Cat se apresuró a descender y acercándose a su esposo, miró si no había vecinos que pudieran ver lo que estaba a punto de suceder. A pesar de que sabía que Benjamín no iba a detenerse, intentó calmarlo.
—Ben —pidió con inseguridad —. Tranquilo, creo que aquí no es el lugar ni el...
—¡Guarda silencio, mujer! —siseó Benjamín, mirándola con dureza—. Por eso ellos hacen lo que se les da la gana, porque tú les permites todo. No voy a tolerar que se me desobedezca. No quiero volverlos a ver con esta mocosa, ¿entendido?
Catalina se ruborizó y se calló, como siempre. Ni ella ni sus hijos tenían mucho que decir ante el juez implacable que era Benjamín Roid.
—Ahora, ustedes se van a su habitación. ¡Están castigados! ¡Sin privilegios todo el fin de semana!
Gabriel y Gemma se pusieron colorados. Su padre los estaba tratando como niños pequeños.
—Papá. Creo que esto es…
—Gabriel —lo interrumpió Ben, siseando apenas, pero la manera como lo hizo, estremeció a sus hijos—. No voy a repetir la orden.
—¡Esto es injusto! —Lloró la gemela mirando a Patricia con el rostro encendido—. ¿Qué tiene de malo ella? Yo… yo…
Ben miró a su hija y bastó esa mirada para acallar su protesta. La chica pareció encogerse y el miedo se vislumbró en sus ojos.
Patricia parpadeó por el poder que el hombre tenía sobre su familia.
Había silenciado a la esposa y a Gabriel con unas pocas palabras y a Gemma con una sola mirada.
A Paty le pareció absurdo ese miedo y en cuanto a ella, trató de mantenerse al margen de esa discusión.
Intentó reprimir la cólera que le produjo el trato despectivo del odioso hombre, pero el que redujera de esa manera a esa familia, hizo que su mal carácter saliera a flote y con un renovado valor, se enfrentó a Ben.
—Usted no tiene derecho de tratarme así —le dijo con voz firme—. Tanto su familia como yo merecemos respeto.
Ben sostuvo su mirada y no se supo cuál sentimiento de acritud era más fuerte. Si el del hombre o el de la joven.
Él apretó la mandíbula. El atrevimiento de la sirvienta no tenía comparación. Sin desviar su mirada, habló entre dientes, arrastrando las palabras de manera insultante:
—Tú no vas a decirme cómo tratar a mi familia. No eres digna de respeto. No vales nada. Gente como tú sale sobrando en este mundo.
La mirada de Patricia se inundó de lágrimas por el insulto, pero las contuvo y sosteniendo la despectiva mirada, dijo ofensiva:
—Sin gente como yo, ustedes no existirían, porque son unos inútiles que no saben hacer nada, siempre dependiendo de gente como yo…
Fue interrumpida cuando la mano del hombre se estrelló contra su rostro. La fuerte bofetada que Ben le dio la arrojó atrás y sin poder sostener el equilibrio, cayó al suelo sobre la mochila que colgaba en su espalda, lo que fue bueno, ya que amortiguó la caída.
—¡Papá! —gritó Gabriel y corrió a socorrer a Patricia—. ¿Cómo te atreves a tratarla así?
—¡Benjamín! —siseó Cat, también indignada, mientras Gemma sólo miraba con los ojos bien abiertos—. ¿Qué te sucede, por Dios?
Patricia permitió que Gabriel la ayudara a levantarse y ya de pie, se secó con las manos las lágrimas que no pudo contener. Nuevamente había sido humillada por ese bruto salvaje. Sus ojos se llenaron de aversión cuando los fijó en él.
Y al hablar, su voz sonó clara a pesar del nudo que sentía en su garganta.
—Míreme bien —le dijo, alzando el mentón con dignidad—, y no me olvide —se señaló el rostro con el dedo índice—, porque le prometo que esta cara, esta mirada, estas palabras que escucha usted hoy de estos labios, le perseguirán por el resto de su vida. —Lo apuntó, arrogante—: Le prometo que hasta en sus sueños, estaré.
—¡Estúpida ignorante! —se mofó Benjamín—. ¡Cómo si pudieras hacer algo contra mí!
—¡Pues lo haré, se lo prometo, maldito prejuicioso!
Después de eso ignoró al hombre y Patricia miró a Gabriel. Lo que vio en su mirada la hizo estremecer de… alegría. ¡Gabriel la miraba con admiración! En cambio, Benjamín tembló de ira y sin reprimirla ni siquiera un poco, gritó amenazante:
—¡Lárgate de mi propiedad, sirvienta insolente! ¡Pagarás caro si vuelvo a verte con mis hijos! ¡Gabriel, retírate de ella!
—No estoy en su propiedad, estoy en la vía pública, así que no tiene derecho de correrme y soy libre de juntarme con sus hijos, si quiero. —Se volvió a Gabriel para decirle en tono burlón—: Anda, bebé. Obedece a tu papi.
Gabriel enrojeció hasta las orejas mientras Patricia sonreía con ironía mordaz. Allí, en ese momento, encontró el modo de llevar a cabo su venganza contra ese hombre.
Benjamín Roid tenía unos hijos muy obedientes e inocentes, siempre sometidos a él. En la familia Roid se hacía lo que Benjamín decía, se hacía su voluntad. Pues eso tendría que terminar.
Ella se encargaría de poner a sus hijos en su contra. No terminaría con él hasta que sus hijos lo odiaran de verdad. Y si en su venganza caían también los gemelos… ¡pues qué lástima! Porque los hermanos Roid le caían bien, más Gabriel, el chico en verdad le agradaba, porque él había sido el primero que la había tratado diferente.
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Editado: 21.07.2026