La remodelación de la casa de enfrente comenzó dos días después de que Patricia fuera echada de ahí. Mientras tanto, ella se agrió la vida al ver la frenética actividad de los trabajadores. Mucha gente entraba y salía de su rinconcito de los secretos, así que en junio, justo el día de su cumpleaños número 17, decidió colarse a la casona con mucha discreción.
Escondida, observó taciturna todos los cambios que le estaban haciendo y aunque su visita le produjo un enjambre de emociones negativas, a partir de ese día, siguió escabulléndose a la que antes fue su guarida. Así descubrió que la transformación de aquella casa era el marco perfecto para el nuevo y presumido dueño de la cabellera roja.
A veces, veía llegar a la familia Roid para apreciar el arreglo de la mansión, así que ella debía andar con mayor precaución para que no la descubrieran. Desde su escondite, acechaba al jefe de la familia. Abominó su manera de hablarle a los suyos y su forma de dar órdenes a los trabajadores. Muchas veces lo vio desbaratar lo que ellos habían hecho porque no le gustó. Otras, despidió personal porque no fueron capaces de llenar sus expectativas. Gradualmente descubrió que era un hombre duro, tanto como el pedernal.
Los chicos eran obedientes a lo que les decía y la esposa era una mujer muy linda, de ojos celestes, tranquila. Tenía una hermosa cabellera con tintes rojizos y por las canas que lucía en sus sienes, supo que el color era natural.
Así, una tarde de julio, ya en el periodo vacacional, los chicos se apartaron de sus padres para recorrer el jardín en una de esas visitas en las que coincidieron en la mansión. No hacía mucho que los jardineros se habían marchado a sus casas, así que Patricia se había sentado detrás de una serie de macetas grandes y tupidas de flores, esperando que la familia Roid se fuera para poder irse ella también. Por lo general, los Roid no duraban mucho en esas inspecciones, pero ese día se habían tardado más de lo normal.
—¿A poco no está quedando bello el jardín? —escuchó Paty la voz de Gabriel, cerca de su escondite.
—Sí —respondió la hermana—, y ni hablar de esos macetones. ¿Qué clase de flores pusieron ahí?
—Vamos a ver.
Aunque Patricia se hizo ovillo, los chicos no tardaron en descubrirla.
—¡Hey! —exclamó él con mirada brillante—. ¡Estás aquí!
Patricia se levantó sin ocultar su preocupación.
—Descuida, Patricia Iturbide —dijo él guiñándole un ojo—, no le diremos a nuestro padre que estás aquí, ¿verdad, Gemma?
La hermana, muy sorprendida por verla, movió la cabeza para indicar que estaba de acuerdo.
—¿Ves? Soy Gabriel, ¿lo recuerdas? Y ella es Gemma.
De inmediato, la gemela extendió su mano y Paty, casi por inercia, la aceptó.
—Hola, Gemma.
La verdad, Paty no sabía qué pensar de los chicos. Aunque Gemma permaneció en silencio, su expresión era afable y Gabriel… él tenía una sonrisa muy contagiosa. No pudo evitar devolvérsela.
—Nosotros lamentamos lo que papá te hizo el otro día, ¿verdad, Gemma?
La chica volvió a asentir y luego, con temor, miró la puerta por la que habían salido.
—Bueno, nos vamos ahora porque no queremos que nuestros padres salgan a buscarnos y te descubran, ¿está bien?
—Gracias, chicos —fue todo lo que pudo decir Paty.
—¡De nada! Si vienes de nuevo, quizá nos veamos por aquí.
Paty volvió a ocultarse detrás de las macetas y desde ahí, los miró alejarse.
—Sus manos, Gabriel —alcanzó a escuchar que le decía Gemma—. ¡Pobrecita!
—¿Qué tienen sus manos, Gemma?
Fue todo lo que Patricia alcanzó a oír y al mirarse las ampollas que tenía en las manos, sintió que sus mejillas ardían. ¡No necesitaba la compasión de nadie! ¡Y mucho menos la lástima de esos niños ricos!
Como ya no se los quiso encontrar, dejó de ir a la casa, pero sucedió que, antes de que terminara julio, concluyeron los trabajos en la mansión gracias al ejército de trabajadores que había empleado el señor Roid, y la familia se mudó de inmediato.
Así que fue casi que imposible no volverse a ver, pues a veces se miraban en la banqueta y otras tantas desde los balcones de algunas habitaciones que quedaban en frente de ambas casa. Los hermanos Roid levantaban sus manos y la saludaban, claro, siempre y cuando no estuvieran sus padres presentes.
Y aunque ella les respondía el saludo, en el fondo los rechazaba. No podía confiar en ninguno de ellos, porque para ejemplo estaban los hijos del matrimonio Kalil. La situación con ellos había empeorado desde esa terrible mañana en que su corazón se hizo polvo.
Puesto que los chicos ya conocían sus sentimientos por Ibrahim, seguido se los echaban en cara.
—Deja de soñar despierta, muchacha y concéntrate en el trabajo. Ibrahim es demasiado para ti —le dijo Dabir un día en el que pidió jugo y ella le llevó agua.
Patricia tuvo que tragarse el orgullo para no lanzar el agua en su cara, así como otras veces tuvo que apretar las manos para no lanzarlas contra su rostro y borrar a arañazos su sarcástica expresión.
En otra ocasión, poco antes de irse a visitar a sus abuelos al otro lado del mundo, Ibrahim le dijo:
—Por mucho que suspires por mí, jamás serás digna, pero… anda, puedes robarme un beso. ¿Quieres un beso, Paty? Puedo dejarte este recuerdo para que soportes que no vas a verme por un tiempo, ¿lo quieres?
Y a ella no le quedó más remedio que huir, apresurada, sintiendo, al escuchar las carcajadas de Ibrahim, que temblaba de desilusión, de rabia, de tristeza. Todo a la vez.
Su lucha para controlar el deseo de gritarles y hasta de golpearlos, la agotaba incluso más que el trabajo físico, o cuando menos, eso le parecía a ella. Y ellos, entre más veían cuánto la afectaban, más escarnio le hacían. Por eso era una liberación la que recibía cuando los hermanos Kalil se marchaban por esas semanas.
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Editado: 21.07.2026