“latidos tras la tormenta”: Los Hermanos Miller #2

Capítulo 23 La noche de la entrega

El castillo estaba envuelto en la quietud de la noche. La lluvia golpeaba suavemente los ventanales, y la luz de la chimenea dibujaba sombras danzantes sobre las paredes antiguas. Mason y Brenda se encontraban en el salón principal, solos por primera vez desde el beso que había sellado semanas de tensión y malentendidos.

Sus miradas se encontraron y, sin palabras, supieron que la distancia, el orgullo y los celos habían quedado atrás, al menos por esa noche. Mason dio un paso hacia ella, y Brenda lo recibió, sus brazos envolviendo su cuello mientras sus labios se encontraron de nuevo en un beso profundo, urgente, cargado de la pasión contenida de semanas enteras.

Cada roce, cada caricia, era un lenguaje propio. Mason la sostuvo con firmeza y cuidado, recorriendo con las manos la espalda de Brenda mientras ella se aferraba a él, sintiendo cómo el calor de su cuerpo la hacía estremecerse. La respiración se mezclaba, acelerada, mientras el tiempo parecía haberse detenido dentro de aquel castillo iluminado por la chimenea.

Brenda separó apenas su rostro del de Mason, susurrando:

—Te he esperado… —y su voz temblaba, llena de emoción y deseo—. Más de lo que imaginé.

—Y yo a ti —respondió Mason, con la voz grave y llena de necesidad—. Cada segundo lejos de ti me hizo darme cuenta de lo que realmente quiero.

Sus manos se entrelazaron, recorriendo lentamente los brazos del otro, acercándose con cada gesto, cada caricia, cada suspiro compartido. El mundo exterior desapareció: no había malentendidos, ni prensa, ni distancias, solo ellos, la intimidad del castillo y un deseo que ya no podía ser contenido.

Se sentaron juntos en el suelo frente a la chimenea, abrazados, compartiendo susurros y risas suaves mientras sus labios seguían encontrándose en besos largos, suaves, y luego más urgentes, que hablaban de todo lo que había quedado reprimido. Cada toque, cada roce, era un descubrimiento, una promesa silenciosa de que finalmente podían ser ellos mismos, sin barreras.

Brenda apoyó la cabeza en el pecho de Mason, sintiendo el latido de su corazón contra el suyo, y él la rodeó con fuerza, enterrando el rostro en su cabello mientras murmuraba:

—Nunca más dejaré que nada nos separe así.

Y en esa noche de pasión y entrega emocional, la tensión acumulada se transformó en cercanía absoluta, en susurros, abrazos y caricias que sellaban una conexión que iba mucho más allá de la atracción física: era deseo, amor y confianza en su punto más intenso y vulnerable.

El castillo, testigo silencioso, parecía respirar con ellos, mientras la lluvia seguía golpeando los ventanales y la chimenea iluminaba sus cuerpos entrelazados. Por primera vez en semanas, Mason y Brenda se sintieron completos, unidos y seguros de que nada ni nadie podría romper lo que esa noche había comenzado.




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