Las semanas pasaron sin que nadie se diera cuenta del momento exacto en que el castillo dejó de sentirse herido.
No fue de golpe.
Fue en pequeños gestos.
En el olor a pan tostado por las mañanas.
En las risas infantiles que resonaban por los pasillos.
En Loren tarareando mientras abría las ventanas al amanecer.
La vida, lenta pero obstinada, se abría paso.
Brenda había establecido una rutina clara, casi estratégica.
Desayunaba todos los días en la cocina antigua, sentada siempre en el mismo lugar, con una taza de té entre las manos. Frente a ella, Stefi balanceaba las piernas mientras Mark le cortaba la fruta con paciencia infinita. Loren iba y venía con la naturalidad de quien lleva décadas sosteniendo hogares rotos.
Era una escena sencilla. Íntima. Familiar.
Y Mason la observaba desde la distancia como quien mira por una ventana cerrada.
Nunca entraba.
Nunca se sentaba.
Nunca era invitado.
Al principio no le dio importancia. Se dijo que necesitaba espacio, que estaba bien así, que él no había venido a Asbury Park a formar una familia improvisada alrededor de una mesa de madera vieja.
Pero entonces empezó a sentirlo.
Ese tirón incómodo en el pecho cuando veía a Brenda agacharse para limpiar la boca de Stefi.
La forma en que Mark la miraba con una gratitud silenciosa.
Las risas compartidas. Las miradas cómplices.
Están juntos, pensó más de una vez.
Y esa idea —injusta, no confirmada, pero persistente— lo irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Brenda, por su parte, evitaba a Mason con una eficacia quirúrgica.
Si él entraba en una habitación, ella salía.
Si coincidían en un pasillo, fingía una llamada.
Si él se acercaba al jardín, ella recogía sus cosas.
No era odio.
Era protección.
Porque cada vez que lo veía, algo dentro de ella se desordenaba. Y Brenda había aprendido hacía mucho que el desorden emocional siempre terminaba costándole caro.
Así que se refugiaba donde se sentía segura.
En Stefi.
En Mark.
En Loren.
Y Mason… Mason se quedaba fuera.
Una mañana especialmente luminosa, Mason estaba revisando unos correos en el salón cuando oyó risas desde la cocina. Risas altas, limpias, reales. La risa de Stefi. Y luego la de Brenda.
Se levantó sin pensarlo.
Se detuvo frente a la puerta.
Y no entró.
—Patético —murmuró para sí mismo.
—Siempre lo has sido un poco.
Mason se giró de golpe.
—¿Qué demonios…?
Lucas Miller estaba apoyado contra la pared, con una sonrisa ladeada, gafas de sol colgando de la camiseta y esa expresión que mezclaba ironía y cariño fraternal.
—¿Lucas? —parpadeó—. ¿Qué haces aquí?
—Vine a ver si seguías vivo —respondió, abrazándolo con cuidado—. Y porque mamá estaba convencida de que te habías convertido en un ermitaño millonario.
Lucas miró alrededor, interesado.
—Bonito castillo —añadió—. Muy tú en crisis existencial.
Mason resopló.
—Cállate.
Lucas dio unos pasos más, deteniéndose justo cuando Brenda apareció en la cocina, inclinándose hacia Stefi para decirle algo al oído. La niña rió a carcajadas.
Lucas siguió la mirada de su hermano.
Y sonrió.
—Ah —dijo despacio—. Ya veo.
—¿Qué ves? —preguntó Mason, a la defensiva.
—Que estás perdido —respondió Lucas sin dudar—. Y que no quieres admitirlo.
Mason frunció el ceño.
—No tengo idea de qué hablas.
Lucas lo observó un segundo más.
—No desayunas con ellos —continuó—. Pero los miras como si quisieras estar ahí sentado. Especialmente a ella.
—Está con Mark —soltó Mason—. Es evidente.
Lucas arqueó una ceja.
—¿Lo es? —preguntó—. Porque desde aquí lo que parece evidente es que tú estás celoso.
Mason abrió la boca para protestar. La cerró.
Lucas sonrió, victorioso.
—Tranquilo —dijo—. No es una acusación. Es una observación fraternal.
Brenda levantó la vista en ese momento… y se encontró con dos pares de ojos observándola.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Se tensó.
Y cuando reconoció a Lucas, frunció el ceño, confundida.
—¿Quién es él? —preguntó en voz baja a Loren.
—El hermano —respondió Loren, con una sonrisa sabia—. Y parece que ha venido a remover aguas.
Lucas se adelantó un paso.
—Lucas Miller —se presentó, extendiendo la mano—. Y tú debes de ser la razón por la que mi hermano ha dejado de actuar como un robot financiero.
Brenda parpadeó.
Mason cerró los ojos.
Genial.
El castillo siguió respirando.
Y, sin saberlo, acababa de entrar en una nueva fase:
la de las verdades que empiezan a asomar,
aunque nadie esté aún preparado para decirlas en voz alta.