Lazos

8

Mi primer peda

Amaya Montenegro

No sé qué hago en este lugar. _Like, seriously_, ¿cómo terminé aquí?

Minutos antes, mi plan era perfecto y muy organizado: recorría la universidad, me detuve a tomar un frappé en una de las tantas cafeterías. Pero justo ahí, un chico —que, okay, admito que era extremadamente atractivo— comenzó a hacerme plática. Una cosa llevó a la otra, me invitó a acompañar a su grupo "a tomar algo tranquilo" y, _boom_, de la nada aterricé en este templo de la perdición. Un lugar oscuro, con el suelo tan pegajoso que sentía que mis tenis se iban a quedar ahí para siempre, y lleno de gente sudorosa.

Lo cierto es que el chico iba con un _crew_ enorme, como de ocho amigos. Enseguida decidieron comprar una botella gigante para la mesa. Por suerte no me cobraron nada, lo cual agradecí internamente porque el presupuesto de mi semana no incluía "alcohol de dudosa procedencia".

—¿No quieres otro shot? —me dijo el chico guapo, regalándome una sonrisa de comercial.

—_Mmm_, así estoy bien, gracias —contesté, tratando de sonar casual

—Ándale, no seas aguafiestas.

—Es que... _I don't really..._

No alcancé a terminar. De la nada, otro chico apareció con una botella más chica de un licor misterioso y todo el mundo a nuestro alrededor empezó a corear como si estuviéramos en un ritual: _¡Eh, eh! ¡Fondo, fondo, fondo!_ Mi sistema nervioso colapsó. Para que dejaran de presionarme, abrí la boca y acepté el chorro de licor que me asestaron directo en la garganta.

_Oh my God._ Eso no era alcohol, esa bebida estaba muy fuerte. Pasó quemándome hasta las ideas. Cerré los ojos con fuerza, rezándole a todos los santos por la supervivencia de mi esófago.

—Oye, ¿todo bien? Te ves un poco sonrojada —me dijo el chico guapo, acercándose de más.

—Sí, sí, no te preocupes —tosí, intentando mantener la dignidad—. Solo que... no estoy acostumbrada a tomar.

—_Ohh_, entonces no te separes de mí. Yo te cuidaré, linda.

—Gracias —susurré. Se me comenzó a trabar la lengua de los puros nervios.

El lugar se volvió un caos. Los meseros pasaban empujándome como si yo fuera un obstáculo de videojuego y la gente intentaba bailar en espacios de diez centímetros. De repente, sentí que alguien me tomaba firmemente del brazo. En mi cerebro se encendieron todas las alarmas de peligro.

—¡Oye! ¿Qué haces? —grité, intentando competir con los niveles absurdos de los graves de la música.

—¡Salvándote! —gritó una chica de vuelta.

—¿De qué hablas?

—¡Te veías súper incómoda ahí, rodeada únicamente de hombres! Además, ¡a un antro se viene a bailar!

—Bueno... eso sí.

En ese instante, ella comenzó a moverse de forma frenética y divertidísima al ritmo de la música. Su energía me contagió tanto que decidí mandar mi rigidez estructurada a volar. Dejé que mi cuerpo se aflojara poco a poco. El alcohol misterioso finalmente estaba haciendo efecto.

—¿Cómo te llamas? —me gritó ella al oído.

—¡Amaya! ¿Y tú?

—¡Avril, nena!

—¡Mucho gusto! —dije, sonriendo con una felicidad que ya no era muy cuerda.

Nos pasamos un buen rato en la pista. Yo me sentía la reina del lugar. De cuando en cuando, aceptaba un chupito de lo que fuera que pasara flotando para no bajar el ritmo. Pero la burbuja se rompió. De repente, sentí la mirada pesada de alguien. Al voltear, divisé una cara conocida entre la multitud... pero la visión me duró un segundo porque un cuerpo corpulento me tapó la vista y empezó a bailar detrás de mí. Muy, muy pegado a mí.

—Te dije que no te alejaras de mí —susurró una voz ronca en mi oído, imitando pésimamente a un galán de telenovela.

Sentí un tacto cálido rozándome los hombros. El pánico borró mi modo diva en un segundo.

—_Eh... I..._ yo... —mi cerebro falló por completo—. Yo, yo... necesito ir al baño. _Excuse me._

Me alejé lo más rápido que mis descoordinadas piernas me lo permitieron. Con la vista completamente emborronada, me abrí paso entre la masa de gente. Necesitaba aire, oxígeno, mi casa, mi mamá. ¿Qué demonios había sido eso?

Salí del establecimiento casi tropezándome con mis propios pies. Los guardias de la entrada —los cadeneros— ni se inmutaron; me miraron con el mismo interés con el que ves a un pepino. Tuve que recargarme en la pared exterior y me fui deslizando hasta sentarme en la banqueta. Cerré los ojos. Mi alrededor giraba y giraba.

No supe cuánto tiempo estuve en modo planta, hasta que escuché una voz por encima del ruido de la calle.

—Aquí estás. Llevo un buen rato buscándote, ya me había preocupado.

Era el chico guapo del inicio.

—No encontré el baño... —alcancé a balbucear antes de que los párpados me pesaran una tonelada—. Tengo mucho sueño... _So sleepy._

—Tranquila, linda, es normal después de tomar tanto alcohol. Ven, creo que lo mejor será llevarte a tu casa.

Sentí cómo me alzaba con cuidado y me acomodaba en el asiento de su auto. Pero justo cuando estaba a punto de cerrar la puerta y arrancar un grito rompió la noche desde la acera.

—¡Amor! ¡Amooor!

El grito, arrastrado y dramático, se acercaba peligrosamente al auto. Antes de que el chico guapo pudiera reaccionar, la puerta del copiloto se abrió de golpe. Una sombra alta se asomó.

—Ahí estás —dijo Leónidas.

Y sin pedir permiso ni medir las consecuencias, me tomó en brazos como si yo fuera un costal de papas.

—¡Ey! ¿Qué haces, estúpido? ¿No ves que la iba a llevar a su casa? —reclamó el dueño del auto desde el asiento del conductor, encendido en furia digna de un villano de Wattpad.

—Me la llevo yo. ¿O estás ciego? —soltó Leónidas con un tono de posesividad absurdamente exagerado, mientras me acomodaba con una delicadeza que contrastaba con sus palabras en el asiento de copiloto... de _su_ propio coche—. Es MI novia. MI responsabilidad.



#6216 en Novela romántica
#2341 en Otros
#194 en Aventura

En el texto hay: romantico, aventura, inesperado

Editado: 13.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.