No porque no supiera reconocer sus errores, sino porque estaba acostumbrado a que las palabras bastaran. A que un tono correcto, una frase bien medida y una sonrisa adecuada solucionaran cualquier roce.
Pero Brenda Fraser no era una junta directiva.
La encontró en la biblioteca del castillo, una sala amplia de techos altos y estanterías infinitas, donde el olor a libros antiguos se mezclaba con la sal del mar. Estaba de espaldas a él, revisando unos papeles con movimientos bruscos, claramente aún enfadada.
Mason se detuvo en el umbral.
—Brenda… —empezó—. Sobre lo de antes…
Ella no se giró.
—Si viene a explicarme por qué “no tengo pinta” de algo, puede ahorrárselo.
—No —dijo rápido—. Bueno… sí. Es decir, no como usted cree.
Mal comienzo.
Brenda se volvió entonces, apoyando las manos sobre la mesa.
—Tiene exactamente cinco segundos para mejorar eso.
Mason carraspeó.
—Solo quise decir que me sorprendió —explicó—. No es habitual encontrar a alguien como usted aquí. Quiero decir… joven, atractiva, rodeada de abejas y diciendo que trabaja en Japón.
Silencio.
Muy mal.
—¿Atractiva? —repitió ella, incrédula—. ¿Esa es su disculpa?
—No, no, eso era… un cumplido.
—Ha logrado ser condescendiente y torpe al mismo tiempo —dijo ella, cruzándose de brazos—. Impresionante.
Mason suspiró, pasándose una mano por el cabello.
—Mire, no estoy en mi mejor momento. He tenido… semanas complicadas.
—Eso no le da derecho a juzgarme —respondió ella con frialdad.
Justo entonces, una voz grave interrumpió la escena desde la puerta.
—No lo hace.
Ambos se giraron.
Mark estaba allí, apoyado en el marco, con los brazos cruzados y una expresión serena… pero firme. De esas que no levantan la voz porque no lo necesitan.
—Brenda no necesita que nadie la valide —continuó—. Y menos alguien que acaba de llegar.
Mason enderezó la postura.
—No pretendía…
—Sé lo que pretendía —lo cortó Mark—. Y sé cómo ha sonado.
Brenda bajó la mirada un instante, sorprendida por la intervención.
—Mark… —murmuró.
—No —dijo él con suavidad—. Está bien.
Volvió a mirar a Mason.
—Este lugar es su propiedad, sí —admitió—. Pero la gente que vive aquí no está sola. Ni Brenda, ni Loren, ni mi hija.
La mención de Stefi apretó algo en el pecho de Mason.
—No quiero problemas —dijo—. Solo intento hacer las cosas bien.
Mark lo observó durante un segundo largo.
—Entonces empiece escuchando —respondió—. Y cuando pida disculpas… hágalo sin excusas.
Brenda levantó la vista.
Por primera vez desde el jardín, Mason no tenía una réplica preparada.
—Tiene razón —dijo al fin, mirándola directamente—. Fui un idiota. Lo siento.
No fue elegante.
No fue brillante.
Pero fue honesto.
Brenda lo sostuvo con la mirada, evaluándolo.
—Acepto la disculpa —dijo finalmente—. Pero no vuelva a subestimarme.
—No lo haré —aseguró él.
Mark asintió, satisfecho.
—Bien —dijo—. Porque aquí ya hemos tenido suficientes pérdidas.
El silencio que siguió fue distinto. Más estable. Menos afilado.
Mason sintió algo nuevo: respeto. Y una certeza clara.
Brenda Fraser no estaba sola.
Y si quería quedarse en ese castillo —si quería paz, silencio o redención—, iba a tener que ganárselo.
Latido a latido.