Imprevisto
Iris Ashford
La tarde ya se estaba apagando cuando me di cuenta de que seguía sentada en las gradas. Asher se había ido hacía rato y el campus empezaba a vaciarse. Si no me movía pronto, terminarían cerrando las puertas y yo sería oficialmente "la chica encerrada por distraída".
Recogí mis cosas y caminé hacia la salida. Mientras cruzaba el estacionamiento, alcancé a ver una moto alejándose a lo lejos. No distinguí el rostro, pero supe quién era.
No me permití pensar en eso.
Caminé hasta el Walmart para comprar lo necesario y preparar la comida de la semana. Nada extraordinario. Nada fuera del plan. Solo rutina.
Salí con las bolsas en ambas manos cuando, de repente, alguien me jaló bruscamente del brazo.
—Iris, ¿qué dijimos de estar tan tarde fuera de casa? —su voz era áspera, cortante.
—Yo...
No alcancé a terminar.
Una fuerza hizo que me soltaran y alguien se colocó frente a mí, cubriéndome. Solo vi su espalda ancha y un chaleco azul.
—Déjela en paz.
La voz.
Julian.
—Julian, está bien —intenté decir, pero mi voz salió más pequeña de lo que quería.
—Hazte a un lado, estúpido muchacho —escupió mi padre.
—No.
—Que te hagas a un lado.
Intentó empujarlo, pero Julian no se movió. El forcejeo duró segundos. Los suficientes para que mi padre terminara en el suelo.
—Te vas a arrepentir de esto —dijo levantándose con dificultad—. Le diré a tu gerente. Iris... hablaremos en casa.
Se subió al auto y arrancó sin mirar atrás.
Silencio.
—¿Casa? —preguntó Julian, todavía tenso.
—Es mi padre.
—¿Siempre es así?
—Solo... algunas veces.
No quería que supiera más. Con que Asher supiera, ya era demasiado.
—No me parece que sea "algunas veces".
Eso me irritó.
—Bueno, pues lo que te parezca me vale un pepino.
Me di la vuelta con las bolsas. Él me sostuvo suavemente de la muñeca.
Y yo reaccioné como si me hubiera quemado.
Me alejé de inmediato.
En su mirada apareció algo que no esperaba: dolor.
—Iris... creo que lo mejor es que no regreses por ahora a tu casa.
—Será peor si no lo hago.
—Por favor. Quédate un poco más.
Solté una risa nerviosa.
—¿Quién diría que el chico malo me estaría rogando?
—Esta vez no se trata de mí. Se trata de ti.
Eso hizo que algo incómodo se moviera en mi estómago. Ojalá fueran parásitos. Sería más fácil.
—Está bien. Solo porque necesito pruebas para acusarte frente a los demás —dije intentando sonar ligera—. Por cierto, no sabía que trabajabas en Walmart.
Comencé a caminar de regreso a la entrada.
—Pues...
—No te preocupes. No tienes que explicar nada.
📕📕📕
Pidió permiso para que me quedara en la zona de empleados mientras terminaba su turno. Fue raro. Sentarme en una silla plegable, rodeada de cajas y luces fluorescentes, esperando a alguien que se supone no debería importarme.
Cuando salió, ya era completamente de noche.
Caminamos hacia el estacionamiento.
—Bueno... —dije, titubeando— creo que ya es hora de que me vaya a casa.
Él negó con la cabeza.
—Acerca de eso... creo que lo mejor sería que fuéramos a un hotel.
Mi mente se disparó ante ese comentario. Sentí cómo el calor subía a mis mejillas.
—Julian, no soy de esa clase de chicas.
Sus ojos se abrieron de inmediato.
—¡No! No me refería a eso. Yo no... —se pasó la mano por el cabello, frustrado—. Te invitaría a mi casa, pero no creo que sea buena idea. Así que pensé que podrías quedarte en una habitación, solo para que estés tranquila esta noche.
—Julian... yo no podría pagarlo.
—Nunca dije que pagarías. Lo haré yo.
El silencio entre nosotros cambió de forma.
No era incómodo.
Era peligroso.
—¿Y mañana? —pregunté bajando la voz.
—Mañana vemos.
Me miró de una forma distinta. No desafiante. No burlona.
Protectora.
Y por primera vez en mucho tiempo, la idea de no volver a casa no me pareció tan aterradora como debería.
El problema era que confiar en él... sí lo era.
—Solo esta noche —dije al fin.