Primer día
Amaya Montenegro
Resultó que la llamada perdida era de la universidad. Me avisaban que, en efecto, se había liberado un lugar para mí, pero que tendría que correr con un montón de papeleo para revalidar materias. Poco después de aquel loco viaje con el vecino —y obviamente después de dormir como si me hubieran anestesiado—, fui a dejar mis papeles. Por puro milagro todo se solucionó rápido. Y así fue como llegué a este preciso momento: el temido instante de enfrentarme a un lugar completamente nuevo.
Ahí estaba yo, hecha un manojo de nervios, sosteniendo la hoja impresa que avalaba mi inscripción. De lo tenso que tenía el cuerpo, se me resbaló de los dedos y el viento, que parecía traer algo personal contra mí, la voló por toda la entrada. Oh, great, qué pena. Tuve que perseguirla como loca por el estacionamiento. Al final, ni siquiera tuve que mostrarle el código al vigilante; al verme regresar exhausta y con el papel arrugado, solo se rió y me hizo una seña para que pasara. Rogué internamente para que la cara no se me pusiera roja, aunque sé que ya parecía una fresa madura.
Cuando por fin se me pasó el bochorno, miré a mi alrededor. El campus era enorme y súper moderno, no se parecía en nada a los edificios de ladrillo de mi anterior escuela. Caminé un buen rato entre los edificios para hacer tiempo, pero cuando me distraje con el reloj, descubrí que solo me quedaban cinco minutos para que empezara mi clase y no tenía la menor idea de dónde estaba el salón. Supongo que mi cara de pánico absoluto me delató, porque una chica se acercó de inmediato.
—Adivino —dijo con total confianza—, ¿nuevo ingreso?
—Huh?
—Sí, me refiero a si eres de primer semestre.
—¡Ah, no, no! La verdad es que me transferí de otra universidad y estoy completamente perdida.
—Con razón, traes la típica "cara de nuevo ingreso". A ver, ¿qué salón dice tu horario?
Saqué rápidamente otra de las hojas de mi mochila y se la tendí.
—¡Mira qué suerte! Nos toca en el mismo salón, ven conmigo.
La miré con un alivio que me devolvió el alma al cuerpo. Thank God, no iba a pasar la vergüenza de llegar tarde.
—Y... ¿de dónde eres? —preguntó ella mientras sorteábamos los pasillos—. Tu acento no suena para nada mexicano.
—Soy de Estados Unidos, de Florida.
—¿En serio? ¿Y qué haces de este lado?
—Well... pasaron varias cosas allá y decidí venirme a vivir con mi abuela. Es una larga historia.
—Pues si tienes tiempo después de las clases, podemos ir por un café para que me cuentes. Por cierto, me llamo Avril —dijo, tendiéndome la mano.
—Mucho gusto, yo soy Amaya —respondí con una sonrisa—. Y me encantaría, de verdad, pero saliendo tengo clase de tenis.
—¿Tenis? ¿Lo practicas?
—Para nada, pero cuando estaba haciendo el proceso de inscripción vi un cartel del área deportiva y me llamó la atención. Me inscribí hace unos días para intentar algo nuevo.
—Oh, ya veo. ¿Y a qué hora entras?
—De cinco a seis de la tarde.
—Perfecto. El miércoles salimos más temprano, así que ese día no tienes excusa para el café.
—Me parece un excelente plan.
Terminamos la conversación justo a tiempo, pues ya estábamos en la entrada del aula. Y así, sin más preámbulos, tuve mi primera clase en un país distinto y rodeada de gente nueva.
La verdad es que las materias no estuvieron tan pesadas, pero sí me sentí un poco fuera de lugar. Resulta que, mientras que este era mi primer día, los demás ya llevaban dos días viniendo. Los profesores ya estaban pidiendo tareas y lecturas que yo obviamente no tenía idea de que existían. Lo bueno fue que aplicaron la de "es la nueva" y me tuvieron bastante paciencia.
Al salir, Avril me dio las indicaciones exactas de rutas me llevaban a la sede de la uni en la que estaba el área deportiva. Estaba súper entusiasmada; de hecho, desde la noche anterior apenas había podido pegar el ojo por la emoción de atreverme a tocar una raqueta por primera vez. Esa chispa de emoción no se me quitó en todo el trayecto... hasta que lo vi.
—Genial. Otra vez tú —solté esta vez yo
Él se giró al escucharme. Decidí ignorar la mala jugada del destino y busqué mi tarjetón de deportes.
—Bueno, ya que estás aquí y que veo que estás bastante familiarizado con las instalaciones, supongo que al menos me podrás decir quién es el profesor Leónidas Navarrete. Aquí dice que es mi instructor.
Él me clavó la mirada y dibujó una sonrisa bastante tensa.
—Mucho gusto.
En ese microsegundo me cayó el veinte. Claro. Leo. Leónidas Navarrete. ¡¿Por qué maldita sea no lo conecté antes?!
—Fuck... —maldije en voz baja—. ¿Qué no se supone que eres muy joven para ser instructor universitario?
—No lo suficiente como para no dar las clases —replicó con superioridad—. Además, tengo bastante experiencia en este deporte. ¿Vas a seguir cuestionando mis credenciales o ya puedo empezar? Los demás están esperando.
Con una enorme dosis de resignación, caminé hacia las bancas para dejar mi mochila y me uní al resto del grupo.
—Bien, chicos —anunció Leónidas en voz alta, captando la atención de todos—. Al parecer tenemos una nueva integrante. Así que quiero que se presente y ustedes también.
—Hola, me llamo Amaya y tengo veinte años. Digamos que soy una estudiante de transferencia, solo que ya me quedaré a vivir aquí definitivamente.
Después de mí, los demás se presentaron rápido. Si la memoria no me fallaba entre tanto estrés, anoté mentalmente sus nombres: Sofía, Andrea, Daniel, Carlos, Ricardo, Angie y Jorge.
—Bien, chicos, como ustedes ya calentaron mientras su compañera llegaba, van a correr diez minutos alrededor de las canchas —ordenó el profesor.
Los quejidos e insultos ahogados no tardaron en resonar en todo el complejo.
—Nada de reclamos —sentenció Leo con voz firme de capataz—. O van ahora mismo, o el castigo sube a veinte minutos. Tienen que desarrollar resistencia si quieren aguantar un partido completo.