Lazos

10

Otro día más

Leónidas Navarrete

1 mes y medio después...

—Hijo —me dijo mi mamá mientras me zarandeaba—. Levántate ya a desayunar, que aún hay muchas cosas que hacer.

Cosa que me caga del campo: que se levantan bien pinche temprano.

Intenté seguir haciéndome el dormido como respuesta a los movimientos bruscos de mi jefa, a ver si eso servía de algo para que me dejara dormir otro ratón. Pero esa señora no se rendía con nada.

—¡Leónidas Navarrete Cuautle! —soltó con un tono imponente—. Te levantas ahorita mismo o te doy tus buenos cinturonazos. No porque ya estés grande te los voy a dejar de dar, ¿eh?

No necesitó decir nada más. Me senté en friega y me restregué los ojos para quitarme un poquito el sueño que amenazaba con tumbarme otra vez en la almohada.

—Apúrate, que tu papá ya casi acaba de desayunar y hay que ir a cambiar a tu tío.

Aún dando tumbos, me dirigí al baño para darme un regaderazo a madrazos con agua fría; si no, no podría soportar el largo día que se venía.

Para cuando llegué al comedor, mi papá ya ni estaba, lo que significaba comer algo en freguiza antes de que me llamara para irnos. Mi mamá me había hecho unas enfrijoladas bien ricas y un atole de avena que estaba más caliente que el pinche suelo de Comala, pero me lo tuve que tomar rápido ante la mirada puntiaguda de mi jefa.

—Ahorita vamos a ir a checar cómo van los peones con la cosecha —dijo mi papá en cuanto me subí a la camioneta.

—Sí, pa. ¿y luego?

—¿Pues qué más, mijo? —contestó, medio molesto—. Nosotros también vamos a hacer corte. Esos elotes no se cosechan ni se entregan solos.

—Me lleva la... —susurré en voz baja.

—¿Decías algo?

—No, nada, pa.

Al principio, el camino que llevaba a nuestro terreno sí estaba por lo menos adoquinado, pero ya los últimos dos kilómetros eran pura terracería, por lo que la camioneta andaba dando de tumbos. En cuanto llegamos, vimos que los trabajadores ya habían cubierto casi todo el terreno, pero aún así quedaba un buen cacho. Así que, ya qué, tocó chambear.

🌾🌾🌾

Acabamos como a las diez de la mañana, pero todavía tuvimos que esperarnos un buen rato a que llegaran los tráileres que se llevarían el producto a la Central de Abasto. Cabe destacar que en ese lapso mi papá me mandó a traer la comida que mandó a hacer para los peones. Para cuando regresé, ya estaban subiendo las últimas cajas.

—Ya estuvo, mijo. Baja la comida y, en lo que los peones terminan de almorzar, tú corta algunas matas para pasar a darles de comer a los borregos.

Y todavía faltaba hacer más... Qué huevaaaaaa.

—Si quiere, yo le ayudo a su hijo, señor Navarrete —escuché una voz a mi lado.

—No, muchacha, usted ya trabajó mucho. Deje que lo haga solo —respondió mi papá.

—No se preocupe, señor, ya hasta acabé de desayunar.

—Bueno, allá tú.

La chava fue caminando detrás de mí para ayudarme a cortar las milpas. La miré de reojo, intrigado.

—¿Por qué te ofreciste? —le pregunté.

—¿De qué hablas?

—Yo solo digo que nadie se ofrece a trabajar de más, y menos después de haber estado dándole duro desde la madrugada.

—Lo hago por gusto, Leo.

—¿Segura que solo por gusto? —dije, mientras me acercaba sigilosamente por detrás, usando mi tono juguetón.

—Claro que... —se volteó rápido para encararme y se topó con mi cercanía—. S... sí.

Eso. Mi proximidad la había puesto nerviosa. Me alejé con una sonrisa de autosuficiencia y, después de avanzar unos metros, le hablé por encima del hombro:

—Sube lo que cortes a la camioneta.

🌾🌾🌾

Por finnn... mi cama. Después de haber trabajado duramente por un mes y medio bajo el rayo del sol y el frío glacial de la noche, por fin podría descansar bien. Apenas me había acomodad y me estaba quedando dormido, cuando de repente escuché cómo se abría la puerta de mi cuarto. Adiós a mi descanso.

—Levántate, hijo, que ni ha caído la tarde y tú ya estás bien acostadote —me regañó mi papá—. Anda, ve a darte un baño para quitarte toda la tierra que has de traer, que don Tomás nos invitó a la comida que van a hacer por el cumpleaños de su hija.

—Ni porque es el último día de descanso de uno lo dejan dormir —refunfuñé.

Resulta que la "comida" que le hicieron a la hija de don Tomás era una fiestota de esas de pueblo: cerraron la calle completa, pusieron hileras de mesas y sillas, y al frente había un equipo de sonido enorme, listo para la banda que iba a tocar al rato. En cuanto llegamos, nos sirvieron mole con arroz y nos ofrecieron pulque— ¡No mames, qué rico!— Apenas estaba saboreando el primer bocado de mole cuando la cumpleañera se acercó a nuestra mesa.

—¿Bailarías conmigo?

Alcé la cabeza con la boca llena. Iba a levantar la ceja para responder, cuando de repente sentí un pisotón durísimo por debajo de la mesa.

—¡Auuu! —exclamé a medias, mirando a mi papá. Él me devolvió una mirada amenazante que decía te mato si dices que no. Desglutí rápido—. Que diga... claro, con gusto.

La muchacha sonrió satisfecha y se alejó para bailar primero con su papá.

—Qué falta de respeto, ¿eh? —me susurró mi jefe.

—¿Por qué, pa?

—A nadie se le habla con la boca llena, y menos a las muchachas.

—Pues qué, fue ella la que me agarró desprevenido.

Mi papá solo movió la cabeza, decepcionado de mis modales. Solo logré dar otro bocado antes de que la cumpleañera regresara a la mesa para llevarme a la pista.

—¿Y bien? —dijo casi gritando para que la escuchara por encima del ruidazo de la música.

—¿Bien qué?

—¿No me reconoces?

La miré con atención. Debo admitir que traía un bonito vestido verde, además estaba muy arreglada y maquillada.

—Que yo sepa, no.

—No puede ser —dijo, y un poco de enojo apareció en su cara—. ¿La chica de la mañana? ¿La de la milpa?



#6216 en Novela romántica
#2341 en Otros
#194 en Aventura

En el texto hay: romantico, aventura, inesperado

Editado: 13.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.