Lazos

7

Encerrados

Julian Mussi

Primera vez que me levanto tan temprano.

Bueno, en realidad no dormí. Me quedé mirando el techo del cuarto toda la noche, preguntándome en qué momento me convertí en alguien que planea cosas así. Esto no era la clase de cosas que me enseñaron mis padres de niño, no sé de dónde había salido tal empatía.

Me levanté antes de que sonara la alarma y me metí a la ducha fría. Necesitaba apagar la cabeza, congelar la culpa. Cuando salí, me puse lo primero que encontré: mezclilla negra, camiseta gris, Vans. La vieja confiable que siempre me queda bien y pff, ¿Qué no? si estoy buenísimo.

Antes de irme, revisé el mensaje que le había enviado a Iris anoche: Paso por ti a las diez.

Recordé como anoche antes de salir de la habitación que le había pagado le extendí una bolsa de plástico con ropa para dormir, algunas mudas de ropa y cosas de higiene personal, no podía pedirle que se quedara en un hotel y no darle ropa, o tal vez porque me gusta fingir que soy considerado.

O tal vez porque sí lo soy.

Conduje hasta el hotel. Cuando entré al lobby la vi sentada en uno de los sillones, abrazándose a sí misma. No llevaba lentes. Miraba al suelo como si el suelo fuera más interesante que el mundo.

Algo no estaba bien.

Me acerqué sin hacer ruido.

—Buenos días, señorita que finge que no me ve cuando me acerco.

Levantó la mirada lentamente. Sus ojos estaban ligeramente hinchados. Sonrió, pero era una sonrisa cansada.

—Buenos días.

Me senté a su lado.

—¿Dormiste?

—Sí —mintió.

La miré un segundo más de lo normal. No iba a preguntarle qué tenía. Si quería hablar, lo haría. Si no... la sacaría de ahí a mi manera.

—¿Miraste la ropa que elegí? —dije casualmente—. Si no, era una camiseta larga para dormir y ropa limpia. No me agradezcas todavía, elegí las tallas con cero conocimiento.

Eso hizo que su boca se moviera apenas más.

—Lo vi. Gracias.

—Si no te gusta, siempre puedes decir que fue un intento fallido de un chico con pésimo gusto.

—No está mal —dijo—. Sorprendentemente no parece que lo haya escogido un cavernícola.

—Que grosera. Yo iba a decir que tengo un excelente gusto.

La vi rodar los ojos. Bien. Eso ya era progreso.

Salimos del hotel y caminamos hacia la moto.

—¿A dónde vamos? —preguntó.

—Pensé en el centro comercial. Hay café, ruido, gente... cosas normales. Las cosas normales ayudan.

Ella dudó un segundo, pero asintió.

Durante el trayecto no habló mucho. Se sostenía con firmeza, pero no apoyó la cabeza en mi espalda como otras veces. Me di cuenta. No dije nada.

Cuando entramos al centro comercial, la solté para caminar a su lado.

—Oye —dije como si acabara de recordarlo—. Estoy buscando a una chica, que normalmente usa lentes cuadrados, suéteres con diseños nunca antes vistos, ¿La has visto?

Ella me miró de reojo.

—No. Tal vez se mudó a Francia y ahora vive con un hombre que le lleva baguettes todas las mañanas.

—Trágico. Yo ya estaba planeando nuestra boda y el nombre del perro.

—¿Cómo se llamaba el perro?

—Depende. Si me acepta la cita, se llama Atlas. Si no... se llamará Tragedia.

Ahí sí se le escapó una risa real. No grande, pero real.

Caminamos hacia los helados. Fingí solemnidad al pedir.

—Dos de chocolate —dije—. Y no, no somos pareja. Todavía.

Iris me dio una mirada con una ceja alzada.

—¿Todavía?

—Estoy dejando espacio para el desarrollo del personaje.

Su tristeza no desapareció, pero empezó a diluirse. Me di cuenta cuando aceptó correr hasta el elevador. Cuando discutió conmigo por quién pagaba. Cuando me desafió con esa sonrisa medio torcida que acabo de descubrir que solo aparece cuando está olvidando algo.

No era la Iris completamente feliz.

Pero ya no era la Iris perdida del lobby.

Después del arcade y el peluche ridículo que ganó con demasiada suerte, una gatita apareció frente a nosotros.

Pequeña. Sucia. Temblando.

Iris fue la primera en agacharse.

—Está herida...

Su voz volvió a quebrarse un poco, pero esta vez no era tristeza por ella. Era preocupación.

La envolví con mi chaqueta.

—La llevamos a la veterinaria.

Estaba cerrada.

Perfecto.

—Mmmm, creo que podemos llevarla a mi casa —dije—. Mi madre está en "viaje de negocios". No pasará nada.

Iris me miró, dudando.

—¿Seguro?

—Confía en mí.

Y no supe si lo decía por la gata... o por algo más.

Entramos a la Walmart atienda a comprar lo necesario. Comida, una manta, algo improvisado como cama.

Cuando estábamos a punto de dirigirnos a las cajas, las luces del centro comercial parpadearon.

Y se apagaron.

Iris me miró.

Yo sonreí de lado.

—Bueno... esto ya parece una cita interesante.



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En el texto hay: romantico, aventura, inesperado

Editado: 12.04.2026

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