El viaje de regreso al castillo fue silencioso, pero no incómodo. Mason conducía con cuidado, su mirada concentrada en la carretera, mientras Brenda se recostaba contra el asiento, aún con el corazón latiendo tras el primer beso y la emoción de la gala.
—¿Todo bien? —preguntó Mason, rompiendo el silencio sin mirarla.
—Sí —respondió Brenda, esbozando una sonrisa tímida—. Solo… sigo procesando todo lo de Nueva York. Y… lo nuestro.
Mason tragó saliva y asintió, con los dedos apretando suavemente el volante.
—Yo también. No quiero que cambie nada entre nosotros. Pero… creo que es momento de ser completamente honesto contigo.
Brenda lo miró, atenta, su curiosidad mezclada con una chispa de nerviosismo.
—¿Honesto? —repitió, sin apartar la vista de él.
—Sí —dijo Mason, con voz grave—. Hay algo que todavía no te he dicho. Algo importante.
El castillo apareció a lo lejos, iluminado por las primeras luces de la tarde, y con él, la sensación de hogar que ambos compartían. Pero Brenda sintió un escalofrío; sabía que lo que Mason estaba a punto de decirle cambiaría su relación.
Al llegar, fueron recibidos por Loren, que abrió la puerta con su sonrisa cálida:
—¡Bienvenidos! —exclamó—. Espero que la gala haya sido todo un éxito.
—Fue… increíble —dijo Brenda, mientras Mason asintía en silencio.
Mark y Stefi aparecieron poco después. La pequeña corría hacia Brenda, abrazándola con fuerza, y Mason la observó con una mezcla de ternura y cierta incomodidad: ver a Brenda tan conectada con Mark y Stefi despertaba en él una chispa de celos que no sabía cómo controlar.
—Vaya, parece que alguien se divirtió en Nueva York —dijo Mark, guiñándole un ojo a Mason—.
—Sí, supongo —respondió Mason, tratando de sonar relajado mientras se obligaba a no mirar demasiado a Brenda.
Después de acomodarse, Mason pidió que Brenda lo acompañara al estudio del castillo. Cerraron la puerta detrás de ellos, y el silencio volvió, esta vez cargado de expectación.
—Brenda… —comenzó Mason, con las manos apoyadas sobre el escritorio—. Quiero que sepas algo que no te he dicho antes, no porque quisiera ocultarlo… sino porque no sabía cómo.
—¿Qué pasa? —preguntó Brenda, acercándose un paso.
Mason respiró hondo y la miró a los ojos.
—Hace unos meses… tuve un amago de infarto. —Las palabras cayeron con peso—. Fue lo que me hizo comprar el castillo, alejarme de Nueva York… y replantearme todo. Mi vida, mi trabajo… incluso mis sentimientos.
Brenda se quedó sin aliento, sorprendida y con un nudo en la garganta.
—¿Un amago de infarto? —murmuró—. Mason… ¿por qué no me lo dijiste?
—No quería que me vieras como alguien débil —dijo él, con voz áspera y sincera—. Pero creo que tú mereces saberlo. Mereces saber todo. Y… también que me importas más de lo que he sabido admitir.
Brenda dio un paso hacia él y colocó su mano sobre su mejilla, con ternura y decisión.
—Mason… —susurró—. Gracias por confiar en mí. Y… yo también me importas más de lo que esperaba.
Mason cerró los ojos un instante, dejando que la calidez de su proximidad y la mano de Brenda lo anclaran. Luego, con suavidad, la abrazó, y Brenda correspondió sin dudar, sintiendo que, a pesar del miedo y la incertidumbre, finalmente podían enfrentar cualquier cosa juntos.
En ese instante, el castillo dejó de ser solo paredes antiguas y torres solitarias. Se convirtió en un refugio, un hogar donde secretos podían compartirse, emociones podían expresarse y donde el amor, finalmente, podía existir sin barreras.
—Vamos a superarlo juntos —susurró Mason, apoyando su frente contra la de Brenda.
—Sí —murmuró ella, con un hilo de sonrisa—. Juntos.
Y mientras la noche caía sobre Asbury Park, Mason y Brenda supieron que, pase lo que pase, nada volvería a separarlos.