“latidos tras la tormenta”: Los Hermanos Miller #2

Capítulo 18 Distancia y susurros

El avión de Brenda despegó hacia Tokio mientras Mason observaba desde la ventanilla del castillo cómo las luces de Asbury Park se hacían pequeñas. La rutina del día a día se había roto, y con ella, la seguridad de tenerla cerca.

En el avión, Brenda miraba por la ventana, el corazón aún acelerado por la gala y el primer beso que compartieron. Tomó su teléfono y vio el mensaje de Mason:

"Cuida tu vuelo… y no dejes que nadie robe tu atención, ni siquiera los problemas del laboratorio. Te extraño."

Brenda sonrió, sintiendo un calor en el pecho. Su respuesta fue casi inmediata:

"Prometido. Y tú también cuídate. No quiero recibir informes sobre infartos desde Nueva York."

Mientras tanto, Mason regresaba a Nueva York por la urgencia de MillerTech. Cada decisión, cada reunión, parecía más pesada sin Brenda cerca. Su mente no podía concentrarse del todo; cada notificación de su teléfono lo hacía saltar, esperando un mensaje suyo.

Los días pasaron entre correos electrónicos, videollamadas y mensajes que rozaban lo personal, lo romántico y lo juguetón. Cada conversación era un recordatorio de que sus sentimientos no podían ignorarse:

—No sabes cuánto desearía que estuvieras aquí —dijo Mason en un video call, mientras Brenda sostenía la pantalla con una mano y bebía té con la otra—. Todo se siente… vacío sin ti.

—Yo también —respondió Brenda, mordiéndose el labio—. Pero sabes que esto es importante. Y prometiste que nada nos separaría.

—Lo prometí —repitió Mason, acercando la cámara para que sus ojos azules la miraran fijamente—. Solo que… es más difícil de lo que imaginaba.

En Asbury Park, Loren, Mark y Stefi notaban la ausencia de Brenda, y Mason se encontraba atrapado entre responsabilidades y la sensación de pérdida. Cada vez que veía a Stefi, sentía un ligero pinchazo de celos: la niña lo llamaba “tía Brenda” y Mason comprendía que su relación con Brenda no podía pausarse por un viaje.

—Tío Mason, ¿cuándo vuelve Brenda? —preguntó Stefi un día, mientras Mason la levantaba en brazos.

—Pronto, pequeña —respondió, con un hilo de sonrisa, aunque por dentro sentía cómo la distancia lo desgarraba.

Mientras tanto, en Tokio, Brenda lidiaba con la presión del laboratorio, las conferencias y las reuniones con directores. Pero cada mensaje y llamada de Mason le recordaba que el corazón no se podía ocupar solo de obligaciones:

—Mason… —susurró por videollamada después de un largo día—. Te extraño más de lo que imaginaba.

—Yo también —dijo él, con voz grave y baja—. Cada vez que cierro los ojos, estás aquí. Y no hay nadie más que pueda ocupar tu lugar.

El tiempo a distancia probaba su paciencia y su fuerza, pero también fortalecía la conexión que habían comenzado en el castillo. Cada mensaje, cada llamada, cada “te extraño” era un ladrillo más en la muralla que protegía su incipiente amor.

Y aunque la separación era dura, ambos sabían que el regreso al castillo sería un momento definitivo, donde cada susurro, cada roce y cada mirada no dejarían dudas sobre lo que sentían.




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