Lazos

Capítulo 1

—¡Patricia, despierta!

La joven abrió los ojos, pero volvió a cerrarlos. No quería levantarse.

—¡Vamos, niña! ¡Arriba!

La chica abrió un ojo y miró a su madre con fastidio, luego cogió la sábana y se cubrió el rostro, dispuesta a continuar con el dulce sueño que estaba teniendo.

Soñaba con Ibrahim. En el sueño, él le pedía que fuera su novia.

—¡Patricia! —gritó Imelda, apremiante—. ¡Levántate!

—Vete, ma —susurró Paty a través de la sábana.

—¡Nada de eso, señorita! ¡Levántate porque el joven Dabir te necesita. Parece que hizo un desastre en su habitación con la jarra de agua. Quiere que vayas a poner orden.

Patricia bajó la manta y miró a Imelda, una mujer de edad madura, morena y cabello negro muy ensortijado. Sus almendrados ojos sostuvieron la reprobadora mirada de su hija.

—¡Mamá! ¿Por qué ese petulante bueno para nada nos molesta hoy? ¡Se supone que es domingo, nuestro día de descanso!

Imelda Iturbide se retiró del regordete rostro un mechón de cabello y suspiró. A ella también le molestaba que se les interrumpiera del descanso que sólo podían tener los domingos. Los demás días de la semana trabajaban duro para sus patrones, Asim Kalil y su esposa Tania. Pero sin duda, los que más requerían de sus servicios, eran los dos hijos del matrimonio: Dabir el mayor e Ibrahim, el menor.

No sólo se encargaban de todas las labores domésticas en la mansión, sino que también debían consentir a los jóvenes. Ellos eran los reyes de la casa.

—Tienes razón en sentirte irritada, cariño —le respondió en tono suave mientras retiraba las sábanas de la cama para obligar a Patricia a levantarse—. Pero ellos son los que mandan, además, ya es tarde, creo que has dormido mucho.

Muy alterada, Patricia sintió el enorme deseo de gritar por la impotencia, pero su madre no tenía la culpa, así que saltó de la cama y se dirigió al baño para asearse.

Se miró en el espejo que colgaba sobre el lavamanos y frunció el ceño. Ya sospechaba del porqué ese cretino quería que fuera a su habitación. Últimamente, el mayor de los hermanos buscaba cualquier oportunidad para estar a solas con ella.

¡El muy maldito! ¡Cómo detestaba tener qué soportar su insufrible presencia. Pero lo peor de todo, era que sólo la buscaba para molestarla. Siempre fue así. Creció al lado de los Kalil, mas la diferencia entre los hermanos y ella era una muy grande.

Ellos eran los hijos de sus patrones, y ella la hija de la sirvienta.

Se lavó el rostro mientras recordaba su infancia al lado de esos dos. ¿Cuántas veces la habían hecho llorar cuando recalcaban esa desigualdad entre ellos? ¡Infinidad de ocasiones! ¿Cuántas veces la habían despreciado sólo por ser la hija de Imelda Iturbide? ¡Toda su vida!

El único periodo en el que se libraba de los hermanos Kalil unas tres o cuatro semanas, era en las vacaciones escolares de verano, pues como duraban más, aprovechaban para visitar a la familia de su padre en un país del Medio Oriente, sin embargo, cuando se trataba de las vacaciones de semana santa y navidad, siempre buscaban arruinar las suyas. Como tenía más tiempo libre, más trabajo le daban.

Suspiró contrariada. Aunque estaba a pocas semanas de terminar el ciclo escolar y en el que ella terminaría su segundo año de preparatoria, se le hizo eterno el tiempo que faltaba para que llegara ese descanso que tenía cuando ellos se iban.

Detestaba a esos dos por su orgullo y prepotencia. Eran unos dictadores. Pero a pesar de todos sus desprecios, ella había cometido la tontería de albergar un sentimiento romántico hacia Ibrahim.

Se sintió una tonta al sentir que su corazón daba un vuelco al recordar al menor de los hermanos. ¿Cómo había permitido que su mente perdiera tiempo pensando más de la cuenta en ese patán? Terminó de lavarse los dientes y salió del baño para volver a la habitación en donde concluyó su arreglo.

Se puso unos apretados jeans y una blusa que apenas sí llegaba a su ombligo. Su madre la regañaba por usar la ropa tan ajustada o corta, pero a ella le gustaba así porque se diferenciaba a propósito de las chicas distinguidas y presumidas del instituto al que asistía.

Pero no sólo eso, sino que el domingo pasado había regresado del centro con un tatuaje grabado en su brazo y que decía: “LOS ODIO”.

A Imelda casi le da el patatús al verlo y le ordenó que fuera a donde se lo habían hecho para que se lo borraran.

—No, ma, no se puede. Es permanente.

—¡Por Dios, Paty! ¿Por qué haces estas cosas?

—Porque no me dejas gritarles en la cara cuánto los desprecio, así que lo lean, pues.

—¡Cielos, hija! ¡Un día de estos vas a matarme de un coraje!

—No exageres, madre. Ésos ni siquiera sabrán que me lo hice para ellos.

Así que, desde entonces, ella presumía orgullosa su tatuaje delante de los chicos.

—Nos vemos después, mamá —se despidió de Imelda, quien había entrado al baño.

—Sí, hija, no vemos.

Patricia salió de la pequeña vivienda y caminó por el enorme jardín. El área donde la servidumbre tenía sus habitaciones estaba bastante retirada de la casa principal, la que habitaban los Kalil.




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