Brenda y Mason permanecían allí, solos… al menos casi. Lucas se había alejado unos pasos, fingiendo atender una llamada, pero su sonrisa traviesa aún flotaba en el aire, un recordatorio de que estaba presente como “testigo” de la escena.
—Nunca pensé que vería Nueva York desde un hotel así —murmuró Brenda, tratando de romper el silencio y de calmar su propio corazón acelerado.
—Y yo nunca pensé que te vería así… aquí, brillante y… ganadora —dijo Mason, con la voz grave y cargada de intención—. Es… imposible no mirarte.
Brenda sintió que el aire le faltaba un instante. Cada palabra de Mason parecía penetrar en su pecho, calentando cada nervio. Él se acercó un paso más, y ella no retrocedió.
—Mason… —susurró, con un hilo de voz—. Esto… esto es imposible.
—No lo es —replicó él, con un leve temblor en la mandíbula que delataba lo que sentía—. No quiero fingir más que no me importas.
Los ojos de Brenda se encontraron con los de Mason. Azul contra miel, intensidad contra nerviosismo, deseo contenido contra emoción contenida. La distancia entre ellos se redujo hasta ser mínima, casi imposible de ignorar.
—Brenda —murmuró Mason, inclinándose suavemente—. Solo necesito un segundo…
Ella cerró los ojos por un instante, tragando saliva, y luego los abrió, buscando su mirada.
Y entonces sus labios se encontraron.
Fue un choque eléctrico, inesperado y perfecto. Un beso que contenía toda la tensión acumulada en semanas, meses, incluso años de miradas furtivas y silencios compartidos en el castillo. Mason sostuvo su rostro con ambas manos, y Brenda se aferró a su chaqueta, incapaz de separarse aunque quisiera.
Por un instante, el mundo dejó de existir. Solo existían ellos, el calor de sus cuerpos, el sabor de la respiración compartida y la certeza de que nada volvería a ser igual.
—Mason… —susurró Brenda entre el beso, casi temblando—.
—Brenda —respondió él, con voz profunda y cargada de emoción—. No puedo… no quiero parar—
Un sonido ahogado los hizo separarse un poco. Ambos parpadearon y vieron a Lucas, apoyado contra la baranda a unos pasos, con la típica sonrisa traviesa que solo él podía poner en una situación así.
—Vaya, vaya —dijo Lucas, con un guiño descarado—. Parece que por fin alguien se atreve.
Mason frunció el ceño, entre frustrado y divertido, mientras Brenda se apartaba un poco, sonrojada pero feliz.
—Lucas… —murmuró Mason, con un tono que mezclaba advertencia y resignación—. No intervengas.
—Oh, no voy a intervenir —dijo Lucas, encogiéndose de hombros—. Solo estaba asegurándome de que ambos recordaran este momento.
Brenda dejó escapar una risa baja, aún con el corazón acelerado, mientras Mason la miraba con intensidad, casi desafiante, como diciendo: esto no termina aquí.
Y por primera vez, entre luces de la ciudad y la brisa de Manhattan, ambos supieron que lo que habían sentido en el castillo no era solo tensión contenida… era real, profundo y, por fin, correspondido.