Después de que Lucas desapareciera finalmente entre los pasillos del hotel, Mason tomó la mano de Brenda con un leve apretón que decía más que cualquier palabra.
—Vamos… —susurró, con un tono que mezclaba urgencia y suavidad—. Necesito que estemos a solas, aunque sea por unos minutos.
Brenda asintió, todavía con el corazón latiendo a un ritmo imposible, y lo siguió por un pequeño pasillo hasta una suite vacía que Mason había reservado previamente para evitar el bullicio de la ceremonia. Al cerrar la puerta detrás de ellos, un silencio distinto los envolvió: uno cálido, seguro y privado.
—Finalmente solos —dijo Mason, apoyándose contra la pared y dejando que su mirada recorriera el rostro de Brenda—. Te estaba buscando desde que te vi… desde que supe que estabas aquí.
Brenda se acercó, apenas un paso, y respiró hondo.
—Mason… —susurró—. Esto es… demasiado rápido.
—Tal vez —dijo él, con un hilo de sonrisa—. Pero no quiero esperar más. No puedo esperar más.
El impulso los acercó hasta casi tocarse. Mason levantó una mano y dejó que sus dedos rozaran la mejilla de Brenda con suavidad, como si temiera romper algo delicado. Ella cerró los ojos por un instante, disfrutando de la cercanía y de la sensación de que él realmente estaba allí, con ella, completamente presente.
—Sabes que esto… —empezó ella, con la voz apenas audible—. Que esto puede complicarlo todo.
—Lo sé —dijo Mason, con sinceridad—. Pero también sé que no quiero fingir más, Brenda. No contigo.
Sus labios se encontraron de nuevo, esta vez sin interrupciones. El beso fue más lento, más profundo, lleno de promesas silenciosas y de emociones contenidas durante demasiado tiempo. Mason la abrazó suavemente, y Brenda apoyó la cabeza contra su pecho, sintiendo la calidez que la envolvía.
—No puedo creer que estés aquí —murmuró ella entre besos—. No puedo creer que esto esté pasando.
—Ni yo —susurró Mason, dejando que su frente descansara contra la de ella—. Pero lo que siento… es real. Y no voy a esconderlo.
Se separaron apenas, respirando juntos, con los ojos brillando y el corazón acelerado. Mason tomó sus manos entre las suyas y las apretó suavemente.
—Quiero que esto sea el principio, Brenda. No importa dónde estemos, no importa lo que digan o lo que pase… —dijo, con una intensidad que le recorrió cada fibra del cuerpo—. Quiero que estemos juntos.
Brenda lo miró, con lágrimas de emoción asomando, y por primera vez desde que llegó al castillo, permitió que su corazón hablara sin restricciones:
—Yo también quiero eso… contigo.
Y mientras la noche se extendía sobre Manhattan, en aquella suite silenciosa y cálida, Mason y Brenda descubrieron que los besos y susurros compartidos podían romper cualquier barrera. Por primera vez, estaban solos, juntos y sin miedo a lo que sentían.
La ciudad seguía brillando afuera, pero dentro de aquella habitación, solo existían ellos y la promesa de un amor que, al fin, comenzaba a vivir su verdad.