La apuesta
Julian Mussi
El sol caía con bastante fuerza sobre el campus, no era solo calor, era una amenaza directa a mi paciencia, fue ahí cuando encontré el único pedazo de sombra decente bajo un árbol viejo, me dejé caer sobre el pasto y cerré los ojos. El ruido comenzó a escucharse cada vez más lejano, hasta que unos ruidos me alertaron de la llegada de personas.
—¿Te dormiste o qué? —dijo de Pablo.
Abrí un ojo. Genial, eran los idiotas de siempre, bueno, técnicamente eran mis amigos, pero en la práctica, tan solo eran un hábito.
—Depende. ¿Valía la pena despertarse?
Se miraron entre ellos y empezaron a reírse.
—Nos topamos con la ratita de biblioteca —dijo Caleb, todavía agitado—. Nos mandó directo a dirección.
No cambié la expresión.
—Y eso es gracioso...¿por?
—Nos dejó encerrados en la oficina. Tuvimos que salir por la ventana.
Suspiré. Cinco años escuchando anécdotas que fácilmente podrían protagonizar niños de primaria.
—Simplemente emocionante—dije yo tapándome los ojos con el antebrazo—Ahora váyanse a guardar sus colores, o que sé yo.
Pablo se dejó caer a mi lado.
—Puf hermano, estás igual de insoportable que esa chica, pero te puedo asegurar que ella es peor, siempre está detrás con sus lineamientos de código y conducta. Hoy nos echó a los directivos nada más porque nos estábamos echando una cheve en el salón. Mira, te damos trescientos dólares si logras que nos deje en paz.
—¿Y cómo voy a hacer eso?
—Qué se yo, enamórala para que se le olvide todo lo demás
Lo miré sin prisa.
—Cuatrocientos.
—Ni que fuera tan difícil.
—Entonces no deberías tener problema en hacerlo tú.
Hubo silencio. Caleb chasqueó la lengua.
—Cuatrocientos. Pero si no lo logras en un mes, tú pagas.
Extendí la mano.
—Hecho.
Ellos se miraron y mostraron una sonrisa cómplice, yo no, sabía que podría, pero también estaba consciente de que no sería tan fácil.
Me senté justo a tiempo para verla cruzar el patio. Traía el cabello perfectamente recogido en un clean look de coleta, libros apretados contra el pecho y caminaba rápido, como si el mundo fuera una lista de pendientes que resolver. Mi pecho se tensó un poco, sentía que conocía a esa chica de tiempo atrás, pero no sabía exactamente de dónde.
—Ahí van mis cuatrocientos dólares —murmuró Pablo, rompiendo el hilo de mis pensamientos.
No respondí.
Si tenía tan poco tiempo y el reto difícil, lo mejor sería apresurarme, así que de un salto me levanté y caminé hacia ella. Paso firme. Sin apresurarme, sin embargo cuando notó que iba en su dirección, frunció el ceño y cambió el rumbo. ¿En serio? Aceleró. Yo también.
Corrió hasta meterse en el edificio de Humanidades. Se refugió dentro del salón del profesor Salazar. Sabia elección. Me detuve antes de entrar, titubé un poco al tomar el pomo, al final decidí que no valía tanto la pena. Di media vuelta, y sin ganas de volver con los idiotas, terminé frente a la biblioteca, nunca iba en horarios tan concurridos, no quería que me catalogaran como una rata de laboratorio, pero era mejor ocupar el tiempo ahí en un lugar con aire acondicionado que esperar afuera en el calor abrasador.
Comencé a pasearme por los pasillos de estantes, pero no había nada que verdaderamente me llamara la atención. Hasta que mi vista se posó en una portada con colores llamativos, lo tomé y me dirigí a uno de los sillones que estaban al fondo de la biblioteca. La verdad empecé a leer sin intención de quedarme mucho tiempo.
Dos horas después, seguía ahí.
Cuando levanté la vista, el campus estaba en la hora pico, ella ya debería haber salido a picar algo. Cerré el libro y lo llevé al mostrador para pedirlo prestado.
Salí algo distraído, pensando en qué pagina me había quedado... cuando choqué con alguien.
Los libros cayeron al suelo.
—Perdón —dijo ella al mismo tiempo que yo.
Nos agachamos a recogerlos.
—No pasa nada —dije.
Cuando levantó la mirada, la reconocí.
Ojos café con destellos verdes. Sin maquillaje exagerado. Sin sonrisa estratégica.
Iris.
—¿Ese libro es tuyo? —preguntó.
—Digamos que se le olvidó a una amiga.
Lo miró, luego a mí.
—Ajá sí y yo leo sobre política—dijo ella con sarcasmo—Por si no lo habías notado este es el tercero de la trilogía.
Silencio.
—¿Hay más?
Se llevó la mano a la frente.
—No puedes empezar por el final.
—Me gustan los finales.
—Eso explica muchas cosas.
Me miró como si estuviera evaluando si yo era estúpido o solo arrogante.
—Te propongo algo —dijo—. Yo me quedo con este hasta que leas los dos primeros. Así no arruinas la historia.
La observé unos segundos.
No estaba nerviosa. No estaba coqueteando. No estaba impresionada. Interesante, usualmente si le hablaba a cualquier chica a los segundo ya estaría titubeando.
—¿Hasta cuándo se vence tu préstamo?—me dijo impaciente al ver que no contestaba
—Como en un mes
—Perfecto, entonces tienes 15 días para leerte los dos tomos
Se giro para irse
—Pero...
—¿Qué? ¿el niño no es capaz de leerse 800 páginas en semana y media?—dijo con un tono arrogante
Y siguió caminando
—Iris
Se detuvo.
—¿Siempre corres cuando alguien te habla?
—Solo cuando ese alguien tiene fama de provocar un desastre en cualquier lugar en el que esté.
Sonreí apenas.
—La fama exagera.
—¿Y la realidad?
—Depende de quién lo vea.
Me acerqué, no la toqué, no la acorralé. Solo estaba lo suficientemente cerca para que mis labios estuvieran cerca de los suyos.
—Nos vemos en una semana—le susurre a los labios
Por primera vez vi que su fachada segura titubeó un poco y sabía que eso sería suficiente. Me fui antes de que pudiera responder.