Ihan Duskbane
Desde mi balcón, observé cómo partía. La caravana de guardias abandonaba el patio real con disciplina, sus estandartes azules al viento. Al centro, ella. Montando el percherón negro con el mentón en alto, como si ni el viento pudiera doblarla. La princesa Darice. Embajadora de Cirenei. Oficialmente mi enemiga.
Pero no vi a una enemiga. Vi a la misma joven de hace tres años, de pie sobre un acantilado, desafiando al mar. La que aceptó una flor azul sin necesidad de palabras. La que hablaba de libertad sin saber cuánto costaría.
Y por un instante… me maldije por recordarla con tanta claridad. Cerré las cortinas. Apagué el día.
Cuando supe quién era—cuando el heraldo murmuró “Morcaran” con el peso de siglos de disputa—decidí que aquel encuentro debía ser solo eso: un momento. Una casualidad. Una grieta sin consecuencia.
Velmara llevaba generaciones odiando a Talyrios. No olvidaban las rutas que perdieron ni los tratados traicionados. Ella era hija de ese odio. Sangre de un linaje que prometió no inclinarse jamás ante los Duskbane.
No importaban nuestras palabras ni las risas compartidas. Ni siquiera la forma en que sus ojos se oscurecían cuando hablaba de sus sueños.
Eso creí… hasta que volvió a pararse frente a mí.
Vestía de negro, pero portaba una armadura de palabras. Cuidaba cada gesto. Era diplomática, cortante, digna. Pero sus ojos seguían siendo los mismos: como olas a punto de romperse.
Y por primera vez en años, sentí que el suelo bajo mi trono temblaba.
Porque si algo es más peligroso que un enemigo declarado, es uno que recuerda cómo pronunciabas su nombre sin coronas de por medio.
Darice Morcaran,ella no olvidó, y yo tampoco.Y aunque jure verla solo como una amenaza… Mi corazón aún recordaba cómo sonaba mi nombre en sus labios, “Ihan”.
Y eso… eso era el verdadero peligro.