Encerrados
Iris Ashford
Las luces se fueron.
Después de unos minutos de murmullos y pasos acelerados, una voz por los altavoces anunció que el centro comercial cerraría por una falla eléctrica. Intentamos salir... pero las rejas metálicas ya estaban abajo.
Perfecto.
Terminamos atrapados en Walmart.
Rodeados de cientos, miles de productos que no podíamos tocar sin pagar. Vaya tentación.
Julian seguía con la gatita envuelta en su chaqueta, sosteniéndola con una delicadeza que no combinaba en nada con su chaqueta de cuero y esa sonrisa ladeada que usaba para todo.
—Podríamos sobrevivir meses aquí —murmuró—. Pero sospecho que eso implicaría cargos criminales.
Yo solté una risa pequeña. Estaba cansada. Demasiado.
Nos instalamos en una esquina poco visible, cerca de los artículos de temporada. Al principio nos acostamos separados, cada uno con la espalda contra la pared. El suelo estaba helado. Incómodo. Insoportable.
Después de unos minutos, él suspiró.
—Esto es ridículo.
Se sentó más cerca.
—Solo porque la gata necesita calor —aclaró, como si alguien lo estuviera acusando.
Colocó la manta que tomó—y supongo más tarde pagará—entre los dos y la extendió cubriéndonos apenas lo suficiente. Nuestros hombros se rozaban. Sentía el calor de su brazo contra el mío. No dijo nada. Yo tampoco.
Pero por primera vez en mucho tiempo... no me sentí sola.
Despertamos antes de que abrieran oficialmente. Apenas comenzaron a subir las rejas, nos levantamos como si hubiéramos llegado temprano. Pagamos lo que llevábamos sin que nadie hiciera preguntas. Las personas de la caja parecían demasiado cansadas para sospechar.
Intenté encender mi celular.
Muerto.