Lazos

11

Ataque
Leónidas Navarrete

Casi 4 semanas después...

Había estado aquí en Coyopol casi un mes entero y, a decir verdad, el aprendizaje fue muy enriquecedor.

Durante casi todo el mes de junio, a los que nos anotamos como voluntarios para la campaña de alfabetización nos dieron cursos en línea para instruir a la gente que iríamos a ayudar. Desde el principio nos advirtieron que no sería un voluntariado fácil; la gente de las comunidades no tiene tanto tiempo libre para sentarse a escuchar y ponerte atención. Tienen que rifarse con las actividades del día a día: la siembra, el campo, la comida .En cuanto los coordinadores mencionaron ese punto en el curso, casi la mitad del grupo renunció. Pobres ilusos. En su perra vida habían ido al monte, de seguro ni sabían lo que era miar entre las milpas.

La verdad, entre la chamba diaria de mi rancho en Tlaxcala y los cursos en línea, mis "vacaciones" se me fueron corriendo como agua entre las manos. Por poco y se me olvida que tenía que viajar a Coyopol. Por más cansado que estuviera, tuve que armar las maletas a las carreras durante la madrugada. Al menos llevaba un poco de ventaja porque avisé que iría por mi cuenta en mi coche, mientras los demás se moverían en un par de miniváns: una hacia Coyopol y la otra a Ahuata.

El primer día llegué ojeroso, molido físicamente y a punto de dar un zas, pero de inmediato me puse a ayudar a bajar los víveres que llevaron para el tiempo que estuviéramos allá.

Como dije, la experiencia terminó siendo increíble. La gente del pueblo fue sumamente amable al recibirnos, pero nada nos preparó para lo que hicieron la última noche.

Pensábamos que solo nos reuniríamos en el centro para dar los agradecimientos y ya, pero cuál fue nuestra sorpresa al ver que la comunidad entera se había organizado para hacernos una cena de despedida. Cada familia aportó algo para el festejo: hubo café de olla, plátanos asados, arroz, mole... era un banquete completo.

En cuanto llegué y vi el movimiento, noté a una de las señoras batallando con el peso de una enorme olla.

—Señora, deje que cargue esto por usted —le dije a doña Nina, tomándola por sorpresa y quitándole la olla de las manos.

—No se hubiera molestado, muchacho, yo podía sola.

—No hay ningún "pero" que valga, doña Nina. Además, puedo asegurarle que usted y todas las mujeres del pueblo ya hicieron suficiente estando tantas horas pegadas a la lumbre.

Estaba empeñado a terminarme el festín cuando Liliana, otra de las chicas voluntarias, se me acercó.

—Y... —comenzó ella, mirándome de reojo.

—¿Y...? —le contesté, dándole un trago a mi jarro.

—¿Qué te pareció la experiencia?

—La amé, la verdad. Nunca pensé que me sentiría tan bien enseñando a leer a los adultos —admití, emocionado—. Y mucho menos que nos fueran a preparar esta cena. Todo les quedó riquísimo.

—Me siento igual. No sé si algún día lograré olvidar este mes.

—Ni yo.

De repente, una mano se atravesó entre los dos y una silueta se plantó frente a mí, interrumpiendo la plática.

—¿Quieres bailar? —me soltó una de las muchachas del pueblo.

—Todavía no acabo de comer...

—Digo yo que ya comió suficiente —insistió la tal Lucía, tomándome firmemente de un brazo para arrastrarme directo al centro de la pista.

—¡Lucía, no seas irrespetuosa! —alcanzó a susurrar su amiga, muerta de la vergüenza, un par de mesas atrás.

Ni modo, me la pasé a todo mecate baile y baile con Lucía, hasta que su amiga por fin intervino y se la llevó arrastrando a su casa. Como yo todavía traía ganas de seguir en el merequetengue, me acerqué a Liliana, que seguía sentada sola en un rincón tomando café de olla.

—¿Bailas? —le dije, extendiéndole la mano.

—No, yo... la verdad no sé.

—Nada de que no, mija. Esta canción está bien buena para tirar más mole que arroz.

Y ahora fui yo quien jaló a alguien a la pista. No era mentira que no sabía bailar, pero poco a poco la ayudé a soltarse y a quitarse lo tensa. Después de un buen rato, la pobre ya estaba sudando la gota gorda.

—Espera... —dijo, bastante ajetreada y buscando aire—. Necesito... salir un momento.

—¿Quieres que vayamos afuera?

Liliana solo alcanzó a asentir con la cabeza. La acompañé a salir y comenzamos a caminar lentamente por un sendero oscuro, alejándonos del ruido de la música.

—Gracias por lo de antes —susurró después de unos minutos.

—¿Por qué cosa?

—Por el baile. Me divertí mucho.

—No es nada, hombre.

Se instaló un silencio cómodo entre los dos. Lo único que se escuchaba en el fondo era el canto de uno que otro grillo y las aves nocturnas.

—Lo que no te dije hace rato, y que te he querido decir desde hace un buen tiempo, es que...

—¿Ajá?

—Me gustas, Leónidas. Se me haces un chico muy atento y educado. Lo vi estas semanas, tuviste muchísima paciencia y tacto con las señoras a la hora de enseñarles. Me gustaría que después de esto, cuando regresemos a Puebla... claro, si tú quieres, nos sigamos conociendo.

Carajo. Respiré hondo.

—Mira, Lili, sinceramente a mí también me pareces una chica muy linda con todos y no tendría ningún problema en que nos lleváramos bien. Solo que... no estoy preparado para algo serio en este momento.

—Lo entiendo —contestó ella con una tranquilidad que me sorprendió—. ¿Sabes? Creo que tengo que regresar a ayudar a calentar el café.

Se dio la vuelta y caminó de regreso a la fiesta. Yo me quedé ahí, siguiendo el sendero solo, intentando asimilar todo lo que había vivido en este mes. Cuando caí en cuenta de la escena con Lili, me di un golpe en la frente. Puta madre, creo que la cagué. Se lo solté demasiado en seco. ¿Debería regresar y pedirle una disculpa por cómo sonó?

En eso estaba pensando cuando escuché el sonido de agua caer. Qué raro, no sabía que hubiera un río cerca. Al adentrarme un poco más, la luz de la luna me ayudó a descubrir una cascada hermosa que se ocultaba entre los árboles. Me senté en una roca cerca de la orilla y me deleité un buen rato con el sonido y la brisa fresca que me salpicaba la cara.



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En el texto hay: romantico, aventura, inesperado

Editado: 27.06.2026

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