Lazos

13

Susto

Leónidas Navarrete

Lo primero que vi fueron sus ojos abrirse. Jesús... Solo Él sabía lo mucho que me había preocupado por esta mujer luego de encontrármela desmayada, recargada contra la pared y con una cabra furiosa custodiándola.

Damn... —la escuché murmurar debajo de mí, mientras giraba la cabeza con pesadez.

—¿Qué sucede, cariño? ¿Cómo te sientes? —preguntó Gaby, la encargada de su grupo, que venía regresando de comprarse un café.

Amaya alzó ligeramente la cabeza en dirección a Gaby, un pinchazo en el pecho.

—Ya solo me duele un poquito la cabeza —respondió con la voz débil.

—Perdóname, Amaya —dijo Gaby, acercándose preocupada para tomarle la mano—. No debí dejarte sola en esas condiciones. Fue mi culpa...

De inmediato fue interrumpida por la "lisiada"-ja como en "¿Qué haces besando a la lisiada?", ya, ya, perdón, me disocié-.

—No pasa nada, Gaby. Fuiste a buscar ayuda —dijo Amaya, volteando a verme—. Aunque ya veo que no trajiste la mejor.

Me miró juzgándome de arriba abajo con esos ojos entrecerrados. Yo solo alcancé a alzar una ceja, indignado.

—De hecho, hija, él fue quien te encontró —la defendió Gaby.

Yo asentí con suficiencia. Para que veas, Chilly.

—Pero tampoco es que haya sido el más indicado para salvarte —remató Gaby, destruyendo mi orgullo en un segundo. Sentí cómo mis mejillas se encendían—. Resulta que este chamaco no fue capaz de enfrentar al chivo por puro miedo. Hasta parecía Leo San Juan de lo chisguete que se puso.

Trágame, tierra. Ya no sabía ni dónde esconder la cara. Amaya se le quedó viendo a Gaby con una expresión de total extrañeza. Claro, no es de México, no tenía ni la menor idea de qué era eso.

—Es... una caricatura, luego te explico —continuó Gaby—. El caso es que, al parecer, tuviste una reacción alérgica tardía a la planta de ayer. O al menos eso fue lo que le entendí a los médicos. Vas a tener que estar unas horas más en observación.

—Muchas gracias, Gaby. Y de verdad, disculpa las molestias. ¿Nos iremos pronto?

—Pues... justo de eso te quería hablar. Me es súper urgente irme ya. Mis hijos se quedaron con su papá en Puebla, pero por los acuerdos de divorcio me es indispensable estar allá cuanto antes.

—Tranquila, Gaby, ve con calma. Yo ya veré cómo me regreso en autobús.

—Hablando de eso... —Gaby se giró y clavó sus ojos en mí.

—No. Eso no —sentenció Amaya, asustada, adivinando el plan.

—Es lo más seguro, hija. Leo es el único de los dos que tiene carro y la disponibilidad para llevarte. No quiero que te regreses sola en transporte público, y menos en tus condiciones.

Amaya miró fijamente a Gaby, luego me miró a mí con cara de querer ahorcarme. Al final, soltó un gran suspiro y aceptó su destino. Gaby se despidió a las carreras, no sin antes lanzarme una mirada amenazante que decía claramente: le pasa algo y te mato.

El tiempo de observación se me hizo eterno, pero por fin, alrededor de las tres de la tarde, logramos emprender el camino de vuelta a Puebla. Durante el trayecto, Amaya se mantuvo como una tumba. Se puso los audífonos, clavó la vista en la ventana y cruzó los brazos. Gran lenguaje corporal, de verdad.

La verdad es que el viaje iba tranquilo, hasta que nos adentramos en una zona boscosa con una niebla pesadísima. El panorama se puso tenso de golpe. Me aferré al volante con fuerza; éramos los únicos pasando por esas curvas tan peligrosas de la Sierra... o eso esperaba. Después de unos diez minutos de avanzar a vuelta de rueda entre la blancura, el motor empezó a hacer ruidos raros y, poco después, la camioneta se detuvo por completo. Genial. Justo lo que necesitaba.

—¿Qué sucede? —preguntó Amaya, perdiendo su pose de roca y viéndose asustada de repente.

—Se descompuso el coche.

—Dime algo que no sepa, tonto —el sarcasmo volvió a su voz en un segundo.

—Que estuve todo el tiempo al pendiente de ti mientras estabas inconsciente en esa cama de hospital —le solté, encendido. Bien Leónidas, solo te faltó decirle que fui yo quien (casi) se peleo con Gaby por llevarla al hospital.

—¿Ah, sí? ¡Pues yo no te lo pedí! —replicó, cruzándose de brazos con indignación.

—Entiendo que las últimas veces que nos hemos visto no nos hayamos tratado de la mejor forma, pero tampoco es forma de hablarme —dije, sintiendo que la paciencia se me evaporaba.

—¡Ahhh, ahora el señorito se indigna porque "no es forma de hablarle"! —exclamó, haciendo comillas ridículas con los dedos—. ¡Al carajo! Quédate tú con tu camioneta y tu complejo de salvador.

Antes de que pudiera detenerla, abrió la puerta, se bajó de la camioneta y se adentró directo en la boca de lobo que era la niebla.

Apuesto a que no va a caminar ni tres metros, pensé. Pero no fue así. Pasaron cinco minutos y no regresaba. La preocupación empezó a ganarle a mi ego. Me llevaba la chingada. Estábamos en medio de la nada y me mandó a la finca de López Obrador ("La chingada"), ni modo a tragarse mi pinche orgullo. Aseguré la camioneta y seguí el camino que suponía había tomado.

Después de unos eternos veintitrés minutos de caminata entre la neblina, por fin encontré señales de civilización: unas construcciones de piedra blanca, bastante antiguas y misteriosas. Supuse que debía estar metida ahí.

—¿Qué hace uste' aquí? —me interrumpió una voz femenina.

Me di la vuelta del puro susto. Era una mujer vestida con ropa sencilla de color blanco que parecía haber salido de la nada. Joder, casi me da un infarto.

—Eh... hola. Estaba buscando a una chica. Bajita, morena, cabello negro esponjado... ¿Le suena?

—Ah, sí. Debe ser su esposo, ya le dimos refugio. Pase por acá.

—No, ella no es mi...

La mujer ni me dejó terminar de hablar; me tomó firmemente del brazo y me arrastró al interior del lugar. Y en efecto, ahí estaba la bendita mujer. Sentada muy cómoda a la mesa, tomándose un atole calientito en un jarro de barro. Yo casi muriendo de un paro cardiaco en el monte y ella bien gracias. Dios mío, dame paciencia con esta criatura.



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En el texto hay: romantico, aventura, inesperado

Editado: 25.07.2026

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