Lazos

14

Por fin en casa
Amaya Montenegro

Cerramos las puertas del coche al mismo tiempo, conteniendo el aliento. Leo giró la llave para encender el motor y, al ver que arrancó al primer intento, ni siquiera nos sorprendimos. A esas alturas, la lógica ya no aplicaba para nosotros. Emprendimos inmediatamente el camino de regreso. El trayecto fue bastante silencioso, pero juro que casi podía escuchar los ruidosos pensamientos que salían de nuestras cabezas. Por fortuna, el viaje se me hizo bastante rápido; o bueno, al menos esa fue mi impresión debido al shock.

En cuanto empecé a reconocer las calles y los edificios familiares, saqué mi celular de la mochila para escribirle a mi abuela. Necesitaba que supiera que estaba a salvo.

Abue, ya casi llegamos

Qué bueno, hija. Aquí te espero.

Solté un suspiro aliviada. Finally. Por fin iba a estar en la seguridad de mi (ahora) hogar.

Desde que el coche cruzó la entrada del fraccionamiento, alcancé a ver a lo lejos a mi abuela, parada en la banqueta, esperándonos. Ver su silueta hizo que, por fin, toda la tensión que traía acumulada en los músculos desde que salimos de ese maldito pueblo se disipara por completo. En cuanto nos bajamos, corrió a envolverme en un fuerte abrazo. Se lo regresé con una intensidad que ni yo misma esperaba; he de admitir que estaba a un pelín de ponerme a llorar, un detalle que, por supuesto, no pasó desapercibido para tan sabia anciana.

Se separó un poco y me miró a los ojos, analizándome.

—¿Qué sucede, cariño? —preguntó con infinita ternura. De repente, su rostro se endureció y miró de reojo a Leo—. No me digas que este muchacho te puso las manos encima... Solo dime y...

—No, abue, no way, no fue eso para nada —la interrumpí de inmediato.

—¿Entonces? Porque lo cierto es que los dos están sumamente pálidos... parece que hubieran visto un fantasma.

Leo y yo volteamos a vernos al mismo tiempo, con los ojos como platos.

—¿Qué sucedió? —insistió, alternando la vista entre los dos.

—Nada, nada —respondimos al unísono, demasiado rápido.

—Es solo que... en la carretera se nos atravesó un animal enorme por la niebla y... nos pegamos un susto tremendo —inventó Leónidas

Ohhh, ya veo —asintió mi abue. Su tono sonaba convencido, pero sus ojos decían otra cosa. Como siempre decía ella: "Más sabe el diablo por viejo que por diablo".

—Sí, señora, pero lo importante es que ya estamos aquí —continuó Leo, sacando mi maleta del coche a y dándomela—, y estamos bien.

—Claro —sonrió mi abuela—. Y de verdad, muchacho, muchas gracias por cuidar de mi nieta.

—No fue nada, señora —respondió él, aunque alcancé a notar una ligera pizca de tensión en su voz—. Casi, casi su nieta se cuida sola.

Sentí cómo la cara se me ponía roja, en una mezcla ardiente de coraje y vergüenza. What a jerk! Tomé la maleta de un tirón y me dirigí a la puerta de nuestro edificio.

—Bueno, me siento muy cansada. I'm going inside. Bye.

—Hija, ¿no le vas a agradecer al muchacho? —me reprendió mi abuela desde atrás.

Maldita sea, pensé, apretando el asa de mi maleta con más fuerza. Me di la vuelta con pura determinación y lo miré fijamente.

—Gracias —dije entre dientes.

Giré la llave en la cerradura y abrí la puerta de la casa, dejando que mi abuela se quedara platicando un rato más con Leo en la entrada (primer error, dejarlo hablar). Caminé directo a mi habitación, solté la maleta en el suelo, tomé ropa limpia y me metí a darme un baño rápido. Lo de mi cansancio no era ninguna mentira; después de todo lo que habíamos vivido, mi cuerpo gritaba por mi cama y unas buenas horas de sueño.

Sin embargo, para cuando salí del baño tallándome el cabello con la toalla, me topé con mi abuela esperándome en la sala. Tenía los brazos cruzados y una expresión furiosa.

—¿Cuándo pensabas decirme que estuviste internada en un hospital?

Oh, shoot. El chismoso ya había hablado.

—Ay, abue...

—¡Nada de "ay, abue"! —cortó mi intento de defensa—. Te pudo haber pasado algo grave allá y yo ni enterada. ¿Qué tal si esa alergia empeoraba? ¿Qué cuentas les iba a dar a tus padres si, Dios no lo quiera, te me hubieras muerto, eh? ¿Siquiera lo pensaste, Amaya Montenegro?

—Abuela, please, no pude avisarte porque estuve inconsciente por bastantes horas —le expliqué, intentando calmarla—. Además, no quería preocuparte desde tan lejos...no ibas a poder hacer nada desde aquí. Y para colmo, ni siquiera tenía señal en el teléfono para mandar un mensaje.

—Dios mío, muchacha, lo importante es que me entere en el momento —suspiró ella, suavizando el tono—. Podré estar lejos, pero siempre veré la manera de llegar a ti...

Mientras mi abuela continuaba con su sermón, sentí un mareo repentino. Tuve que sostenerme del respaldo de una silla comedor porque el piso pareció moverse y los párpados me pesaban toneladas.

—...Espera. ¿Tienes mucho sueño? —preguntó mi abue, interrumpiendo su propio regaño al ver mi estado.

—Sí, abue, la verdad es que... —Me detuve un segundo. No, era obvio que no podía contarle lo que realmente nos había—. Estoy cansadísima por lo de la alergia y las horas de carretera. Necesito dormir ya.

—Perdona, hija. ¿Quieres que te prepare algo de tomar? ¿Un té?

—No, gracias, abue. Just sleep. Es lo único que necesito.

—Bueno, bueno, anda, ve a acostarte.

Caminé a tropezones hacia mi cuarto y ya estaba a punto de dejarme caer sobre las cobijas cuando la voz de mi abuela flotó desde el pasillo:

—Por cierto, llamaron de...

Pero mi cerebro se desconectó por completo. No alcancé a escuchar de dónde o de quién era esa llamada, porque en cuanto mi cabeza tocó la almohada, caí rendida en las garras de un profundo y muy necesitado sueño.



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En el texto hay: romantico, aventura, inesperado

Editado: 25.07.2026

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