Lazos

Capítulo 4

En cuanto la vio, Gabriel pensó, asombrado:

Es la estatua de mi jardín”.

El joven casi sintió temor de parpadear, pues creyó que si lo hacía, ella podría desvanecerse, así como se había desvanecido de su jardín. Ya no había estado tan cerca de ella desde el día que la descubrieron detrás de los macetones.

Para él fue muy inesperado encontrársela en ese instituto.

Este colegio de renombre era el que su padre había escogido para que continuaran con sus estudios y era uno de los mejores que había en la ciudad, por eso estaba sorprendido de verla ahí, no sólo en el plantel escolar, sino en el mismo salón.

—Señorita Iturbide, señor Kalil —tronó la voz del profesor de Literatura Universal—, cuando quieran sentarse, podemos comenzar con la clase.

Ibrahim la empujó para ir a su lugar mientras los compañeros soltaban una risa baja y Belén, la compañera líder del salón, le murmuró a Iria, su mejor amiga:

—¡Mírala, el mismo espantajo de siempre!

—Ibrahim la tocó, guiuuu, tiene que ir a lavarse las manos! —dijo Iria.

Las compañeras que estaban alrededor, soltaron risas bajas y maliciosas.

Irguiendo la cabeza, Patricia las ignoró visualmente, sin embargo, consciente de que ellas sí la miraban, se levantó la manga y les mostró el tatuaje de: “LOS ODIO”.

—¡Pero qué vulgaridad! —susurró Belén.

—Digno de ella —opinó Iria.

—¡Señoritas, avísenme cuando decidan dejar de murmurar! —pidió molesto el profesor.

Se hizo el silencio, luego, al ocupar el pupitre, Patricia notó que estaba en medio de los hermanos Roid y eso sí que la hizo sentir muy incómoda.

—Gracias —dijo el profesor—. Ahora, comencemos la clase con la presentación de los nuevos alumnos.

Gabriel y Gemma se presentaron y todos les dieron la bienvenida, excepto Patricia que los miró resentida al recordar que ellos sólo la saludaban cuando no estaban presentes sus padres. Que se escondieran de ellos, significaba que se avergonzaban de hablarle, por eso los detestaba también. Eran todavía más hipócritas que todos los que estaban ahí.

Sin querer dedicarles ni un pensamiento más, prefirió concentrarse en la clase, una tan larga como aburrida. Tuvo que parpadear varias veces para no dormirse y así sucedió con las que siguieron, por eso, cuando llegó la hora de un descanso, suspiró aliviada.

Los alumnos salieron del salón para disfrutar del almuerzo. Todos, menos Patricia que se quedó sentada, inmóvil, mirando un punto fijo al frente, pero sin ver nada en realidad.

Por lo regular, salía poco del salón en los recesos, porque Ibrahim tenía razón. Ella no encajaba ahí. Durante años estuvo rodeada de ese ambiente y sin embargo, nunca se le dio la oportunidad de tratar a esos chicos adinerados, altivos e irresponsables que no sabían hablar más que de dinero, autos y chicas en el caso de los muchachos.

En cuanto a las chicas, sus conversaciones eran similares, pues giraban alrededor del dinero, los novios y las últimas modas, alta costura que lucían cada día, disputándose el primer lugar en cuanto ver quién lucía al mejor diseñador.

¡Ingenuas! Se esforzaban tanto para nada. Ella, con sus más humildes prendas, destacaba más. Por eso la detestaban, porque sobresalía de una forma tan diferente que las hería en su ego.

En realidad, la preparatoria no era muy diferente a la secundaria a la que había asistido, ni a la primaria, y mejor era no recordar el preescolar, pues fue ahí donde recibió los primeros rechazos en grupo, adiestrados sus compañeros por Ibrahim.

Por azares de la vida, siempre compartieron salón y por algo que tampoco comprendía, su madre había fijado en su cabeza que ella debía ir a esas escuelas. No le importaba lo caras que eran, sino que estudiara en ellas fuera como fuera.

Mamá”, le preguntó un día, cuando estaba en segundo grado de primaria, “¿por qué debo ir a esa escuela?”.

Porque es la mejor que hay, hijita. Tú te mereces lo mejor”.

No comprendió la respuesta de su madre. ¿Acaso era lo mejor para ella ser tratada con todo ese prejuicio en cuanto se enteraban que era la hija de una sirvienta?

Descubrió que el prejuicio no era tanto racial, sino de clases. A ella no la rechazaban porque su madre fuera mulata, sino más bien porque carecía de riquezas y estatus. La apartaban por pertenecer al gremio del servicio doméstico, sin embargo, mientras pudiera pagar las altas cuotas mensuales y cualquier otro gasto que surgiera por estudiar ahí, el director del plantel y demás docentes toleraban su presencia, tal como había sido en las otras escuelas antes de esa.

Entonces, si sus compañeros la detestaban, mucho más los despreciaba ella. Eran unos cabezas huecas que no tenían ni la más mínima idea de lo que era trabajar. Estaban acostumbrados a tenerlo todo, a que otros les sirvieran, a que sus padres los sacaran de los problemas en que se metían, a hacer y deshacer a su antojo.

Estaba amargada, lo sabía. Su dura vida al servicio de los Kalil la había convertido en una muchacha dolida, resentida con la vida, con todos, principalmente con aquellos que tenían el poder económico.




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