El castillo parecía más silencioso de lo habitual cuando Brenda llegó. Cada paso por los pasillos resonaba en sus oídos como un tambor insistente, recordándole cada noche en Tokio, cada mensaje sin respuesta y, sobre todo, la foto que había visto en la prensa del corazón.
Mason estaba en el salón principal, revisando informes en su portátil. Levantó la vista al escuchar el portazo que hizo Brenda al entrar, y supo de inmediato que algo estaba mal.
—Brenda… —empezó, intentando acercarse, pero ella lo detuvo con un gesto brusco.
—¡¿Qué demonios estás haciendo, Mason?! —gritó ella, los ojos brillando de ira y lágrimas—. ¿Me puedes explicar cómo es que sales en todos los periódicos cenando con Deborah como si… como si yo no existiera?
Mason tragó saliva, sorprendido por la intensidad de su reacción. Dio un paso hacia ella, con las manos abiertas en señal de calma.
—Brenda, por favor, espera… puedo explicarlo. No es lo que parece.
—¡No! —interrumpió ella, su voz quebrándose—. No quiero explicaciones. Cada sonrisa tuya en esa foto, cada gesto… me destrozó. Me sentí como si todo lo nuestro no significara nada.
Mason se acercó un poco más, intentando tocar su brazo, pero Brenda retrocedió, temblando.
—¡No me toques! —exclamó, con lágrimas cayendo por sus mejillas—. Te creí, Mason… y ahora esto. ¿Cómo puedo confiar en ti después de esto?
—¡Brenda, escúchame! —gritó Mason, con un dolor profundo en su voz—. Deborah y yo solo celebrábamos un triunfo profesional, un contrato de MillerTech. No hubo nada más. Te lo juro.
Brenda se llevó las manos a la cara, sollozando.
—¿Y cómo se supone que crea eso después de ver la foto? —susurró, su voz temblando—. ¿Me harías esto?
Mason dio un paso más, con el corazón latiendo desbocado, y bajó la voz, cargada de sinceridad y urgencia:
—¡Nunca te haría daño a propósito, Brenda! —dijo, acercándose aún más—. Te amo. No quiero que pienses otra cosa. Cada día sin ti me recordaba lo que realmente importa.
Brenda lo miró, buscando en sus ojos la verdad, y vio el miedo, la pasión y la vulnerabilidad que él había intentado esconder. Por un instante, todo el castillo pareció contener el aliento.
Brenda apartó la mirada, sus manos aún temblorosas, y dio un paso atrás.
—No puedo… —susurró, con la voz rota—. Necesito tiempo. —Y antes de que Mason pudiera decir una palabra más, giró sobre sus talones y se dirigió hacia las escaleras.
Mason la observó alejarse, inmóvil, con el corazón latiendo tan fuerte que le dolía el pecho. Cada paso de Brenda resonaba en sus oídos como un martillo; cada puerta que se cerraba detrás de ella era un golpe a su orgullo y a su esperanza.
Se quedó solo en el salón, con la pantalla del portátil parpadeando frente a él, pero sin poder concentrarse en nada. La foto, la prensa, la reacción de Brenda… todo se mezclaba en un torbellino de culpa, miedo y frustración.
—Maldita sea… —murmuró, apretando los puños sobre la mesa—. Solo intentaba celebrarlo… y la arruiné.
El silencio del castillo se volvió casi opresivo. Loren, que estaba en la cocina preparando té, levantó la vista y notó la expresión en el rostro de Mason. Se acercó con cautela:
—Mason… Brenda está herida —dijo suavemente—. No la obligues a hablar ahora. Necesita su espacio.
—Lo sé, Loren —respondió Mason, la voz áspera—. Pero duele verla así. Duele no poder arreglarlo de inmediato.
—Eso no significa que todo esté perdido —le recordó Loren—. Solo significa que tendrás que ser paciente. Y demostrarle que lo que sentís es más fuerte que cualquier malentendido.
Mason asintió lentamente, aunque la sensación de impotencia no lo abandonaba. Se dejó caer en el sillón, mirando la chimenea apagada, mientras su mente repasaba cada momento con Brenda, cada gesto, cada sonrisa, cada beso… y cómo ahora todo parecía suspendido, congelado por la distancia emocional que la prensa había creado.
En la habitación de Brenda, ella se sentó en la cama, abrazando las piernas al pecho, con lágrimas que caían sin control. El castillo, tan lleno de recuerdos felices, parecía ahora enorme, silencioso y frío. No quería mirar los mensajes de Mason, no quería escuchar sus disculpas, pero su corazón se negaba a ignorarlo del todo.
La tensión se había instalado como un huésped invisible en cada pasillo, en cada habitación, en cada sombra del castillo. Loren y Mark lo notaban: cada encuentro casual con Mason era cargado de incomodidad; cada conversación con Brenda parecía tocar un hilo sensible. Incluso Stefi, sin entender del todo, preguntaba con preocupación:
—¿Por qué están tristes los dos?
—Porque a veces los adultos tienen problemas de corazón —respondió Loren, suspirando mientras acariciaba la cabeza de la pequeña—. Pero ya veremos cómo lo solucionan.
Y así, mientras la noche caía sobre Asbury Park, Mason se quedó en el salón, destrozado, y Brenda en su habitación, herida y confusa. Dos corazones latiendo al mismo ritmo, separados por paredes, silencio y orgullo, pero inevitablemente conectados por algo más fuerte que cualquier malentendido: el amor que aún no habían dejado morir.