Valeria Velaz salió del consultorio. Se sentía muy feliz porque el médico le había confirmado lo que ya sospechaba, así que era una grandiosa noticia.
Perdida en su ensoñación, caminó por en medio del pasillo sin dejar de suspirar. Tampoco podía retirar sus manos del vientre, posando su mirada en ellas.
Estaba tan distraída, que no se dio cuenta que alguien, a unos pasos de ella, se había detenido, pues estaba a punto de arrollarlos.
—¡Señora, tenga cuidado!
Valeria se detuvo antes de estamparse con la silla de ruedas. Miró a la niña que, sentada, la miró con una gran sonrisa, mientras que el sujeto, quizá el padre de la pequeña, la miró con el ceño fruncido.
—¡Lo siento! —se disculpó Valeria haciéndose a un lado para dejarlos pasar.
La emoción que sentía la había hecho olvidar que el angosto pasillo era el único medio para acceder al área de los consultorios.
Sonrojada por su torpeza, se pegó a la pared para que el hombre continuara su camino. Él murmuró un “gracias”, empujó la silla y mientra se alejaba, la niña asomó la mano por un lado del respaldo y le dijo adiós con enérgicos movimientos.
“Qué niña tan linda”, pensó y bajó la mirada a su vientre.
Ella también llevaba a alguien, aunque la nueva vida tenía apenas unas cinco semanas, según le dijo el médico. ¡Estaba esperando un bebé!
Volvió a suspirar antes de volver a emprender la marcha para salir de aquel pasillo que podía producir claustrofobia si no se estaba acostumbrado a los espacios reducidos. Además, tenía que apurarse para llegar a casa y darle la magnífica noticia a su esposo.
No podía imaginarse la cara de él cuando supiera que iba a ser padre.
Sin que la felicidad abandonara su expresión, llegó al estacionamiento, subió a su auto y salió a la avenida para dirigirse a su casa, pensando de repente en algo.
¿Cómo le daría la noticia a su marido? ¿Debía dársela así, sin más, o quizá debía elaborar una cena romántica? Cocinar un sabroso platillo, el preferido de él.
Una cena con velas, vajilla y mantel de gala. Flores y amor... mucho amor. Entonces, después de hacerlo muy feliz, incrementaría su dicha susurrándole que tendrían un hijo.
¿Algo más cursi? ¡Imposible! La cena era el mejor escenario para que el amor de su vida recibiera la noticia.
Después de intentarlo dos años, por fin eran bendecidos. Iban a ser padres. Tanto ella como su esposo estaban ansiosos por compartir el amor que se tenían con un hijo.
Así pues, entre planes y sonrisas, llegó a su calle. Se detuvo en frente de su casa.
No pudo entrar a la cochera porque su lugar estaba ocupado por un auto que reconoció muy bien. También vio el coche de su esposo, de modo que los dos vehículos estaban uno al lado del otro en la cochera.
¿Qué estaba haciendo su amiga en su casa? Se suponía que a esa hora debía estar en una entrevista para un trabajo que era conveniente a sus estudios universitario. Su mejor amiga se había graduado en una rama de la ingeniería industrial y su especialidad la ejerció en una compañía de Estados Unidos en donde vivió los últimos dos años.
Por lo que ella y su esposo sabían, su amiga parecía muy feliz con su cargo en la empresa extranjera y le encantaba aquel país, pero tres semanas atrás, los había sorprendido con su regreso. Sin decirles a qué se debía que hubiese renunciado a un trabajo que le gustaba mucho, se dispuso a descansar unos días y después, se dedicó a buscar un empleo que fuera acorde con su diplomado.
Por otro lado, que su marido estuviera en casa no le extrañaba, porque tenía un negocio particular (de hecho, le había ofrecido a su amiga un trabajo, pero ella no lo quiso y prefirió buscar por su cuenta). Así que él podía disponer de su tiempo como quisiera.
En cuanto a su amiga, quizá estaba ahí porque quería saber qué le había dicho el médico, aunque luego le pareció ilógica la idea.
Valeria llevaba unos días sospechando lo del embarazo, así que había compartido con su amiga su presentimiento, sin embargo, no le mencionó que ese día iría a confirmarlo con el médico.
Entonces, sintió ansiedad al pensar que su amiga podía mencionarle a su marido lo del embarazo. No quería que le arruinara la sorpresa, así que se apresuró a entrar a la casa, pero en cuanto traspasó el umbral, sintió algo… una cosa en el ambiente que no supo qué era.
Se detuvo y miró a su alrededor. Ni su esposo ni su amiga estaban a la vista. Aferró con fuerza la correa del bolso y se deslizó en silencio por el pasillo sin mirar aquellas paredes que estaban adornadas con diferentes cuadros de paisajes, fotografías y otros objetos que, en ese instante, no eran importantes y después, lo serían todavía menos.
Sus sigilosos pasos se detuvieron ante la habitación que compartía con su marido. Los susurros y suspiros que salieron de ahí hicieron que su expresión se transformara a una de incredulidad.
Pudo reconocer qué suspiros eran esos.
Los susurros que escuchó fueron tan claros en las palabras pronunciadas, que lastimaron no sólo sus oídos, sino también su corazón, su ser, todo lo que ella era.
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Editado: 29.06.2026