“latidos tras la tormenta”: Los Hermanos Miller #2

Capítulo 16 Rutina, risas y corazones al borde

Las semanas siguientes al regreso de Nueva York trajeron consigo la calma después de la tormenta, aunque una calma cargada de electricidad silenciosa. El castillo, con sus pasillos y torres que parecían respirar al ritmo de sus habitantes, volvió a la rutina cotidiana, pero nada era igual.

Brenda continuaba con sus investigaciones sobre las abejas, ahora con un premio internacional en la vitrina de su oficina que le recordaba cada día que su esfuerzo había valido la pena. Mason, por su parte, se involucraba más en MillerTech desde el castillo, revisando informes y tomando decisiones estratégicas, pero también se aseguraba de pasar tiempo cerca de ella, aunque fuese observando a distancia.

—Brenda, ¿podrías venir un momento? —llamó Mason una mañana, desde la biblioteca, con la voz tranquila pero cargada de expectación.

Brenda se acercó, sujetando un frasco con muestras de polen, y levantó la vista de inmediato al ver cómo él la miraba. Su corazón dio un vuelco.

—Sí, Mason —respondió, tratando de sonar natural, aunque sabía que la tensión entre ellos se podía cortar con un cuchillo—. ¿Qué pasa?

—Solo… quería verte —dijo él, con una sonrisa leve que no necesitaba palabras para transmitir todo lo que sentía—. Y… asegurarme de que todo esté bien después de Nueva York.

Brenda se sonrojó, bajando ligeramente la mirada.

—Todo… está bien —murmuró, aunque un brillo travieso apareció en sus ojos—. Pero tú pareces… preocupado por algo.

—Tal vez —admitió Mason, acercándose un paso más—. O tal vez solo intento justificar que me importas demasiado.

El ambiente se cargó de esa electricidad conocida, y Brenda sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y Mark apareció con Stefi, interrumpiendo la intimidad del momento.

—Buenos días —dijo Mark, con una sonrisa—. ¿Ya han desayunado? Stefi y yo estábamos pensando en tomar algo en la cocina.

Mason y Brenda se separaron apenas, pero Mason no podía evitar lanzar una mirada fugaz de celos hacia Mark, viendo cómo Brenda se inclinaba hacia la pequeña para recogerle la cucharita que se le había caído.

—Claro, vamos —dijo Brenda, sonriendo con dulzura a Stefi, mientras Mason los seguía con los ojos, cruzando los brazos para disimular la envidia que le provocaba esa escena cotidiana.

—Qué raro verte tan callado —susurró Brenda cuando estuvieron a solas en la cocina, sirviendo café—. ¿Acaso eres celoso de Mark?

Mason tragó saliva, y una sonrisa casi burlona se dibujó en su rostro.

—Quizá un poquito —admitió, con voz grave—. Pero no te preocupes… solo vigilo quién roba tu atención.

Brenda rió, divertida y un poco tímida, y por primera vez se permitió tocar su brazo mientras pasaba junto a él. Mason apenas reaccionó, pero su mirada lo decía todo: cada roce, cada gesto cotidiano, era una nueva chispa que acercaba sus corazones.

Los días pasaron entre risas, trabajo, desayunos con Loren, Mark y Stefi, y momentos robados a solas. Mason aprendió a disfrutar de las pequeñas cosas: el aroma del té de Loren, la manera en que Brenda hablaba con pasión sobre sus abejas, y la ternura con la que cuidaba a Stefi. Y Brenda comenzó a notar que, detrás de la rigidez de Mason, había un hombre dispuesto a abrirse y a compartir su mundo con ella.

Pero siempre estaba Lucas, acechando como un testigo travieso, recordándoles que sus sentimientos no podían quedarse escondidos para siempre. Cada vez que Mason y Brenda compartían un momento íntimo, Lucas parecía aparecer en el lugar menos esperado, provocando risas, celos o susurros incómodos que solo hacían más evidente lo que todos sabían: el castillo ya no era solo un hogar, era un lugar donde el amor empezaba a florecer sin control.




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