Sorpresa
Iris Ashford
Llevaba días sin salir de mi habitación.
Las cortinas cerradas. La comida intacta sobre la mesa. El teléfono cargado... pero sin un solo mensaje respondido.
Me hacía bolita en la cama como si la manta pudiera protegerme del mundo. Como si quedarme quieta fuera suficiente para que nada explotara. Marc había estado más atento de lo normal estos días. Más observador.
Yo estaba agotada.
Mis pulmones ardían de tanto llorar que ya ni lágrimas me quedaban. Solo miraba el techo, inmóvil, esperando que el tiempo pasara.
Hasta que escuché música. Lejana. Algo extraño para un residencial que siempre estaba silencioso.
Pensé que era mi cabeza.
Pero no.
La canción empezó a reconocerse entre el eco.
And I'd give up forever to touch you...
Me incorporé lentamente.
No.
No podía ser.
Y entonces lo escuché.
—Iris... perdóname si hice algo mal.
Mi corazón se detuvo.
Caminé rápido hacia el cuarto de Marc. Por suerte estaba en el trabajo. Abrí la puerta del balcón y me asomé.
Y ahí estaba.
Julian.
Con una bocina ridículamente grande frente a mi casa, sonando Iris de Goo Goo Dolls como si fuera protagonista de una de esas películas románticas que veo los fines de semana.
—¿¡Estás loco?! —le grité desde arriba.
Algunas cortinas comenzaron a moverse. Vecinos curiosos salieron a "barrer" justo en ese momento.
Él alzó la vista y sonrió.
—No estoy loco. Solo estoy intentando arreglar lo que arruiné.
—¡No arruinaste nada!
—Entonces deja de desaparecer.
Eso dolió más de lo que esperaba.
—Espera —dije apurada—. Baja la música. Voy a bajar.
Corrí a mi habitación, me puse una bata encima y unas pantuflas. Mis manos temblaban mientras bajaba en el ascensor.
Cuando salí, él seguía ahí. Con esa cara de terquedad que odiaba... y que me hacía sentir menos sola.
—¿Qué haces aquí? —susurré con urgencia—. ¿Cómo supiste dónde vivía?
—Digamos que tengo contactos —se encogió de hombros—. Pensé que te asusté el otro día. Que te presioné. No sé. Pero no me gusta no saber.
Miré alrededor.
—Apaga eso, por favor. No quiero que nos vean.
Lo hizo de inmediato.
Eso me apretó el pecho.
—Será mejor que entres —dije—. No quiero que el chisme crezca.
Subimos en silencio.
Cuando entramos a la habitación, cerré con seguro. Mi corazón seguía latiendo demasiado rápido.
Julian me observó con detenimiento.
—Te ves...
—Horrible. Lo sé.
—No, te ves agotada.
No supe qué responder.
—¿Qué pasó, Iris?
—Nada.
Me tomó la mano con cuidado, como si estuviera sosteniendo algo frágil.
Mi primer impulso fue apartarme.
No lo hice.
—Por favor —dijo más bajo—. No me dejes afuera otra vez.
Tragué saliva.
—Me enfermé —mentí—. Eso es todo.
Tomé un pañuelo para sonar mi nariz, intentando que pareciera convincente, no me creyó. Lo vi en su expresión.
—Entonces deberías estar acostada —dijo—. ¿Dónde está tu habitación?
Le lancé una mirada.
—¿Para qué?
—Para llevarte. Antes de que te desmayes.
Solté una risa pequeña.
—Estoy bien. No soy de cristal.
Di un paso hacia las escaleras y todo empezó a oscurecerse. El no haber comido ni dormido bien se veían reflejados en esos pasos titubeantes.
—Iris.
Su voz sonó distinta, algo parecido a la urgencia.
Sentí sus brazos antes de tocar el suelo.
Y luego nada.