Ataque
Julian Mussi
Estábamos saliendo de Walmart cuando intentó encender su celular. La pantalla negra iluminó apenas su rostro por un segundo... y luego nada.
Muerto.
Vi cómo algo cambiaba en su expresión. No fue inmediato. Primero frunció el ceño. Después sus ojos empezaron a moverse más rápido, como si estuviera haciendo cálculos invisibles.
—Oye... ¿estás bien? —pregunté.
—Yo... —tragó saliva—. Creo que esto fue un error.
La gatita se movió inquieta en mis brazos, como si también sintiera la tensión.
—¿Qué cosa?
—Debo irme. Tengo que volver.
No gritaba. No estaba enojada. Estaba asustada.
—Tranquila —di un paso hacia ella—. Son las seis y quince. No es el fin del mundo.
Pero para ella sí lo era.
Sus manos empezaron a temblar.
—Yo... yo...
Y entonces se rompió.
No fue un llanto silencioso. Fue uno de esos que salen desde el fondo del pecho, que cortan la respiración. Se llevó una mano a la boca como si quisiera detenerlo, pero no pudo. Se dobló sobre sí misma y cayó de rodillas en el suelo del estacionamiento.
La gente que entraba temprano volteó a vernos.
Seguro pensaron que yo había hecho algo.
Pero me importaba una mierda.
Dejé a la gatita en el carrito más cercano y la abracé. Fuerte. Sin saber exactamente por qué lloraba, pero sabiendo que necesitaba sostenerla.
—Respira —murmuré contra su cabello—. Ey, respira conmigo.
Sentía cómo su pecho subía y bajaba descontrolado contra el mío. Sus dedos se aferraron a mi camiseta como si yo fuera lo único que la mantenía en pie.
—Lo arruiné —susurró entre sollozos—. Lo arruiné.
—No arruinaste nada.
Pero no sabía de qué hablaba.
Después de unos minutos, el llanto bajó a pequeños espasmos. Se quedó quieta. Agotada.
La solté despacio.
Sus ojos estaban rojos. Vulnerables. Distantes.
Se levantó sin mirarme directamente y empezó a caminar hacia la salida del estacionamiento.
—Iris.
No se detuvo.
—Lo siento, Julian. Tengo que irme.
Eso fue todo.
Ni explicación. Ni promesa. Ni "luego te llamo".
Solo se fue.
Me quedé ahí, con una pequeña gata blanca maullando desde el carrito y la sensación absurda de que acababa de perder algo que ni siquiera sabía que estaba empezando a tener. La cargué otra vez.
—Genial —murmuré mirando hacia donde ella había desaparecido—. Ahora soy padre soltero.
La gata respondió con un maullido débil.
No era normal que alguien reaccionara así por un celular sin batería. Algo dentro de mí empezó a decir que había cosas que Iris no me estaba contando.
Cosas que no me iban a gustar.