Lucas encontró a Brenda en el invernadero improvisado junto al ala sur, rodeada de frascos, notas y pequeñas bandejas con flores que atraían polinizadores.
Ella levantó la vista al oír pasos.
—Si viene a decirme que su hermano no es tan malo como parece, puede ahorrárselo —dijo sin preámbulos.
Lucas sonrió.
—Vaya. Directa. Me caes bien.
Brenda suspiró.
—¿Qué quiere, señor Miller número dos?
—Lucas. Y solo quiero entender qué demonios le has hecho a mi hermano.
Ella se quedó quieta.
—¿Perdón?
—Mason odia los lugares con gente. Odia el ruido. Odia implicarse emocionalmente con nada que no cotice en bolsa —explicó, cruzándose de brazos—. Y desde que llegué, lo único que hace es mirar hacia donde estás tú.
Brenda apartó la vista, fingiendo ordenar unos papeles.
—Eso es su problema.
—No —corrigió Lucas con suavidad—. Eso es nuevo. Y las cosas nuevas lo asustan.
Ella lo miró con recelo.
—No tengo intención de asustar a nadie.
—Lo sé —dijo él—. Ese es el problema.
Hubo un silencio tenso.
—Mire —añadió Brenda—. Su hermano y yo no estamos en el mismo lado de esta historia. Él puede quedarse. Yo no.
Lucas la estudió con atención.
—Eso no suena a indiferencia.
—Suena a realismo.
Lucas asintió despacio.
—Solo te diré una cosa —dijo al marcharse—. Mason ha perdido más de lo que deja ver. Si te mira como lo hace… no es por capricho.
Brenda no respondió.
Pero sus manos temblaron un poco cuando volvió a tocar sus notas.
Esa noche, el castillo estaba inusualmente silencioso.
Loren había acostado a Stefi temprano. Mark revisaba unas herramientas en el cobertizo. Lucas hablaba por teléfono en la terraza.
Y Mason, incapaz de dormir, caminaba por los pasillos antiguos con el pulso inquieto.
La encontró en la torre oeste.
Brenda estaba sentada en el alféizar de una ventana abierta, con las piernas recogidas y el mar extendiéndose oscuro frente a ella. El viento movía suavemente su cabello.
No lo oyó llegar.
—No sabía que alguien más usaba esta torre —dijo Mason en voz baja.
Ella se tensó, pero no se fue.
—Hay muchas cosas que no sabe sobre este lugar.
Él se apoyó en la pared opuesta, dejando distancia entre ambos.
—Estoy aprendiendo.
Silencio.
El sonido de las olas llenaba el espacio entre ellos.
—Lucas habló contigo —dijo Mason al fin.
—Sí.
—Lo siento.
Brenda lo miró, sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque tiende a meterse donde no lo llaman… aunque a veces tenga razón.
Ella bajó la vista, jugando con el borde de su manga.
—No debería importarle tanto lo que piense de usted.
—No me importa —respondió él—. Me importa lo que pienses tú.
El aire cambió.
Brenda sintió ese calor traicionero en el pecho otra vez.
—No es buena idea —susurró.
—Probablemente no.
Se miraron.
Largo.
Sin bromas. Sin defensas.
Solo dos personas cansadas de fingir que no sentían nada.
Una ráfaga de viento más fuerte hizo que Brenda perdiera un poco el equilibrio en el alféizar. Mason reaccionó por instinto, acercándose para sujetarla por la cintura.
El contacto fue breve.
Pero suficiente.
El mundo no explotó.
No hubo beso.
No hubo promesas.
Solo respiraciones entrecortadas.
Manos que tardaron un segundo de más en soltarse.
Miradas que ya no podían fingir indiferencia.
—Buenas noches, Brenda —dijo él, con la voz más baja de lo normal.
—Buenas noches… Mason.
Él se fue primero.
Y por primera vez desde que llegó al castillo, Brenda no huyó.
Se quedó allí, con el corazón desordenado, sabiendo que algo acababa de romper la rutina que tanto se había esforzado en construir.
Y que, tal vez, ya no quería repararla.