Encuentro
Amaya Montenegro
—¡Ayyyyyyyyyy! —grité con todas mis fuerzas, tanto por el dolor de la piedra puntiaguda que se me enterró en la espalda al caer, como por el susto de muerte que me provocó el cuerpo entero que tenía encima.
Abrí los ojos y alcancé a ver cómo el susodicho entrecerraba los párpados. De repente, sus ojos se abrieron con una sorpresa genuina. Justo en ese mismo instante, un ardor espantoso, como fuego vivo, comenzó a escalar por mi cuello. Por puro instinto de supervivencia, me impulsé hacia adelante para alejarme de lo que fuera que me estaba quemando, lo que a su vez hizo que me rozara con aquel chico.
—¿Tú otra vez? —soltó él, con un tono bastante disgustado—. ¿No tuviste suficiente con las últimas dos veces que me metiste en problemas o qué?
Con una rapidez que ni Usain Bolt envidiaría, se quitó de encima y se dio la vuelta dispuesto a marcharse.
—Es que neta... —se quejó, volteándose repentinamente con los brazos abiertos—. ¿Qué chingados tiene el universo contra mí que...?
Su reclamo se cortó en seco al ver mi expresión de pura urgencia y escuchar los gemidos de sufrimiento que ya no podía contener. De inmediato, sus cejas se apretujaron y su rostro cambió a uno de total preocupación.
—¿Qué sucede? —Se acercó a mí a pasos agigantados, intentando revisarme.
—No, ¡aléjate! —le espeté, caminando a tropezones hacia el agua, sumamente irritada por el escozor—. Ya me dejaste bastante claro en el estacionamiento que no quieres tener nada que ver conmigo. Leave me alone!
—Me lleva la... —escuché que susurró entre dientes. Apuesto lo que sea a que pensó que no lo oí.
Llegué a la orilla y me lavé desesperadamente la zona del cuello, que me ardía como el demonio. Al final, todo esto era mi culpa por necia. ¿A quién se le ocurre dar una caminata a solas a su lugar favorito en su última noche de voluntariado? Debí haber hecho caso y quedarme a descansar para el viaje de regreso de mañana.
—Oye, ¿sabes si eres alérgica a alguna planta? —preguntó con urgencia, agachándose a ver el lugar exacto entre los matorrales donde me había tacleado.
—¿Por qué?
—Porque caiste arriba de una mala mujer.
—¿En una... qué? What is that? —pregunté, asustada por el nombre.
—¿Dónde te estás quedando? —interrumpió él, notablemente angustiado mientras se me acercaba de nuevo.
—En Ahuata. Está a unos...
No me dejó ni terminar la frase. Me tomó en brazos con una facilidad ridícula y, antes de que pudiera protestar, ya me había acomodado en su espalda.
—¡Ey! What the hell are you doing?! ¡Bájame!
Él ni siquiera se molestó en contestar. Solo se concentró en avanzar. Juro que llegamos al pueblo en menos de la mitad del tiempo que me tomó a mí hacer la caminata de ida. Él parecía un atleta de alto rendimiento.
—¿Sabes si hay un doctor cerca? —Me miró de reojo y él solito se respondió con frustración—: Qué pendejo soy... ¿En qué parte de Ahuata te quedas?
—Para allá —señalé con el dedo hacia el restaurante que el programa había adaptado como vivienda para nuestro grupo durante este mes—. Pero en serio, yo puedo caminar sola.
Le dije eso al notar que tenía intenciones de volver a cargarme. En cuanto pisamos la entrada, Gaby, una de las encargadas de mi grupo, apareció en la puerta.
—Amaya, ¿qué suce...? —Su pregunta se quedó a medias al ver nuestra extraña facha—. ¿Qué pasó?
—Mire, resulta que... —empezó a explicar.
—Deja que hable yo —lo interrumpí, harta de su complejo de héroe—. Mira, Gaby, estaba dando una última caminata por la cascada cuando este "caballero" —marqué el sarcasmo con los dedos— me tacleó sin razón alguna.
Ahí fue cuando mi querida Gaby le lanzó una mirada matadora de esas que congelan el infierno. ¡Cómo amaba a esa mujer!
—Pero chéquela, por favor —insistió él, ignorando el odio de Gaby—. Creo que la rozó una mala hierba y...
—Ya hiciste suficiente, muchacho. Deja que yo me encargue de ella —lo cortó Gaby con voz de sargento.
Me tomó suavemente del brazo, me metió al lugar e hizo el movimiento más satisfactorio de toda mi noche: le cerró la puerta en la cara con un golpe seco.
—Ay, hija... ¿Qué te dije de los animales roñosos con los que te podías encontrar en el monte? —suspiró Gaby, dándose la vuelta.
Lo único que pude contestar ante semejante comentario fue una sonora carcajada. Gaby me revisó bajo la luz de la cocina para no despertar a los demás muchachos. Luego, me llevó a su habitación para untarme una pomada que, según ella, era santa medicina para la picazón. Y no mintió; a los pocos minutos el fuego en mi piel disminuyó y por fin pude tener mi tan ansiado momento de descanso.
✏️✏️✏️
Era el día de la partida. No podía creer que la experiencia por la que tanto discutí con mi abuela estuviera llegando a su fin. Definitivamente me llevaría este mes guardado en lo más profundo del corazón. Nunca iba a olvidar la calidez y la humildad de la gente de este pueblo, ni las caritas de pura alegría de los señores de la tercera edad al aprender a escribir su propio nombre.
Todo eso se iría conmigo. Ojalá este viaje lograra reemplazar los malos recuerdos que arrastraba antes de que siquiera se me cruzara por la mente venir a México. Porque esta versión de mí, la Amaya de este voluntariado, me gustaba muchísimo más que cualquier otra versión que hubiera conocido.
Estábamos terminando de empacar las cajas con nuestras cosas para subirlas a la miniván, cuando un dolor punzante comenzó a taladrarme la cabeza. El aire empezó a faltarme. Inmediatamente, Gaby lo notó, me llevó a la cocina a paso rápido y me hizo tomar un vaso de agua. Al ver que mis manos no dejaban de temblar y que el color se me iba por completo, su rostro se llenó de genuina preocupación.
—Lo mejor va a ser que te vea un médico, muchacha. Tu cara se ve como si acabaras de ver a un muerto.