Latitud Silencio

La Estrategia y el Refugio.

Milán. Quince días antes de la sesión.
La oficina en Milán se sentía menos fría gracias a la presencia de Irina. Ella no solo era su manager; era quien le recordaba que comiera cuando estaba demasiado absorta en el Derecho, y quien sabía reconocer un ataque de ansiedad antes de que Malvina siquiera sintiera el nudo en la garganta.
—Escuchame, nena —dijo Irina, cebando un mate (un pequeño lujo que solo se permitían en la oficina)—. Ya cerré lo de Tommy Hilfiger. Es la campaña Global Heritage. Quieren el toque chic de tu marca personal. Serán dos parejas. Vos vas a ser la cara principal femenina.
Malvina asintió, agradeciendo el gesto del mate. En Italia, Irina era su pedacito de Argentina.
—¿Quiénes más están, Iri? —preguntó Malvina, acariciando el borde de su libreta.
—Vienen AJ Abualrub y Arantza, así que vas a estar con amigos. Del cuarto modelo solo me dijeron que es un deportista de alto nivel, muy educado y profesional. Parece que los de Tommy quieren alguien que no dé problemas de prensa.
Malvina no insistió. Si Irina decía que era alguien educado, ella confiaba. Si era un profesional, ella podía manejarlo.
Malvina anotó los nombres en su libreta. Arantza era su amiga, lo cual le daba un alivio inmenso. Trabajar con gente de confianza reducía su ansiedad social.
El día de la sesión de fotos.
El set estaba decorado con banderas náuticas y colores rojo, blanco y azul. Malvina ya estaba lista. Su piel oliva resaltaba bajo un conjunto de punto de Tommy, y su 1.60m de altura se compensaba con una postura impecable. Estaba en un rincón hablando con AJ y Arantza, sintiéndose protegida por el entorno conocido.
—Oye, nena… —le susurró Arantza, acercándose con una sonrisa pícara—, me acaban de decir quién es el cuarto. Vaya, vaya… ¿quién es ese que viene ahí? No lo ubico bien de cara, pero tiene una energía de “niño bueno” muy interesante.
​Malvina suspiró internamente. Sabía que Arantza siempre intentaba buscarle pareja, algo que ella consideraba una pérdida de tiempo absoluta. Se giró con un gesto elegante, preparada para decir algo sarcástico sobre no distraerse del trabajo, pero las palabras murieron en su garganta.
​Caminando hacia ellos, vestido con ropa deportiva que le sentaba impecable, estaba Mick Schumacher.
​Su mente de psicóloga registró el impacto; su mente de fan de la F1 registró el nombre. Schumacher. El mismo chico del restaurante de hace un mes. El shock fue una descarga eléctrica, pero Malvina era una experta en disociar sus emociones. En un segundo, su rostro volvió a ser una máscara de serenidad profesional.
El director de la campaña los llamó.
—Fiamma, te presento a Mick Schumacher. Mick, ella es nuestra Fiamma Russo.
Mick se quedó paralizado un segundo. Sus ojos azules se abrieron un poco más y brillaron al reconocerla. La chica del nombre extraño, la de la libreta, la que no había podido encontrar en ninguna parte.
—Mucho gusto, Schumacher —dijo ella en inglés, con una voz gélida. No sonrió. Solo extendió su mano, manteniendo una distancia que parecía un muro de cristal—. Espero que seas tan preciso en el set como lo eres en la pista. Tenemos mucho trabajo por delante.
​Mick estrechó su mano pequeña, sorprendido por la firmeza y la frialdad de su saludo.
—Mucho gusto, Fiamma —respondió él, con una sonrisa amable que no llegó a derretir el hielo de ella—. Haré mi mejor esfuerzo por mantener el ritmo.
​—Bien, ¡a cambiarse todos! —gritó el fotógrafo—. ¡Quiero química en la primera toma!
Después de un par de horas de elección de vestuario y poses grupales, el fotógrafo pidió un descanso. Ella se alejó de inmediato hacia un banco apartado, abriendo su libreta con manos ligeramente temblorosas. Necesitaba ordenar sus pensamientos.
Mick la observó desde lejos. Notó que no iba hacia el catering, ni buscaba su teléfono. Buscaba su papel. Se acercó despacio, cuidando de no invadir su burbuja.
—¿Eres escritora o solo estás planeando cómo escapar de aquí sin que nos demos cuenta?
Malvina no levantó la vista de su agenda.
