El castillo de Asbury Park respiraba vida. Las torres parecían más brillantes bajo el sol de primavera, los pasillos resonaban con risas y pasos ligeros, y el aroma de flores recién plantadas llenaba los jardines. Mason y Brenda habían regresado hace unas semanas de Nueva York, de la boda de Lucas y Amanda, y la rutina del castillo nunca había sido tan dulce.
Cada mañana, Brenda se adentraba en el invernadero con la pasión que la caracterizaba, cuidando sus colmenas y mezclando ciencia con amor. Mason la acompañaba a veces, con un café en la mano y la sonrisa que siempre lograba hacerla reír, aunque él fingiera ser serio frente a los papeles de MillerTech que llevaba bajo el brazo.
—¿Sabes? —dijo Mason una mañana mientras la observaba mover delicadamente una colmena—. Te admiro cada día más. Y no solo por las abejas. Por todo lo que eres.
Brenda sonrió, dejando que el calor de sus palabras se filtrara bajo su piel. Se inclinó y apoyó la cabeza sobre su hombro, sintiendo que cada preocupación del pasado se desvanecía en la tranquilidad de su presencia.
El castillo estaba lleno de vida: Stefi corría por los jardines con Loren, Mark trabajaba en la caballeriza con una sonrisa cómplice hacia ellos, y Lucas y Amanda aparecían de vez en cuando, trayendo alegría y travesuras que los hacían reír a todos. La familia que habían formado alrededor del castillo era su refugio, y la complicidad con Mason era su mundo.
Por la noche, cuando la luna se reflejaba en las ventanas del salón, Mason y Brenda se sentaban juntos frente a la chimenea, entre susurros, caricias suaves y miradas que lo decían todo. No necesitaban palabras; la cercanía, la risa compartida y el simple hecho de estar uno junto al otro eran suficientes.
—¿Sabes? —susurró Brenda, apoyando la mano sobre la de Mason—. Me gusta pensar que todo lo que vivimos nos trajo hasta aquí. Cada malentendido, cada momento de espera… cada beso.
—Yo también —respondió Mason, entrelazando sus dedos con los suyos—. Y ahora podemos escribir nuestra propia historia, sin prisas, sin miedo.
El viento soplaba suavemente afuera, haciendo crujir los viejos árboles del jardín. Y mientras la luna iluminaba la estancia, Mason y Brenda compartieron un último abrazo, sintiendo que el amor que los había sostenido a través de celos, malentendidos y distancia, ahora florecía libre, firme y prometedor.
El futuro estaba abierto, lleno de posibilidades, y ellos estaban listos para recorrerlo juntos.
Y así, en el castillo de Asbury Park, con el corazón lleno de esperanza y pasión, su historia apenas comenzaba.