Todo mal
Leónidas Navarrete
Genial. Ni siquiera había podido tomarme la cerveza completa. No sé por qué, pero desde que nuestros ojos volvieron a conectarse en el antro, no pude dejar de mirarla. Y he de admitir que no me cuadró para nada que ese tipo se le acercara tanto. Estuve a punto de ir tras él, pero cuando vi que ella huyó del lugar, me quedé un poco más tranquilo.
Seguí platicando con mis amigos, hasta que noté que el tipo también salía. Eso me volvió a intranquilizar. No aguanté ni cinco minutos; me excusé diciendo que iba al baño y fui tras ellos.
En cuanto el viento fresco de la noche me tocó la cara, mi cuerpo se puso en alerta. Mucho más al ver que el infeliz estaba a punto de meterla a su auto. Hice lo único que se me ocurrió en el momento.
—¡Amor! ¡Amooor! —grité, acepto que de forma muy exagerada, mientras me acercaba al carro.
Abrí la puerta del copiloto con rapidez, pues el vato ya había encendido el motor.
—Ahí estás —dije mientras la tomaba cuidadosamente en brazos y luego la acomodaba sobre mi hombro.
—¡Ey! ¿Qué haces, estúpido? —reclamó el tipo que estaba a punto de raptarla—. ¿No ves que la iba a llevar a su casa?
—Me la llevo yo. ¿O estás ciego? —solté con un tono de pocos amigos mientras me dirigía a mi coche y la acomodaba con cuidado en el asiento—. Es MI novia. MI responsabilidad.
—¡Y una mierda! —gritó el otro, bajándose dispuesto a armar un pleito.
Carajo. Para acabarla de cagar, iba a pelear por una chica que apenas conocía. Me incliné hacia ella dentro del auto y le susurré al oído:
—Me debes una, Chilly.
Me paré al lado de la puerta y la cerré con un azotón.
—¿Cuánto a que sí me la llevo, cabrón?
—Sobre mi cadáver, wey. Me la van a pagar muy bien al norte.
¿Al norte? ¿Pagar bien? En ese segundo se me bajó el poco alcohol que corría por mis venas. El imbécil no era un simple pretendiente molesto; esa frase disparó todas mis alarmas. No lo pensé dos veces: esquivé el primer golpe que me lanzó y le conecté un derechazo directo a la mandíbula. El tipo cayó al suelo, pero se me intentó ir a las piernas. Forcejeamos en la banqueta, me llovió un golpe en la mejilla que me hizo ver estrellitas, pero en poco tiempo ya lo tenía sometido en el piso, inmovilizado bajo mi peso. Por suerte, las patrullas que siempre rondan la zona de antros llegaron al escuchar el escándalo.
—Buenas noches, oficiales —dije, recuperando el aire mientras mantenía al tipo contra el pavimento—. Quiero denunciar a este sujeto por alterar el orden público y, principalmente, por intento de trata de personas. Escuché claramente cómo planeaba venderla.
El rostro del tipo se puso pálido mientras los policías lo esposaban. Cumplido el deber ciudadano, me subí a mi carro.
🎾🎾🎾
Apagué el coche, me recargué en el asiento y solté un suspiro largo. Por fin habíamos llegado al edificio. Me volteé a ver a la chica que estaba sentada a mi lado y la miré con detenimiento. ¿Qué demonios me había hecho?
Antes de ponerme más filosófico, decidí salir del auto para llevarla a su departamento. La acomodé primero sobre mi hombro, pero de inmediato escuché una arcada.
—No, no, no... Lo que me faltaba, Dios mío —rogué en voz alta.
Si me vomitaba la ropa y los zapatos, me moría. Decidí cambiar la estrategia y cargarla normal, de princesita; ya qué más daba. El aroma dulce de su perfume me llegó a las fosas nasales mientras subía las escaleras. Tomé aire y toqué la puerta de la vecina.
—¡Qué bueno que ya...! —comenzó a decir la señora mayor, pero se interrumpió sola al ver a la chica en mis brazos—. ¿Qué le hiciste a mi nieta? ¿Qué le pasa? ¿Cómo se te ocurre?
—Antes que nada, buenas noches, señora. Una disculpa por la sorpresa, pero esto no fue mi culpa. Su nieta fue a un antro y se puso muy borracha. Como la reconocí, decidí traerla antes de que le pasara algo malo allá afuera.
El rostro de la señora cambió de la furia a la pura vergüenza.
—Una disculpa, muchacho —dijo mientras se hacía a un lado—. Pasa, por favor. Si la puedes dejar en la habitación del fondo, te lo agradecería mucho.
Así lo hice. Lo que supuse era su cuarto estaba casi vacío, a excepción de un escritorio con su silla, el armario y un espejo. La recosté con cuidado y de lado en su cama (por si las dudas con el alcohol). Al incorporarme, una mancha blanca en su pared me llamó la atención. Al acercarme, identifiqué mi propia letra en la hoja de cuaderno que le había dejado:
"Gracias por todo, estuvo rico :)"
¿Había pegado mi nota en su pared? Sonreí sin poder evitarlo.
—Pasa por aquí, muchacho. Deja que te dé aunque sea algo de tomar —me llamó la abuela desde la cocina.
—No se preocupe, señora, no es necesario.
—Insisto —dijo, lanzándome una mirada de esas que no aceptan un "no" por respuesta.
—Está bien.
Me tomé el café que me ofreció mientras manteníamos una breve charla. Le agradecí el gesto y por fin me largué a mi departamento a darme un buen baño para caer rendido en mi cama.
Al día siguiente, puse a todo volumen a Calibre 50 para mantenerme despierto mientras levantaba el reguero de mi departamento. Cuando al fin todo quedó limpio, terminé de empacar mi maleta, bajé al estacionamiento y comencé a acomodarla en la cajuela para ya irme al rancho. Justo cuando estaba cerrando la tapa, escuché una voz detrás de mí.
—Hola, vecino... —dijo una voz tímida y apenada.
—Me puedes decir Leo, Chilly —dije mientras me giraba para verla.
No pude evitar darle un vistazo rápido de arriba abajo. Traía un camisón amarillo claro y un suéter blanco encima que la hacía ver... extrañamente bien. Al notar mi mirada, sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso.
—¿Chilly? Me llamo Amaya —corrigió, jugando con sus manos—. Me... me quería disculpar por lo de ayer. No sé por qué cada vez que nos vemos ocurre una desgracia.