—Soy organizada —respondió con su tono sutilmente sarcástico—. Y no planeo escapar, solo… busco un poco de silencio.
Mick se quedó de pie a una distancia respetuosa.
—Te entiendo. A veces el silencio es el mejor lugar para estar. No quería molestarte, Fiamma… o debería decir, ¿Malvina?
Ella se tensó por completo. Levantó la vista de golpe, sus ojos avellana fijos en los de él, cargados de una mezcla de sorpresa y sospecha. Nadie en ese set sabía su nombre 'real', el que utilizaban solo sus allegados.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó en un susurro defensivo.
Mick sonrió con una timidez genuina, sin rastro de arrogancia.
—Te vi hace un mes en Brera. Estabas escribiendo en esa misma libreta y escuché a alguien llamarte así por teléfono. Te busqué en Instagram como Malvina, pero no aparecías. Ahora entiendo por qué.
Malvina cerró la libreta despacio. El hecho de que él la hubiera recordado por un mes y que hubiera buscado su nombre real la descolocó. Sus barreras seguían altas, pero el tono tranquilo de Mick —tan alejado de la vulgaridad que ella detestaba— le dio una extraña sensación de seguridad.
—Un minuto, Schumacher —dijo ella, señalando el espacio vacío en el banco—. Puedes sentarte un minuto si prometes no molestar ni intentar convencerme de que las carreras son lo más importante del mundo.
Mick soltó una risa suave y se sentó, dejando un espacio prudente entre los dos.
—Trato hecho. Aunque te confieso que me interesa más saber qué escribes en esa libreta que hablar de motores.
Malvina lo miró de reojo. Por primera vez en años, sintió que alguien no estaba mirando a “la modelo”, sino a la chica que se escondía detrás de la agenda.
El minuto de silencio pactado se rompió cuando el director de la campaña, un hombre enérgico de voz potente, los llamó de nuevo al centro del set.
—¡Arantza, AJ! ¡Es su turno! ¡Quiero pasión, sonrisas, la química de una pareja que se muere el uno por el otro!
Malvina y Mick observaron cómo Arantza y AJ, con la facilidad de profesionales, adoptaban poses cariñosas. Arantza reía mientras AJ la tomaba por la cintura, miradas cómplices, risas forzadas para la cámara que sonaban tan naturales como el aire.
Malvina se sintió incómoda con la cercanía forzada que veía, imaginando que le tocaría lo mismo. Mick, a su lado, la miró de reojo. No dijo nada, pero ella sintió su mirada, como si pudiera leer el leve temblor en sus manos que ella intentaba ocultar.
Finalmente, el director señaló hacia ellos.
—¡Fiamma, Schumacher! ¡Ahora ustedes! ¡Vengan, quiero esa chispa que tienen!
Malvina se puso de pie, su expresión una máscara de profesionalidad, pero por dentro, un torbellino de ansiedad comenzaba a formarse. "Química", "chispa", "pareja". Esas palabras eran como alarmas sonando en su cabeza. Mick se levantó con su calma habitual, siguiéndola al set.
El fotógrafo, un tipo impaciente, comenzó a dar indicaciones.
—Mick, rodea su cintura. Fiamma, apoya tu espalda en su pecho. Relajados. Quiero que parezcan la pareja más enamorada del mundo. ¡Sonrían!
Malvina sintió el contacto de la mano de Mick en su cintura. Su toque era profesional, respetuoso, pero la cercanía era abrumadora. El calor de su cuerpo contra su espalda, el aliento suave en su cabello. Cerró los ojos por un instante. Su mente corría a mil por hora, las voces de su ansiedad gritándole que no podía, que era demasiado, que estaba invadiendo su espacio. Sus músculos se tensaron, apenas perceptiblemente.
—¡Más juntos! —insistió el fotógrafo—. ¡Quiero que se miren! Mick, apoya tu barbilla en su hombro. ¡Eso es! Fiamma, mírale a los ojos como si fuera el último hombre en la Tierra.
Mick apoyó su barbilla. Malvina sintió su presencia a centímetros de su rostro, el olor limpio de su piel, el roce de su pelo rubio. La instrucción de mirarlo fue la gota que colmó el vaso. Levantó la vista y sus ojos avellana se encontraron con los azules de Mick. Por un momento, las luces, los flashes, el ruido del set se desvanecieron.
