Noviembre llegó con su aire fresco y la promesa de cambios. El castillo, cubierto por las primeras hojas doradas y el aroma a leña encendida, se sentía más vivo que nunca. Sin embargo, la rutina tranquila de Brenda estaba a punto de romperse.
El laboratorio había organizado un viaje especial a Nueva York: la ceremonia de entrega del Premio Internacional de Apicultura y Biología de Conservación, un evento que reuniría a científicos de todo el mundo. Brenda, aún sorprendida y emocionada, empacó sus notas y algunos recuerdos de sus años de investigación, junto al director general del laboratorio que la acompañaría como representante oficial.
—¿Lista para Nueva York? —preguntó Loren, ajustándole el abrigo mientras la acompañaba a la puerta del coche que los llevaría al aeropuerto.
—Más que lista —respondió Brenda, tratando de calmar los nervios que le provocaba la idea de estar frente a tanta gente importante—. Aunque… no puedo dejar de pensar en el castillo. En Mason…
Loren sonrió con complicidad.
—Tranquila. A veces hay que dejar que las cosas fluyan un poco para ver hacia dónde van.
Brenda asintió, guardando silencio mientras el coche avanzaba entre los árboles cubiertos de hojas doradas.
Lo que no sabía era que, ese mismo fin de semana, Mason también estaría en Nueva York.
Lucas lo había llamado días antes, insistiendo:
—Hermano, tienes que asistir a los Premios de Investigación de MillerTech. Será en un hotel prestigioso, justo en Manhattan. Una oportunidad perfecta para relacionarte y… bueno, también para no perder contacto con el mundo real.
Mason había intentado negarse, alegando que la ciudad le recordaba demasiado a su estrés y al amago de infarto. Pero Lucas no había cedido. Así que, entre reuniones y presentaciones, Mason viajaría esa misma semana, sin imaginar que el destino parecía conspirar para ponerlos frente a frente.
El viernes por la tarde, mientras Brenda revisaba sus notas en la sala de conferencias del hotel junto al director del laboratorio, escuchó el murmullo de los preparativos en los pasillos. La ciudad vibraba fuera de sus ventanas, y ella sentía la mezcla perfecta de emoción y ansiedad.
Y entonces lo vio.
Mason, impecable con traje oscuro y su habitual aire concentrado, caminaba por el hall del hotel con Lucas a su lado. Sus ojos azules encontraron los de ella por un instante, y algo en el estómago de Brenda se tensó de inmediato.
Se sintió atrapada entre la emoción de su premio y la presencia inesperada de Mason. No era solo la cercanía; era el recuerdo de aquel casi-beso en el castillo, la tensión contenida, y la sensación de que su corazón, a pesar de todo, no había aprendido a ignorarlo.
—Esto va a ser… interesante —susurró para sí misma, tratando de recomponerse mientras ajustaba discretamente su chaqueta.
Mason, por su parte, intentó concentrarse en Lucas, en los premios, en cualquier cosa que no fueran los ojos miel de Brenda que lo observaban desde la distancia. Pero la coincidencia lo obligaba a admitirlo, aunque no quisiera: no podía dejar de pensar en ella.
Y así, en medio del lujo de Manhattan, entre luces brillantes y cámaras, comenzaba otro capítulo de su historia: uno donde los encuentros inesperados podrían arruinar o transformar para siempre la rutina cuidadosamente construida en el castillo.