El adiós
Julian Mussi
Iris seguía inconsciente cuando la acosté en su cama, no me costó mucho subirla, ya que no pesaba tanto en mis brazos y claro, los entrenamientos diarios valieron la pena.
Me arrodillé frente a ella y acerqué mi mano a su nariz. Respiraba. Lento, pero constante.
—No me hagas esto —murmuré.
Sus labios estaban pálidos.
Miré alrededor del cuarto, había un plato con comida sobre la mesa, parecía que ya llevaba tiempo ahí, una señal de que no había comido en bastante tiempo. Abrí la puerta con cuidado para evitar que el ruido la despertara y bajé a la cocina.
La casa estaba demasiado silenciosa, llegó a ser algo escalofriante, pero eso no me detuvo para llegar a mi meta. Abrí el refrigerador en busca de algo de comida para prepararle, pero estaba casi vacío, solo había un poco de huevos, leche y pan. Fruncí el ceño, sé que no soy chef, pero puedo lograr hacer algo con esto sin quemar la casa en el intento.
Le preparé algo sencillo, pan francés con un té de bolsita que encontré en la alacena. No era gran cosa, pero era algo. Y ella necesitaba ese algo.
Subí con el plato y lo dejé en el buró.
—Iris —la moví con cuidado—. Despierta.
Tardó unos segundos. Parpadeó. Confundida.
—¿Qué...?
—Te desmayaste.
Intentó incorporarse.
—Estoy bien.
—No lo estás.
Le acerqué el plato con el pan francés
—Come
Me miró como si estuviera considerando mentir otra vez.
—No he comido —dije antes de que hablara—. Y tú tampoco.
Se quedó en silencio y bajó la mirada, ahí confirmé mis sospechas, se sentó lentamente y tomó el plato aún temblando un poco. Tomó un bocado, luego otro y en cuanto me dí cuenta ya había devorado todo el pan que preparé.
No dijo nada. Pero sus ojos se llenaron de algo que no era tristeza.
—No tenías que hacerlo.
—Sí tenía.
Me senté frente a ella.
—No soy idiota, Iris. No te desmayas por una gripe.
Ella bajó la mirada.
—A veces... solo me canso mucho.
No pregunté de qué, porque sentí que si lo hacía, se rompería otra vez.
Un momento después de haber comido el color comenzaba a regresas a sus mejillas.
—Gracias —susurró— y también gracias por la música, nunca pensé que el chico con la peor reputación de la universidad hiciera eso.
Para romper la tensión, me levanté.
—No me importa perder esa reputación por ti, pero nadie debe de enterarse de que admití esto, ¿okey?—dije—Muy bien. Ahora que no estás al borde de morir, necesito comprobar algo.
—¿Qué cosa?
Me acerqué a la pequeña bocina que aún traía en la mochila.
—Si aún recuerdas cómo sonreír.
La conecté.
La misma canción empezó a sonar bajito, ella me miró con una mezcla de incredulidad y vergüenza.
—No vas a hacer esto.
—Sí voy.
Le tendí la mano.
—Un baile. Y prometo no pisarte.
—No sé bailar.
—Yo tampoco, así que está perfecto.
Dudó.
Pero tomó mi mano.
La atraje despacio. No había coreografía. Solo un balanceo torpe en medio de su habitación. Sus manos en mis hombros. Las mías en su cintura. Por primera vez no estaba temblando por miedo o ansiedad, estaba temblando levemente por mi toque, o eso quiero creer.
Apoyó la frente contra mi pecho.
—No debiste venir —susurró.
—Tal vez no debí, pero creo que fue lo correcto, me separé un poco de ella y le levanté el mentón suavemente para que pudiera verla a los ojos, y tal vez viera en ellos lo mucho que me preocupaba por ella. Cuando la miré sus ojos ya no estaban apagados. Estaban llenos de algo distinto. Fue ahí, cuando fui consiente de la calidez de su piel, de la cercanía que había... No pedí permiso, la besé suavemente, esperaba transmitirle la esperanza que guardaba en mi corazón, ella no se apartó, correspondió el beso y su mano se aferró a mi camiseta como aquella mañana en el estacionamiento, pero esta vez no por miedo.
El beso fue un poco corto para mi gusto, pero la naturaleza me llamaba.
—Lo siento tengo que ir al baño
Río bajito
—Adelante, ve, no quiero saber sobre tus necesidades.
Me dio un golpecito con su mano y ahí noté el moretón que se estaba formando en su brazo, pero la urgencia me pudo más, cuando saliera le preguntaría sobre eso.
Al salir del baño ella tenía mi celular en sus manos, ¿en qué momento dejé mi celular en su habitación? y lo más importante, ¿Qué había visto?, pues tenía un semblante serio.
—Oye Iris, ¿Qué sucedió en...
Ni siquiera me dejó terminar.
—¿En serio? ¿400 dólares? ¿Eso es lo que valgo para ti— dijo ella con la voz quebrada—Pensé que valía más para tí...mucho más que el dinero
—Iris...yo
—Y eso no es lo peor Julian—dijo conteniendo la rabia—¿Te suena el nombre Marc?
Dude un momento
—Por si lo olvidaste Marc es mi padre y tú... tu familia es la culpable de esto
—¿A qué te refieres Iris? No entiendo
Dije desesperado por entender algo
—¡TU MADRE ES LA CULPABLE DE QUE MI FAMILIA ESTÉ FRAGMENTADA!—explotó de rabia—que todas las noches tenga miedo de saber qué va a hacer Marc.
Me apuntó con el dedo, me alejé porque comencé a comprender a qué se refería.
—¿Sabías que tu familia ha estado intoxicando a mi padre?—arremetió furiosa—¿eh? dime.
Por mi cuerpo la sangre empezó a fluir como si fuera hielo, mis extremidades comenzaron a congelarse.
—Yo...
Estaba a punto de responder cuando notamos cómo la llave giró en la puerta principal.
Iris se quedó inmóvil.
Ese tipo de inmovilidad que no es sorpresa... es miedo conocido.
—Vete —susurró.
—¿Qué?
—Vete ahora, por favor.
Pasos abajo.
Pesados.
—¡IRIS!
Su nombre cayó por la casa como una amenaza.
No pregunté. No discutí. No intenté ser héroe.
Corrí hacia la ventana.