Ella notó algo que nadie más vería. El brillo en sus propios ojos, que normalmente serían firmes y controlados, ahora era un velo de pánico incipiente. Su respiración se aceleró, pero no se lo permitía mostrar. No aquí. No ahora.
Mick, por su parte, notó el cambio. La sonrisa forzada de ella no llegaba a sus ojos. Había una micro-expresión de terror en su mirada, un temblor casi imperceptible en la esquina de su boca. Los ojos de Mick, en lugar de reflejar el romance de la pose, mostraron una comprensión inusual. Él había estado allí; había sentido la presión, el ahogo.
Sin romper la pose, Mick se movió apenas un milímetro, ajustando el agarre en su cintura para darle un apoyo casi imperceptible, una señal de que él lo notaba. Y luego, hizo algo que no estaba en el guion.
—¿Estás bien? —murmuró, casi inaudiblemente, con los labios apenas moviéndose contra su sien, para que solo ella pudiera escucharlo.
Malvina sintió un escalofrío. Que él lo notara, que él la viera de verdad, fue... desarmador. Le dio pánico, pero también un atisbo de alivio. Él no estaba mirando a Fiamma la modelo. Estaba mirando a Malvina, la chica que luchaba contra su propio caos interno.
El fotógrafo seguía gritando indicaciones, pero para Malvina el sonido se había vuelto un zumbido blanco. Sus dedos, entrelazados con los de Mick por exigencia de la pose, estaban helados. Sentía que el aire se detenía en su garganta, incapaz de llegar a los pulmones.
Fue entonces cuando sintió que Mick se inclinaba un milímetro más, ocultando su rostro del fotógrafo al fingir que le besaba la sien. Su voz llegó como un susurro cálido, tan bajo que solo ella pudo percibirlo.
—Tranquila, Malvina... está bien. Solo respira conmigo.
Ella cerró los ojos un instante, dejando que el nombre real actuara como un cable a tierra. Mick no se alejó; por el contrario, mantuvo una presión firme y segura en su cintura, rítmica. Malvina, en medio del caos de luces, se obligó a concentrarse en la espalda de él, en cómo sus pulmones se expandían y se contraían con una calma asombrosa. Empezó a imitar su ritmo, usando el tono de voz de Mick como un ancla para no naufragar en su propio pánico.
Por un segundo, la coraza de Fiamma se agrietó y solo quedó ella, dejándose cuidar en silencio.
—¡Perfecto! ¡Esa es la mirada! ¡Terminamos por hoy! —exclamó el fotógrafo, rompiendo el hechizo.
Malvina soltó la mano de Mick casi de inmediato, recuperando su postura rígida. Sus mejillas tenían un leve color carmín que no era maquillaje. Antes de que pudiera decir una sola palabra, antes de que Mick pudiera preguntarle si realmente estaba mejor, una figura conocida irrumpió en el set con paso firme.
—¡Vamos, nena! ¡Movete que no llegamos! —Irina apareció con el teléfono en una mano y el abrigo de Malvina en la otra—. Tenemos a la gente de Giorgio Armani esperándonos en la agencia. Hay que cerrar los detalles para la Semana de la Moda y ya sabés que Giorgio no espera a nadie.
Malvina apenas tuvo tiempo de procesar el cambio de ritmo. Se giró hacia el director.
—Gracias por todo, un placer —dijo con su voz profesional, recuperando el tono gélido.
Miró a Mick por una fracción de segundo. Quería agradecerle, o quizás disculparse por su debilidad, pero las palabras se le quedaron trabadas ante la presión de Irina, que ya la estaba empujando hacia la salida.
—¡Chau, chicos! ¡Un gusto! —gritó Irina a modo de despedida general mientras arrastraba a Malvina hacia el ascensor.
Mick se quedó de pie en medio del set, todavía sintiendo el rastro del frío de las manos de ella en las suyas. Dio un paso hacia adelante, con la intención de detenerla, de pedirle su número o al menos asegurarse de que el ataque de ansiedad había pasado del todo, pero fue tarde. Las puertas del ascensor se cerraron y el brillo avellana de su mirada desapareció.
—¿Mick? ¿Estás ahí? —le preguntó su manager, acercándose con una botella de agua.
Mick no respondió de inmediato. Se quedó mirando el espacio vacío donde antes estaba ella, sintiendo que, aunque se llamara Fiamma para el resto del mundo, él era el único que había tenido a Malvina entre sus brazos por un minuto.
—Se fue —susurró Mick, más para sí mismo que para su manager—. Se fue otra vez.




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