Chihuahua
Leónidas Navarrete
—Y... ¿qué tal estuvo tu clase de las cuatro? —preguntó el chihuahua que tenía al lado.
Le decía así mentalmente porque era chiquita, nerviosa y, justo ahora que el viento de la tormenta empezaba a colarse bajo el techo, temblaba ligeramente.
—Bien —respondí, seco.
Silencio. El único ruido era el de las gotas gordas estrellándose contra el cemento. Ella cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, visiblemente incómoda.
—Y... ¿cómo está la niña a la que le pegó la pelota en la cara?
—Bien.
Noté de inmediato cómo la desesperación y la impaciencia empezaron a aflorar en sus rasgos. Se cruzó de brazos, irritada.
—¿Puedes ser una persona normal y decirme algo más aparte de "bien"? —exclamó exasperada. Jum, vaya que tenía actitud la señorita.
—Bien —le repetí, solo para ver cómo me lanzaba una mirada de advertencia con esos ojos oscuros—. Está bien, de verdad. Solo fue el susto, no le va a quedar ni morado.
—Te veías como si no supieras qué hacer —atacó de vuelta, picándome el orgullo.
—Es que no sabía qué hacer. No es mi fuerte.
—Noooo, no me digas. Porque se nota a kilómetros que eres una persona que desborda amor por los niños —soltó con una dosis masiva de sarcasmo.
—Pues no, la verdad no sé cómo tratarlos —admití, dándole la espalda para acomodar unas raquetas en la maleta—. Nunca tuve un hermano pequeño al que cuidar en el rancho, siempre fui el menor.
—Mmm, ya.
Otro silencio incómodo se instaló entre los dos. Amaya miraba fijamente hacia la cancha inundada, pero sabía que se estaba guardando otra pregunta. Era demasiado fijada.
—¿Y qué le dijiste para que se riera?
Me tensé un poco. No me gustaba sentirme observado, y menos por ella.
—Qué te importa —dije, tal vez un tono más brusco de lo que pretendía.
—Puff, whatever. Si tanto te molesta mi compañía, perfecto —soltó, agarrando las correas de su mochila con fuerza—. Me voy.
Y así, sin más, se dio la vuelta y se bajó de la banqueta, adentrándose directo en la lluvia torrencial que caía sobre el campus. La vi alejarse, empapándose en cuestión de segundos. Como ya no quedaba ningún alumno rezagado por el que tuviera que responder, cerré la cremallera de mi maleta, saqué mi sombrilla y me dirigí a paso rápido hacia el estacionamiento para poder volver a casa.
El trayecto en el coche iba normal, pero no me tomó mucho tiempo toparme con la misma silueta menuda caminando por la orilla de la avenida principal de la universidad, completamente desamparada bajo el agua. Bajé la velocidad y bajé a ventanilla del copiloto. En cuanto Amaya se percató de mi presencia, vi cómo sus ojos brillaron con una chispa de esperanza, pensando seguro que le iba a rogar que subiera. Estaba a punto de abrir la boca para hablar, cuando por mi mente cruzó un recuerdo. Sentí una punzada rara en el estómago, una mezcla de molestia e incomodidad que me hizo fruncir el ceño. Estiré el brazo hacia el asiento trasero, tomé una sudadera extra que siempre cargaba por si refrescaba y se la lancé directo por la ventana abierta.
—Toma.
Apenas y la pudo cachar al vuelo, parándose en seco bajo el aguacero.
—¿Por qué...?
—No preguntes y súbete —le ordené.
El fuego regresó a su mirada en un segundo.. Hecha una furia, arrugó la prenda y me la regresó lanzándola con fuerza hacia el interior del auto.
—No quiero causarte más "problemas" —dijo, enfatizando la última palabra con evidente rencor, antes de reanudar su caminata.
Me lleva la chingada. Qué mujer tan terca.
—¡Anda, que no lo voy a volver a repetir! —Le grité, usando un tono un tanto autoritario mientras avanzaba al par de sus pasos—. ¡Súbete, Amaya!
—¡Prefiero ir caminando bajo la lluvia, gracias! —me gritó de vuelta, sin voltear a verme.
—Chingadamadre... —susurré por lo bajo.
Estacioné el coche de golpe a la orilla, puse las intermitentes y salí al agua. Las gotas me golpearon la cara con fuerza, empapándome la playera en tres segundos. Rodé el cofre a paso veloz, le gané el paso y abrí de par en par la puerta del copiloto. Antes de que pudiera protestar, le arrebaté la mochila de los hombros y la aventé al asiento trasero. Luego, saqué una toalla limpia de mi maleta del gimnasio, la extendí sobre el asiento de tela para que no lo mojara y le puse la sudadera otra vez en las manos.
—Póntela y súbete ya, o yo mismo le voy a decir a tu abuela por qué te resfriaste. No seas necia, acabas de salir del hospital hace apenas unas semanas.
Amaya bufó, completamente resignada, y apretó la sudadera contra su pecho. Al quitársela de las manos, alcancé a notar que su piel estaba helada. Esta chica es de lo más terca, Dios mío, dame paciencia. Se subió al asiento de un brinco y yo cerré la puerta con fuerza para rodear el auto y subirme del lado del conductor. Genial, ahora yo también iba a tener que darme un baño de agua caliente en cuanto llegáramos para que no se me cerrara la garganta después.
Encendí la calefacción a tope. El ambiente dentro de la cabina era una mezcla de vapor, el sonido de los limpiaparabrisas y una tensión que se cortaba con un cuchillo.
—No sé por qué siempre terminamos enojados cuando estamos juntos —murmuró ella, rompiendo el hielo mientras se pasaba la sudadera gigante por la cabeza. Le quedaba enorme.
—Yo no me he enojado —respondí, metiendo primera para incorporarme a la avenida.
—¿Ah, no? ¿Y qué tal en la cascada el otro día? Casi me matas del susto.
—Bueno, pero ahí pensé que eras un animal o un intruso.
—¿Y qué me dices del golpe? Te portaste como un completo jerk.
—Bueno, ese reaccione mal, lo reconozco, pero estaba justificado porque me golpeaste con tu ventana.
—No del todo —replicó, acomodándose en el asiento—. Y menos cuando fui de buena fe a dejarte la comida como disculpa. Me trataste horrible.