Latitud Silencio

La Variable Latente

Para el mundo exterior, ella era Fiamma. Una silueta elegante que cortaba el aire en las pasarelas de Milán, una mirada color avellana que parecía atravesar el cristal de las lentes y una sonrisa con una pequeña diastema que la volvía peligrosamente humana en un universo de plástico. El mundo la consumía en fragmentos de sesenta segundos, sin sospechar que Fiamma era solo el nombre de un incendio controlado.
Pero cuando el ruido de los flashes se apagaba y el sol aún no lograba escalar las montañas de Lugano, ella volvía a ser Malvina.
Malvina no habitaba los moldes de su entorno. Mientras otros buscaban la euforia en el caos o el olvido en el estrépito social, ella se refugiaba en la arquitectura de las palabras. Consideraba el lenguaje como un templo; creía que el intelecto no se gritaba, sino que se demostraba en la precisión de un silencio bien colocado. Su belleza no era un reclamo, era un susurro constante; una paz hipnótica que, a menudo, se convertía en su mayor problema: la gente solía perderse en sus ojos miel buscando respuestas que ella no estaba dispuesta a entregar.
Creció siendo el ancla de cuatro hermanos, aprendiendo a pulso que el control era su única trinchera contra la ansiedad que, a veces, le cerraba la garganta como un nudo marinero. Por eso escribía. Sus cuadernos eran un mapa de su propia supervivencia: poemas que nunca leería nadie, bocetos de aviones que desafiaban la gravedad y la estructura legal de su marca. Si el papel estaba en orden, el mundo dejaba de temblar.
Para Malvina, el amor no era una meta ni un deseo; era una variable peligrosa, un error de cálculo que amenazaba con arruinar la ecuación perfecta de su soledad. Sin embargo, en el asfalto de las pistas y bajo las luces de las capitales, alguien estaba a punto de descubrir que no se puede calcular el viento, ni se puede ignorar el fuego cuando se disfraza de silencio.
Ella creía que nadie podía verla. Pero no contaba con que, a veces, los ojos más atentos son aquellos acostumbrados a detectar la belleza a trescientos kilómetros por hora.




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