Lazos

3

La boda

Amaya Montenegro

Desperté con el sonido de la alarma. Me acurruqué, disfrutando de lo calentita que estaba mi cama, de lo rico que descansé esta noche; deseaba quedarme allí por un largo tiempo. Me volteé y me acomodé para seguir durmiendo, pero mi madre entró en la habitación.

—Anda, levántate, hija. Hay muchas cosas por hacer.

—Déjame dormir cinco minutos más, por favor —supliqué con voz adormilada.

Apenas cerré los ojos de nuevo, el tiempo pareció volar. Horas después, escuché las voces de quienes me arreglaban:

—Hemos terminado.

En sus rostros se reflejaba la satisfacción. Me dio una punzada de pena, pero al girar la silla y verme al espejo, no pude evitar admirar el gran trabajo que habían realizado.

—Muchas gracias, es increíble —dije con una sonrisa—. Me encanta.

Ellos sonrieron también y se retiraron silenciosamente, no sin antes darme la enhorabuena. Minutos después, me vi rodeada de personas que me ayudaban a ajustarme el vestido y calzarme las zapatillas. Mi madre, que había salido por una botella de agua, regresó a la habitación; apenas entró y me vio con el ajuar completo, se llevó las manos a la boca y sus ojos se inundaron de lágrimas.

—Hija, qué preciosa estás —dijo con un dejo de tristeza y orgullo en la mirada—. Te ves como una reina.

—Ay, mamá, no exageres, que no es para tanto.

—No estoy diciendo nada más que la verdad. Como dice la fábula: para una madre, no existe hija más hermosa que la suya.

Sin saber qué decir, me acerqué con una sonrisa temblorosa y le di un abrazo largo.

—Mamá, te quiero mucho —le susurré al oído.

—Y yo a ti, mi vida —contestó con una dulzura que me dolió en el pecho.

Tocaron a la puerta; el empleado del hotel nos avisó que el automóvil alquilado esperaba afuera. Salimos de inmediato. Estaba tan nerviosa que, aunque el vestido no era tan amplio, tropezaba a cada paso. Nos acomodamos en los asientos y emprendimos el viaje hacia el que debía ser "el día más feliz de mi vida".

Al llegar, los invitados ya estaban dentro. Mis damas de honor bajaron primero, seguidas por mi madre. Al final, quedamos solo mi padre y yo frente a la gran puerta de madera. Él se acercó y me susurró al oído:

—Estás hermosa, hija. Nunca pensé verte vestida de blanco. Es difícil procesar que mi dulce y pequeña niña se ha convertido en esta mujer —su voz se quebró y de sus ojos cafés brotaron lágrimas—. Siento que el tiempo se me escapó de las manos. Para mí, siempre serás la pequeña que me pedía que le amarrara las agujetas de los tenis, la que me hacía dibujos y se metía a nuestro cuarto a medianoche por miedo a la oscuridad. La niña a la que tenía que abrazar fuerte durante las inyecciones porque, si la soltaba, corría llorando por todo el hospital.

Sentí un nudo en la garganta.

—Papá, para mí siempre serás ese hombre gigante que nunca podía alcanzar, el que me leía cuentos y me obligaba a comer hasta el último trozo de carne del plato. El que me consolaba después de los médicos y me llevaba por un helado cuando me esforzaba en la escuela, aunque la nota fuera mala. Te quiero tanto... —Lo abracé con fuerza, despidiéndome en silencio.

Nuestro turno llegó. Caminamos despacio por la larga alfombra; mi padre me sostuvo firme para que no tropezara. Al llegar al altar, puso mis manos sobre las del hombre con el que me casaría.

—Te entrego uno de los tesoros más grandes de mi vida —dijo mi padre con severidad—. Espero que la cuides y la respetes siempre. Que la apoyes, que seas su consuelo y, sobre todo, que la ames.

—Sí, señor —respondió él con esa voz ensayada—. Moveré cielo, mar y tierra por ella, no lo dude.

Mi padre hizo un gesto casi imperceptible con la boca, un tic que yo conocía perfectamente: lo aborrecía. Aun así, se alejó y ocupó su lugar.

—Hoy estamos aquí, ante los ojos de Dios, para unir a esta pareja en sagrado matrimonio...

✏️✏️✏️

Tomar la decisión de cambiarme por los tenis en el auto fue lo mejor que pude hacer. Corrí hasta la parada, pero al ver que no pasaba ningún taxi, la desesperación me hizo subir al primer bus que llegó. La gente me miraba con extrañeza —una novia en tenis y vestido en un transporte público—, pero no me importaba. Acababa de hacer lo que creía correcto.

Bajé en mi estación y corrí varias cuadras hasta el hotel. Al entrar a la habitación, revisé mi celular: tenía cincuenta mensajes y decenas de llamadas perdidas. El tiempo se agotaba. Le escribí una nota rápida a mi madre y la dejé junto al teléfono apagado en la mesita de noche. Con manos temblorosas, deshice el peinado y tomé una ducha rápida para quitarme el rastro de la boda.

Me puse algo que se sentía más "yo": unos jeans, una blusa blanca, una chamarra vintage grande y una gorra. Tomé mi maleta —que había escondido días antes en el fondo del armario— y salí.

Iba hacia el elevador cuando lo vi a lo lejos, corriendo por el pasillo. ¡Demonios! Di media vuelta y me lancé por las escaleras de emergencia. Salí del hotel y corrí hacia el centro comercial más cercano para perderme entre la multitud. Había tanta gente que creí haberlo despistado, pero entonces lo vi de nuevo. Entré a una tienda de ropa y me oculté en los vestidores.

Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. Segundos después, escuché pasos pesados y la voz de una empleada: "¡Joven, usted no puede entrar a los vestidores de damas...!". Su voz se apagó mientras las puertas de los cubículos de al lado eran golpeadas estruendosamente. Cuando llegó al mío y abrió la cortina, yo ya estaba fuera del local, corriendo hacia la calle. Por suerte, un taxi pasaba por ahí. Me subí de un salto y le di la dirección del aeropuerto.

Después de las revisiones de seguridad, el control de maletas y los rayos X, por fin estaba sentada en mi vuelo. El avión despegó, alejándome de la boda, de él y de la presión. Me recosté en el asiento y dejé que aquella canción de siempre inundara mis oídos. La había escuchado mil veces, pero esta vez, la sensación de libertad que me daba no se podía describir con palabras. Era, finalmente, mi nuevo comienzo.



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En el texto hay: romantico, aventura, inesperado

Editado: 12.04.2026

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