Un par de semanas más tarde, el castillo se había asentado en una rutina cómoda, casi doméstica. Los pasillos ya no se sentían vacíos, los muebles viejos chirriaban como si hubieran aprendido a adaptarse a los pasos de quienes vivían allí, y los rayos de sol iluminaban rincones olvidados que ahora volvían a respirar.
Brenda estaba en el invernadero, rodeada de frascos, bandejas con flores y papeles llenos de anotaciones microscópicas. Cada gesto suyo era medido, preciso, como un ritual que combinaba paciencia y amor por lo que hacía. Entre tanto, Mason volvía a involucrarse en MillerTech, pero desde la tranquilidad del castillo, revisando informes, contratos y estrategias sin necesidad de regresar a la ciudad de Nueva York. Era un equilibrio perfecto: ambos seguían ocupados, pero el castillo seguía siendo el lugar donde sus vidas se cruzaban y se tensaban en silencio.
Ese día, mientras Brenda revisaba algunas muestras de polen bajo el microscopio, su teléfono vibró. Al principio pensó que era otra notificación rutinaria del laboratorio en Japón, pero al mirar la pantalla vio un mensaje que la dejó boquiabierta:
"¡Felicitaciones! Su investigación sobre el comportamiento de polinizadores y conservación de abejas ha sido seleccionada para recibir el Premio Internacional de Apicultura y Biología de Conservación. ¡Estamos orgullosos de su trabajo!"
Brenda levantó la vista, incapaz de contener la emoción. Sus dedos temblaban mientras leía y releía el mensaje.
—¡Loren! —exclamó, entrando a la cocina con una sonrisa que no cabía en su rostro—. ¡Loren, tienes que ver esto!
Loren, que estaba preparando té, la miró sorprendida.
—¿Qué sucede, querida? —preguntó, apartando la tetera con cuidado.
Brenda agitó el teléfono frente a ella.
—¡Me han dado un premio! —dijo, saltando casi de la emoción—. Mi trabajo con las abejas… ¡lo reconocieron internacionalmente!
Loren soltó un suspiro de satisfacción y se acercó para abrazarla.
—¡Eso es maravilloso, Brenda! —dijo, sonriendo ampliamente—. Sabía que tu dedicación no pasaría desapercibida. ¡Estoy tan orgullosa de ti!
—No puedo creerlo… —murmuró Brenda, todavía incrédula—. Todo este tiempo… todos los años de trabajo, los sacrificios, los viajes a Japón, las noches en vela… y ahora…
—Ahora todo ese esfuerzo vale la pena —la interrumpió Loren, colocándole una mano sobre el hombro—. Te lo mereces más que nadie.
Brenda dejó escapar una risa ligera, mezclada con lágrimas de felicidad.
—Gracias… de verdad, Loren. No podría haber llegado hasta aquí sin ti, sin Mark, sin Stefi… ni sin este castillo que me ha dado paz para concentrarme.
—No hace falta intentar nada —respondió Loren, guiñándole un ojo—. El tiempo y tu talento harán que todo encaje, ya verás.
Brenda se quedó un momento en silencio, mirando su teléfono, y luego levantó la vista hacia la ventana. Afuera, el castillo parecía sonreír con la luz del atardecer. Y por primera vez en semanas, se permitió sentirse completamente feliz: orgullosa de su trabajo, rodeada de quienes la apoyaban y con la sensación de que, lentamente, su vida podría encontrar un equilibrio…