—¿Por qué lloras? —volvió a preguntar él.
Su voz era muy suave, pues no quería incomodarla más de la cuenta.
Patricia se mordió los labios para no gritarle que eso a él no le importaba. Luego, con la mano limpió sus mejillas que seguramente se veían horribles por tanto llorar. Sus irritados ojos no habían sido los únicos en despedir líquido, sino que también su nariz.
¡Qué vergüenza haber sido encontrada de esa manera!
La imagen que se presentó en su mente de ella misma, hizo que su rostro ardiera de bochorno. Se sintió tímida.
Y seguro que se lo transmitió a él, pues inquirió en un susurro:
—¿Puedo ayudarte? ¿Te duele algo?
A Patricia le cayó mal que murmurara. No era de cristal como para romperse si le hablaba normal.
—No, gracias. Estoy bien.
El chico sonrió y ante eso, ella sintió el impulso de salir corriendo. Se movió, pero de pronto se dio cuenta que el muchacho estaba muy cerca de ella, casi invadiendo su espacio personal y le bloqueaba el paso. Atrás, la fuente la retenía prisionera y a los lados había altos matorrales que crecieron descuidadamente.
Retuvo al aliento al momento de pedirle en tono agudo:
—¿Puedes moverte para que pueda irme?
Lejos de moverse, Gabriel acercó más su rostro al de ella y la miró con una fijeza… rara.
La sonrisa de él se amplió. Por un instante, Paty tuvo la impresión de que los labios de él se extendían de oreja a oreja, pero después su atención se dirigió a su mano derecha, pues él la tomó y mientras la sacudía de arriba para abajo, lo escuchó decir con entusiasmo:
—Soy Gabriel Roid.
Patricia trató de rescatar su mano, pero él la apretaba con fuerza y no dejaba de sacudirla con tanta energía, que sintió que le dolía el brazo.
—Soy Patricia Iturbide —se presentó a disgusto con la esperanza de que él la soltara.
Y resultó efectivo, él le concedió su deseo y la liberó.
—¡Patricia! —exclamó él inmediatamente—. ¡Bienvenida a mi casa!
Los ojos de la joven se abrieron enormes. Miró a su alrededor y balbuceó:
—¿Tú casa? ¿Vas a vivir aquí?
—¡Pues claro! Ven, déjame presentarte a mis padres.
Volvió a tomarla de la mano y casi la arrastró por el jardín y Patricia, en lo único que pudo pensar, fue que ese chico loco le iba a quitar su rinconcito. Ese lugar donde desahogó sus sufrimientos.
¿En dónde encontraría uno igual? ¿Qué lugar escucharía sus lamentos? ¿Quién guardaría sus secretos? Los que a medio jardín gritaba a los cuatro vientos, porque sabía que esa casa jamás dejaría salir nada secreto de ella. Hasta ese momento comprendió que aquella casa se había convertido en algo muy importante para ella.
La indignación que sintió por sentir que le estaba robando algo muy preciado para ella, hizo que se detuviera bruscamente y con voz potente, gritó
—¡Suéltame! ¿Quién te crees que eres? ¡No quiero conocer a tu familia! ¡Y tú no deberías estar aquí! ¡Esta casa es mía! ¡Largo! ¡Lárgate! ¡Lárguense!
La ira no le permitió darse cuenta que decía tonterías. La casa no era suya, aunque fue la única que la visitó por dos años.
La casa se había puesto a la venta poco después de que la familia que la habitó se mudo a vivir al extranjero o algo así había oído ella y el descubrimiento de que por fin había aparecido un comprador, hizo que lo peor de ella brotara.
Adentro de la casa, Gemma, al escuchar los gritos de Patricia, dijo:
—¿Escuchan esos gritos, mamá, papá?
Sus padres, Benjamín Roid y Catalina Contreras de Roid, asintieron preocupados. Dejaron su inspección de la casa para mirarse unos a otros, asombrados.
—Sólo falta que el agente que nos vendió la casa nos haya mentido y este no sea un barrio tranquilo —se quejó Ben pasándose una mano por el rojo cabello—. Vamos a ver qué demonios pasa allá afuera.
—Esos gritos vienen del jardín —informó Cat tomando el brazo de su esposo para salir— ¡Mira! Allá está Gabriel y la chica que está con él es la que grita.
—¡Lárgate, Gabriel Roid! —vociferaba Patricia—. ¡Esta es mi casa! ¡No voy a permitir que me la quiten!
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Ben al acercarse a la histérica joven y al asombrado de su hijo, levantando también la voz para hacerse oír—. ¿Qué es eso de que ésta es tu casa?
Gabriel y Patricia se volvieron a mirarlos. Ella le lanzó una mirada llena de odio a Ben y con voz aguda le preguntó:
—¿Es usted el que compró esta casa? ¡Pues lo siento! No puede tenerla! ¡Es mía! ¡Miserables! ¡Ladrones!
—No puede ser —dijo Ben, correspondiendo la mirada de Patricia—. ¿Qué disparates dices, muchacha? Tengo el título de propiedad de la mansión, así que soy yo el que te pide que salgas de mi posesión. ¡Fuera de aquí!
—Papá, yo creo…
—¡Cállate, Gabriel! Esta muchacha no debería estar aquí y menos que sea tan grosera.
#4742 en Novela romántica
amista incondicional y ayuda, drama -romance, amistad amor ilusion tristeza dolor
Editado: 21.07.2026